Solís y la guerra como alternativa

Para Rafael Solís y sus camaradas sandinistas, la guerra era la única vía para tomar el poder y hacer la revolución que querían

Una mala consejera, Nicaragua

En su carta de renuncia como magistrado de la Corte Suprema de Justicia y miembro del partido FSLN, Rafael Solís dice seis veces que Nicaragua va de nuevo a una guerra por la intransigencia de Daniel Ortega y Rosario Murillo, que se niegan a dialogar y negociar una salida política democrática de la crisis.

“Yo no deseo una guerra civil para Nicaragua —dice Rafael Solís—, pero me queda claro que ustedes (Ortega y Murillo) van por ese camino y ante un Ejército que por alguna razón no ha desarmado a los grupos armados, también es lógico esperar que los grupos de oposición van a buscar como armarse y el país va a retroceder cuarenta años, y volver, si es que no estamos ya, a esos ciclos de violencia tan característicos a lo largo de nuestra historia”.

Solís participó en la guerra civil que organizaron y dirigieron los sandinistas para tomar el poder en 1979, cuando él mismo se oponía a cualquier posibilidad de salir de la dictadura somocista por medios pacíficos. Para Rafael Solís y sus camaradas sandinistas, la guerra era la única vía para tomar el poder y hacer la revolución que querían.

También como intelectual y operador político prominente del Frente Sandinista, Rafael Solís conoce a fondo la historia política de Nicaragua y, como él mismo dice, “esos ciclos de violencia tan característicos a lo largo de nuestra historia”, que de repetirse otra vez “harán retroceder cuarenta años al país”.

En realidad, hasta el fin de los años ochenta del siglo pasado, en Nicaragua muchos creían que la guerra era gloriosa y la mejor alternativa para producir el cambio político, ya fuese solo de un partido o individuo en el poder, o para lograr una transformación revolucionaria.

En su libro Cultura Política Nicaragüense, don Emilio Álvarez Montalván menciona que en el siglo XIX ocurrieron 32 episodios de violencia y guerras, y 40 en el siglo XX, en la lucha por conquistar y conservar el poder. Por su parte, el expresidente Enrique Bolaños dice en la introducción de su libro La lucha por el poder, el poder o la guerra, que la “incesante conflagración fratricida ha constituido, entre otros, un fuerte valladar que ha frenado el desarrollo humano y ha mantenido a Nicaragua como el país más pobre de América Latina, a pesar de haber sido el país más rico en recursos naturales de Centroamérica”.

Ciertamente, la guerra es la situación más odiosa que puede haber. Además la violencia armada y la guerra jamás sirvieron para algo bueno en Nicaragua. Por eso esperamos que no se cumpla el ominoso presagio de Rafael Solís, de que por la intransigencia de Ortega y Murillo la guerra ha vuelto a ser inevitable.

La gran mayoría del pueblo nicaragüense ha mostrado convicción de que la actual crisis política se tiene que resolver por medios pacíficos. Y la misma voluntad tiene la comunidad democrática internacional que está tratando de ayudar a Nicaragua a obtener o recuperar la libertad y la democracia.