Jesús es la buena noticia

La vida de Jesús fue el mejor aval de las palabras que dijo en Nazaret. Jesús, por todas partes fue proclamando la Buena Noticia del Reino

En esta vida, todos tenemos una misión que realizar. Cuando Jesús visita la Sinagoga de Nazaret —donde va a dar al pueblo de Israel y al mundo entero su programa de vida, su declaración de intenciones y el porqué de su venida a este mundo—, Él llega a exponer la razón o la causa esencial del porqué su misión en este mundo. “Marchó Jesús a Galilea, y proclamaba la buena Nueva de Dios: ‘El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva’ (Mc. 1, 14-15)”. Allí, en la sinagoga de Nazaret, Jesús explica, pisando tierra, en qué consiste ese Reinado de Dios.

Para ello Jesús se vale del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la Buena Nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el Año de Gracia del Señor” (Lc. 4, 18-19).

La vida de Jesús fue el mejor aval de las palabras que dijo en Nazaret. Jesús, por todas partes fue proclamando la Buena Noticia del Reino.

La misma vida de Jesús se encargará de ser el mejor testimonio de que este programa no se quedará en una sola declaración de buenas intenciones. Las palabras de Jesús no fueron palabras vacías, como las palabras de muchos de nosotros. Compartió su vida con los pobres haciéndose uno de ellos e invitando a todos a compartir el pan con quienes no lo tenían (Mt. 14, 16). Liberó a los cautivos y oprimidos de leyes injustas (Mc. 2, 27).

Sanó a los enfermos (Mt. 8, 16), devolvió la vida a los muertos (Mt. 9, 18-25) y libró de la esclavitud y del pecado a los pecadores (Mt. 9, 2). Dio vista a los ciegos (Mc. 10, 5l-52) y abrió los ojos a la gente enseñándoles para que despertaran de la esclavitud y de la ignorancia en que les mantenían sus dirigentes, tanto políticos como religiosos (Mc. 6, 34). Reconcilió a los hombres con Dios y a los hombres entre sí (Lc. 15.). El programa de Jesús no fue papel mojado; se hizo una realidad a través de toda su vida; por eso, pudo decir en la sinagoga de Nazaret: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura” (Lc. 4, 21), y a los amigos de Juan el Bautista: “Vayan, digan a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados” (Mt. 11, 4-5).

Este Jesús que ayer fue buena noticia para pobres y oprimidos, ha seguido y debe seguir siendo hoy a través de todos nosotros y de las comunidades cristianas, la Buena Noticia también para los pobres y oprimidos de este mundo.

Pero, hoy como ayer, este programa de Jesús no se puede reducir a palabras bonitas, ni solo a buenas intenciones.
Jesús tiene que seguir siendo para nosotros “Buena Noticia” que nos libere de tantas cadenas que llevamos y nos impiden vivir en libertad.

El autor es sacerdote católico.