Tierra y cielo están unidos

Como fue la vida privada de Jesús, así también va a ser el inicio de su vida pública. Nació y vivió su infancia como uno de tantos.

Jesús al empezar su vida pública no lo hace con ruidos, ni altavoces, ni pancartas, ni anunciándose en los periódicos o revistas, ni aparentando buena imagen, ni echándoselas de Dios.

Como fue la vida privada de Jesús, así también va a ser el inicio de su vida pública. Nació y vivió su infancia como uno de tantos. Creció entre familiares y amigos, como tantos. Trabajó, como cualquier otro trabajador. Y, al empezar su vida pública, se pone en cola, como uno de tantos, para recibir el bautismo de Juan.

Está allí, en el Jordán, como uno de tantos, confundido como si fuera un pecador más entre el pueblo (Lc. 3, 21). En el Bautismo Jesús se muestra como: hombre como los hombres, humano como cualquier humano. Dios se ha hecho uno de nosotros con todas sus consecuencias, sin trampa alguna. En el bautismo Jesús llega a hacerse hasta “pecado, aunque nunca cometió pecado”. (2 Cor. 5, 21).

En el bautismo, Jesús, aparece como un hombre más. Por eso, los evangelistas insisten también, para que no se nos pierda la perspectiva completa de la identidad de Jesús, en tres cosas llenas de simbolismo: Que el cielo “se abrió” (Lc. 3, 21), como para decirnos que en ese Jesús —metido en el agua, confundido como un pecador más— tierra y cielo están unidos, como cielo y tierra estarán unidos en el momento de su transfiguración, cercana ya a su muerte en la cruz (Mt. 17, 1-5).

En los momentos de profunda humildad de Jesús, el Padre Dios no puede callar, porque para Él, Jesús, solidarizado hasta lo último con los mismos pecadores, no es un pecador más. Ese Jesús que está bautizándose en el Jordán, no es nada más y ni nada menos que “su Hijo amado, en quien Él se complace” (Lc. 3, 22). Y que una paloma, símbolo de paz y de reconciliación, viene a confirmar que en Jesús, Dios y el hombre se han reconciliado para siempre (Lc. 3, 2).

También como la paloma del diluvio simbolizaba la reconciliación de Dios con la humanidad (Gen. 8, 12).

En el bautismo Jesús se consagra como hombre entre los hombres, como siervo entre los siervos, como pecador entre los pecadores. Y el Padre Dios no puede callar: “Pero no olviden que ese es nada más y nada menos que mi Hijo predilecto” (Lc. 3, 22). Porque para ser realmente grande, hay que estar con la gente, no por encima de ella.

Enseñanza muy lejos y diferente a un mundo actual en que nos movemos en triunfalismos absurdos, apariencias de grandeza, pantallas hipócritas, autosuficiencias, engreimientos y orgullos tontos. Por ello, no nos importa atropellar, amenazar, condenar, humillar y anular a quien sea y como sea.

Los triunfalismos absurdos y las apariencias mentirosas son manifestaciones de degradación y ridiculez humana. La grandeza de una persona no se mide por lo que tiene o aparenta, sino por su espíritu de servicio.

El autor es sacerdote católico.

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