La Libertad, causa común

El presidente Plutarco Elías Calles respaldó con armas a los insurrectos liberales que se alzaron en Nicaragua en defensa de la Constitución en 1925

Este año será el del cuarenta aniversario de la revolución que derrocó a la dictadura de la familia Somoza. Cuando se rompa ese ciclo que parece fatal en nuestra historia, donde las tiranías parecen repetirse sin fin, la piedra que Sísifo ciego debe empujar eternamente hasta la cima de la montaña no tendrá que rodar de nuevo al abismo. Habremos cambiado dictadura por democracia.

La derrota definitiva del régimen se debió a tres factores fundamentales: el primero de ellos, el alzamiento popular encabezado por el Frente Sandinista, con la participación de miles de jóvenes de ambos sexos y de todas las clases sociales, hasta convertirse en una verdadera insurrección nacional alentada por el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro.

En seguida, el respaldo que los jóvenes en armas recibieron de todos los sectores ciudadanos, sin distingos, muchos alentados por su compromiso cristiano. La aparición del grupo de los Doce, formado por empresarios, sacerdotes, profesionales, intelectuales, dio a la organización guerrillera peso político nacional e internacional.

Y el tercero, pero no el menos importante, la alianza latinoamericana que se logró forjar, sin que tuviera una identidad ideológica, guiada por el repudio a un régimen que se basaba nada más en la represión brutal.

En esta alianza fueron fundamentales: Venezuela, Panamá, Costa Rica, México y Cuba; el solo apoyo de Cuba, con cuyo sistema los comandantes sandinistas se identificaban, no hubiera sido suficiente. Y políticamente fue posible porque los otros países, con sistemas de democracia representativa, también estuvieron presentes.

La llegada de Jimmy Carter a la presidencia de Estados Unidos en 1977 abrió una puerta nueva en las relaciones de Washington con América Latina, como pudo verse con la firma ese mismo año de los tratados Torrijos-Carter que devolvieron a Panamá la soberanía del canal. Y la intimidad de medio siglo con la dinastía de los Somoza llegó a su fin con la nueva doctrina de derechos humanos proclamada por Carter.

Omar Torrijos conocía bien la calaña de Somoza, cegado por su obscena voluntad de quedarse para siempre en el poder. Rodrigo Carazo era presidente de un país de tradición democrática que había soportado por el último medio siglo la vecindad de los Somoza. Y Carlos Andrés Pérez, que venía de la tradición socialdemócrata de Rómulo Betancourt, sabía cuánto se parecía la dictadura de Pérez Jiménez a la del viejo Somoza.

Y estaba la figura crucial del presidente José López Portillo de México. Rompió relaciones diplomáticas con Somoza en mayo de 1979, y nos había pedido que le dijéramos cuál sería la mejor oportunidad para hacerlo. Cuando vino por primera vez a Managua en 1980, uno de sus ministros le preguntó qué tratamiento habría que dar a Nicaragua en cuanto a ayuda material, y él respondió que igual a cualquier estado de México.

Era el fruto de una larga y generosa tradición. El poeta nicaragüense Solón Argüello, secretario privado del presidente Francisco Madero, fue fusilado en 1913 tras el golpe de Estado que culminó con la dictadura de Victoriano Huerta; combatientes mexicanos pelearon durante la revolución, y murieron en tierra nicaragüense.

El presidente Plutarco Elías Calles respaldó con armas a los insurrectos liberales que se alzaron en Nicaragua en defensa de la Constitución en 1925. El presidente Emilio Portes Gil acogió a Sandino en Yucatán, en 1929. Y México fue clave en las gestiones del grupo de Contadora para lograr los acuerdos de paz de 1987 que dieron fin al conflicto armado con la Resistencia Nicaragüense.

En América Latina nada es nunca hacia adentro. La libertad ha sido siempre una causa común.

El autor es escritor. Masatepe, enero 2019.
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