Julio Montenegro, el abogado de los autoconvocados en Nicaragua

Fue seminarista, periodista y ahora es defensor de derechos humanos. Lleva 75 casos de presos políticos. Esta es la historia del abogado de los azul y blanco

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Llora. Continúa llorando durante cinco minutos, coge su pañuelo y se limpia las lágrimas. El abogado Julio Montenegro, con un carácter fuerte, como él se describe, se derrumba. Su memoria reconstruye la escena del pasado 15 de agosto de 2018 cuando vio al líder campesino Medardo Mairena cabizbajo, demacrado y con señales de tortura en su cuerpo durante una audiencia en los Juzgados de Managua. Inmediatamente recuerda “ese no es el hombre con el que hablé meses atrás”. Robusto, de mirada fija y convencido de su lucha.

Para entonces Montenegro -de estatura baja y tez blanca- vestía de manga larga blanca, corbata y pantalón negro. “Me gusta andar impecable, es parte de la presentación”, expresa. Tenía tres meses de haberse convertido en el abogado de los autoconvocados, quienes estaban siendo procesados por manifestarse en contra del régimen orteguista. La decisión la tomó en mayo del año pasado, un mes después que la población salió a las calles para protestar en contra de Daniel Ortega Y Rosario Murillo, tras las fallidas reformas al Seguro Social.

Primero se decidió porque sentía que era lo correcto. Sus padres, creyentes del catolicismo, le cultivaron el amor al prójimo. Luego fue lo que veía: Las anomalías del sistema judicial, el sufrimiento de los familiares. “Mis alumnos, compañeros docentes no estaban actuando de manera congruente”, dice el abogado sobre las acusaciones fabricadas contra los presos políticos.

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Durante 18 años de experiencia laboral, Montenegro ha sido académico, fiscal, un día quiso ser sacerdote, otro día fue periodista y ahora es defensor de derechos humanos.

Julio Montenegro durante una homilía con el cardenal Miguel Obando Y Bravo. LA PRENSA/Cortesía

Cuenta que la Comisión Permanente de Derechos Humanos de Nicaragua (CPDH) – el único organismo que la dictadura no ha cerrado- lo invitó a ser parte de los abogados defensores de los presos políticos del régimen de Daniel Ortega. Hasta la fecha, la CPDH atiende 400 casos, más de la mitad, según el último informe del Comité Pro liberación de Presos Políticos, que registra 767 personas encarceladas.

Pero muchos años antes, en 1991, se graduó de periodista. Y lo ejerció durante ocho años. Inició sus prácticas escribiendo los “pinochos” en el Club Muchachos de LA PRENSA. Ver su nombre publicado era una gran satisfacción, cuenta. Aunque el periodismo le apasionaba, sentía que faltaba algo más. Fue cuando decidió ser abogado, un título que ganó en la Universidad Centroamericana (UCA) en 1996.

Este era el carnet de periodista en el Diario LA PRENSA. LA PRENSA/Cortesía

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Montenegro lidia con 75 casos al mismo tiempo. Eso, dice, le apasiona. El abogado se convirtió en el defensor de Medardo Mairena, Edwin Carcache, Pedro Mena, Lener Fonseca, Cristian Fajardo, Miguel Mora, Lucía Pineda Ubau, Alex Vanegas, todos presos políticos acusados por alzar su voz en contra del régimen orteguista.

Julio Montenegro (de camisa azul) con los periodistas Nohelia González (camisa rosada corta) y Félix Cisneros durante un encuentro de periodismo. LA PRENSA/Cortesía

“Cuando hablo con los autoconvocados me siento como el cura que no fui, ellos me cuentan muchas cosas que no se han dicho. Conozco sus dificultades, saber que han perdido familiares, el trato que están recibiendo, es una situación especial”, relata.

Montenegro es el menor de cinco hermanos. Dice que, a pesar de no tener hijos, ellos –los presos políticos– son su familia, a quien dedica tiempo completo y atiende gratuitamente.

Julio Montenegro en su infancia. LA PRENSA/Cortesía

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Antes de ser abogado, Montenegro estuvo a tres años de convertirse en sacerdote, después de estudiar durante cinco años como seminarista. Los que lo conocían ya le decían el “padrecito”, sin embargo, sintió que no reunía el cien por ciento los requisitos y pidió un año sabático, en ese tiempo desertó. “Es mejor ser un buen laico, que un mal cura”, dice convencido.

A sus 57 años, duerme dos o tres horas, y a veces no lo hace. A veces tampoco come. Recibe más de veinte llamadas al día. Siempre está pendiente del teléfono. “Yo pienso que hay situaciones que te dan energía, este trabajo (defender a los presos políticos) me da mucho entusiasmo”, afirma. A veces se da tiempo para sonreír. Su mañana inicia a las cuatro en punto. Prepara algo de comer, lee las noticias -un hábito que desarrolló como periodista- y sale.

La crisis en Nicaragua ha dejado entre 300 y 500 muertos, y más de 50 mil nicaragüenses exiliados, según organismos de derechos humanos. Para Montenegro, exiliarse no es una opción. Sí, reconoce que siente temor, pero está convencido que defender a los autoconvocados es lo correcto.

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Aunque no ha recibido amenazas directas, sintió la muerte el pasado 10 de julio de 2018 cuando acompañó a los sacerdotes a la Basílica San Sebastián en Diriamba, para mediar con los paramilitares la liberación de varias personas que se encontraban atrincheradas en la iglesia. “Aún no era tan conocido, un paramilitar me reconoció, me jalonea, y me dice salite ‘hijueputa’. No fui. Me salvé”, cuenta el doctor, como lo llaman en su oficina en la CPDH.

“Le recuerdo fui su docente”

Montenegro, quien es originario de Matagalpa, ingresó al Ministerio Público en agosto del 2004, y fue director de la Unidad de Apelaciones del Ministerio Público. El cargo lo dejó en enero de 2015. Durante ese tiempo fue docente de magistrados, fiscales, policías y jueces, entre ellos la juez orteguista Adela Cardoza.

El pasado tres de agosto, entre sus muchas asignaciones laborales, Montenegro asistió a una audiencia presidida por Cardoza. En un momento dado de la sesión judicial, hubo un intercambio entre Montenegro y la juez, el altercado fue transmitido en vivo y se hizo viral en las redes sociales.

— No tengo ningún problema en suspender la audiencia y darle el tiempo a usted para que se prepare para la audiencia — dijo la judicial.

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–Estoy capacitado… le recuerdo fui su docente en la Escuela Judicial– respondió el abogado.

Desde entonces, Montenegro se ha vuelto un rostro conocido entre la población que en las calles incluso lo saludan y le dicen en tono de broma: “Le recuerdo que fui su docente”.

Montenegro no recuerda a Cardoza como una de sus mejores alumnas. “Fue una de las tantas alumnas que tuve”, dice.

Los procesos se viciaron

Sobre la crisis en Nicaragua que se desató desde el pasado 18 de abril, el abogado explica que “las crisis necesitan arreglos, hay algunas instituciones que tienen que intervenir en la crisis… hay procesos que se viciaron. Las instituciones tienen que trabajar de manera transparente, de manera más imparcial”.

Lo que dice el abogado fue denunciado recientemente por el exmagistrado Rafael Solís, uno de los hombres de mayor confianza de Ortega en la Corte Suprema de Justicia, quien afirmó en su carta de renuncia el pasado 8 de enero que los juicios a los presos políticos “en su gran mayoría políticos”, los jueces reciben órdenes del régimen orteguista para dar la sentencia. Montenegro dice al respecto que “quiero evitar el pelo en la sopa”. Sin embargo, asegura que efectivamente las acusaciones y las ejecuciones que se están haciendo, no corresponden con la realidad. “Los delitos que se están atribuyendo no son ciertos. Están criminalizando las protestas, a unos por dar una botella de agua, por transmitir una noticia, por ser hermano de quien participó en una protesta”.

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Desde que se convirtió en el rostro visible de los autoconvocados, han querido callarlo. En los juzgados y en las audiencias le limitan los espacios, pocas veces lo dejan intervenir en los juicios. Sin embargo, él insiste. “Los jueces no me dan el espacio que se debe”, se queja. No me van a callar, asegura. Montenegro considera que si sigue libre, a diferencia de otros críticos del sistema judicial, es porque “aún me guardan un poco de respeto” y además, porque “hay un Dios que me protege”.

Lo saben bien en casa. Su madre, Juliana Montenegro Cárdenas, de 96 años, a quien cuida con devoción, y a quien él considera un pilar de su vida, todas las mañanas lo ve, y lo bendice con el gesto de la señal de la cruz en su rostro.

El abogado Julio Montenegro, con su madre Juliana Montenegro Cárdenas, durante un paseo familiar. LA PRENSA/Cortesía

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