No más dictaduras

El punto es que la causa principal de nuestras desgracias ha sido nuestro fallo en lograr una democracia estable donde los gobernantes respeten la ley y suelten el poder

¿Qué Nicaragua queremos después de Ortega? La pregunta no es prematura porque una cosa es cierta: saldremos de su dictadura. No sabemos exactamente el cómo y el cuándo, pero es un hecho que sus días están contados y que debemos prepararnos para ese momento (no lejano) en que se abrirán nuevas oportunidades de reconstruir el país.

Algo de primera importancia será evitar nuevas dictaduras. A veces se afirma que lo que ha convertido a Nicaragua en el segundo país más pobre de América han sido sus guerras civiles. Es una verdad incompleta. Porque lo que ha provocado la mayoría de dichas guerras han sido precisamente dictaduras o la ambición de poder de los caudillos.

Las revueltas armadas, y la guerra contra Zelaya de 1909 fueron producto de su autoritarismo y reelecciones. La guerra de Mena de 1912 fue alimentada por la marginación forzada de los liberales zelayistas del proceso político. La guerra constitucionalista, 1926-1927, fue producto del afán de Emiliano Chamorro de volver al poder a través de un golpe de Estado. La guerra contra Somoza, 1978-1979, fue producto del continuismo dinástico de su familia. La guerra contras-FSLN, 1982-1989, fue producto del autoritarismo despiadado del FSLN.

El punto es que la causa principal de nuestras desgracias ha sido nuestro fallo en lograr una democracia estable donde los gobernantes respeten la ley y suelten el poder, donde los cambios de gobierno sean producto de elecciones limpias y libres, y donde se evite la concentración de los poderes en una sola mano o partido. Los países que logran esto no tienen guerras civiles y sí mayor prosperidad.

Un punto central de la agenda post Ortega será idear una reingeniería del sistema político y una nueva cultura ciudadana que eviten el regreso al autoritarismo. La preocupación por evitar la tiranía fue, precisamente, una de las preocupaciones centrales de los autores de la Constitución de Estados Unidos, y una de las claves de su éxito. “La verdad es”, diría Madison, “que se debería desconfiar, hasta cierto grado, de todos los hombres con poder”.

Observación congruente con la visión cristiana para la cual todo hombre, por sabio y virtuoso que sea, es corruptible.
Junto a la limitación del gobernante habrá que proponerse la limitación del Estado. Pues igual; un Estado intervencionista —el “ogro filantrópico” de Octavio Paz— al que se le permite administrar muchas cosas, fijar precios, crear subsidios y repartir prebendas, es peligroso: abre las rendijas para nuevas tiranías y corruptelas, y se vuelve presa codiciada por los populistas. Igual deberá evitarse la creación de poderosos monopolios privados. Se ha hablado mucho de redistribuir la riqueza. Es hora de pensar en redistribuir el poder. De empoderar al pueblo y desempoderar a los poderosos.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.