¡Tsunami a la vista!

Somos un pueblo que retrocede. En el concierto regional, económica, política y socialmente, estamos peor que en 1978.

impunidad, Nicaragua, Daniel Ortega

Un tsunami es previsible a partir de inmensas ondas de origen tectónico que desplazan verticalmente grandes masas de agua, rompiendo el equilibrio normal del océano, que el mar intenta recuperar generando olas. Antes de golpear la costa, se retrae el mar, y luego avanza imparable con la inmensa energía acumulada, en forma de una riada que se adentra al interior con violencia.

Ahora, nuestra crisis política transfiere su energía devastadora al deterioro galopante de la economía. Permitiendo, también, una alerta temprana. La población, víctima de la represión, permanece a la expectativa frente al avance amenazante de una crisis humanitaria que cualquiera puede observar a ojo desnudo en centenares de miles de trabajadores que pierden su empleo, en decenas de miles de empresas que cierran operaciones, o en las decenas de miles de personas que huyen desesperadas por la frontera sur del país. Hasta los rincones más apartados, tierra adentro, los trabajadores reciben el impacto de la crisis económica que apenas inicia. Y la plática obligada gira en torno a la causa política del fenómeno catastrófico que remonta a gran velocidad como una marejada destructiva.

Somos un pueblo que retrocede. En el concierto regional, económica, política y socialmente, estamos peor que en 1978.

Quienes detentan el poder, si gobernaran el país estarían obligados a analizar públicamente la crisis, y a dar soluciones inmediatas para salvaguardar a la población del daño inminente. En sus últimos discursos, y en el mensaje de año nuevo, repiten tonterías, improvisan peroratas fútiles, plantean charlatanerías sobre el sol que no declina, metiendo de hecho la cabeza bajo el ala. En realidad, disimulan con crueldad las circunstancias que amenazan las condiciones de existencia de la población.

Sin embargo, es simple: quien no ofrece salidas a la crisis creciente, en la medida que detenta el poder, se vuelve un obstáculo evidente. Esta es una conclusión elemental que nada tiene que ver con conjuras. Cada día, la falta de solución se hace física y políticamente intolerable. En la sociedad, operan leyes de sobrevivencia colectiva similares a las leyes físicas de acción y reacción.

En la época moderna, detentar el poder no es gobernar. Todo partido político debe ofrecer un cambio de dirección cuando los resultados de su gestión son desastrosos para el país. Ahora el problema radica en la falta de confianza en el gobierno. La represión, además del repudio, no hace más que incrementar esa difidencia en la capacidad de este gobierno de resolver problemas.

Más exactamente, es el régimen quien crea los problemas, y quien los agrava por su afán represivo irracional. Su aislamiento político creciente revela una derrota estratégica autoinfligida, que destruye al país.

Con represión se puede conservar por algún tiempo el poder, pero, no se resuelven problemas cuyo origen es la incapacidad de gobernar, o la imposibilidad de consensuar líneas de acción para desactivar la crisis.

El autor es ingeniero eléctrico.