Hay que impulsar el Estado de Derecho

Los nicaragüenses en casi 200 años de independencia nacional no hemos podido superar ese círculo vicioso que nos atosiga de caer siempre en manos de gente sin escrúpulos como los Ortega-Murillo

En la historia de Costa Rica, hay dos hitos que me parecen dignos de consideración: El primero lo constituye el hecho acaecido en diciembre de 1923, cuando siendo candidato a la Presidencia de la República por el Partido Agrícola, Alberto Echandi Montero ganó las elecciones pero el Tribunal Electoral no le quiso reconocer su victoria.

Como era de esperarse, sus partidarios amenazaron con la violencia y lanzar a un caos al país. Pero el candidato, más preocupado por las funestas consecuencias que esto acarrearía a su patria, que por sus intereses personales y de su familia, los paró en seco con esta frase lapidaria que hoy recuerdan con orgullo todos los hermanos del sur: “¡No, nada de violencia, la Presidencia de la República no vale una sola gota de sangre de un solo costarricense!”

En Nicaragua, son raudales de sangre los que ha derramado la dictadura de los Ortega-Murillo, y siguen empecinados, a pesar de que se les considera responsables de delitos de lesa humanidad, en seguir gobernando basados en un Ejercito cómplice de esos crímenes y de una Policía que es baldón para nuestra nacionalidad.

El otro caso, más recientemente, que pasa a la posteridad nimbado de gloria es el del expresidente de Costa Rica, doctor Oscar Arias Sánchez, Premio Nobel de la Paz 1987, que habiendo ido en todas las encuestas populares en primer lugar entre nueve precandidatos presidenciales para las elecciones pasadas del 2018, renunció a esa postulación bajo el argumento de que había que dar paso a la juventud y de que “solo los tiranos se aferran al poder”.

En cambio, los nicaragüenses en casi 200 años de independencia nacional no hemos podido superar ese círculo vicioso que nos atosiga de caer siempre en manos de gente sin escrúpulos como los Ortega-Murillo, que por lo que se ve pretenden a perpetuidad seguir asesinando, robando y violando los derechos humanos de un pueblo digno de mejor destino.

No obstante los hechos están demostrando que además del pueblo nicaragüense en su inmensa mayoría, casi el mundo entero está consciente de la imperiosa necesidad de la restauración de la democracia en Nicaragua. La OEA, la ONU, la UE, Estados Unidos, entre otros, así lo han patentizado con hechos y palabras frente a la opinión pública mundial.

Ahora que ya se vislumbra la derrota de la dictadura Ortega-Murillo, sería conveniente que los que han encabezado desde el principio este movimiento vayan pensando seriamente en el establecimiento en Nicaragua de un verdadero Estado de Derecho, que es lo único que nos puede garantizar un futuro mejor para todos. No queremos ¡nunca más dictaduras!

El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).