Camilo Egaña: «No me interesa hablar con Daniel Ortega»

El periodista de CNN habla de su vida en Cuba y de su relación con Nicaragua. Además, explica por qué le gustaría entrevistar a Rosario Murillo y no a Daniel Ortega

Camilo Egaña, Nicaragua

Camilo Egaña, periodista de CNN, sigue de cerca la crisis que atraviesa Nicaragua.

Camilo Egaña se crió en La Habana de Fidel Castro, en el seno de una familia entregada por entero a la revolución. En 1995 salió de Cuba con su esposa Laura y su hijo Diego y no piensa regresar. Actualmente trabaja para CNN en español, donde conduce un programa de entrevistas en horario estelar: Camilo.

Durante la crisis que atraviesa Nicaragua, Egaña ha demostrado que sigue de cerca lo que pasa en nuestro país y en Camilo ha entrevistado a numerosos personajes nicaragüenses, entre los que recuerda especialmente a Edén Pastora y Zoilamérica Ortega Murillo, por distintas razones.

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En esta entrevista habla sobre su vida en La Habana y su relación con Nicaragua (su mejor amigo vive en Estelí). Además, explica las razones por las que no está interesado en una entrevista con Daniel Ortega, pero sí le gustaría hacerle algunas preguntas a Rosario Murillo.

¿Ha estado en Nicaragua?

Fíjate que no. Mi mejor amigo de todos los tiempos vive en Estelí y siempre he estado muy conectado con el tema de Nicaragua. Estuvimos muchos años sin vernos y nos reconectamos ahora, hace algunos años, afortunadamente. Pero no, yo nunca he ido a Nicaragua.

¿Es por él que conoce de Nicaragua?

Es por él. Por él yo conocí Solentiname, las pinturas primitivas de Solentiname, la comida de ustedes, todo, todo, todo. Los nicas de aquí de Miami me hablan como si yo fuera de la familia, cosa que agradezco, pero yo nunca he estado en Nicaragua. Lo que pasa es que la de Nicaragua fue una revolución que a mí me dio alguna esperanza de que las cosas podían ser diferentes. Esa fue otra frustración para mí, como para mucha gente, entonces me he quedado con eso. Y además porque ustedes son una gente muy suave, por eso cuando se armaron todos los desmadres y yo veía la violencia extraordinaria de parte y parte, aunque la parte del Gobierno siempre superó todas mis expectativas de crueldad, yo decía: «Tienen que estar muy arrechos, muy hartos para que estas cosas se estén dando».

Muchos se preguntan por qué usted se ha involucrado tanto en la situación que vive Nicaragua.

En CNN entendimos que un periodista no es un busto parlante, que es un ser humano y es un ciudadano. Y como ciudadano hay que revisar al poder constantemente y cuestionarlo. Ese compromiso mío no es con Nicaragua, es con las libertades. Yo soy muy libertario, pero tengo que tener cuidado porque yo no puedo ser un activista. Yo no puedo desde mi programa decir: «Tumben al gobierno de Daniel Ortega». Esa no es mi misión. Mi misión es denunciar con hechos, no con opiniones, que Daniel Ortega está acabando con todo lo que queda de dignidad y de libertad en tu país. Y decirle al presidente Donald Trump: «Usted está mintiendo», pero con hechos.

¿Desde cuándo está dando seguimiento a lo que pasa en Nicaragua? ¿Desde que empezaron las protestas?

No, no, ojo, es que yo no me apunté a última hora como algunos colegas americanos que creen que Nicaragua nació después del 18 de abril. El tema de Nicaragua yo lo vengo siguiendo sobre todo después de la reelección de Daniel Ortega, que me pareció un escándalo. Y sigo a Nicaragua desde que era un chamaquito, porque el proyecto de Solentiname me parecía tan bonito. Para mí Nicaragua ha sido una asignatura pendiente mucho tiempo.

¿Pero de dónde sale ese gran conocimiento suyo sobre el actual contexto nicaragüense? Incluso conoce palabras de uso popular, como arrecho…

Y como sapo (ríe). Hay gente nuestra que trabaja allá, soportando amenazas de muerte incluso, descalificaciones personales; la gente que estamos en Atlanta, Miami o cualquier centro de CNN tenemos contacto prácticamente diario con los corresponsales. Además yo soy un friki de este negocio y por la mañana qué no me leo. Aparte soy muy masoquista y a la alocución de Rosario Murillo, todos los días, de lunes a viernes, intento por lo menos pasarle por encima en El 19 Digital. Entonces cuando ya tú te metes en esa vorágine de todos los días revisar la prensa del gobierno, la prensa de la oposición, hablar con los periodistas más acreditados del país, de pronto terminas siendo casi un nicaragüense más.

¿Cómo fue su niñez en su país, Cuba? ¿Fueron años bonitos?

No propiamente. Mi madre se integró desde muy temprano a la revolución, mi padre también. Siento que me echaron a un lado, pusieron toda su alma en pos del proyecto de la revolución de Fidel Castro y yo me quedé a un ladito. De hecho, a los nueve años me internaron en una escuela que entraba el domingo y salía el sábado. Cuando terminé doce grados fui a parar a otro internado y cuando terminé el preuniversitario me fui a la guerra de Angola como soldado. Ya después empecé la universidad, me casé y tuve mi casa. Siempre he estado fuera de mi casa (paterna) prácticamente. Y es una de las cosas que de verdad que me molestan porque de alguna manera fue por la revolución que me echaron a un lado, siento yo.

¿Cuándo decide ser periodista?

Yo no estudié periodismo porque para estudiar periodismo había que ser militante comunista y yo no era eso. Pero estudié una carrera mejor: Filología especializada en lengua y literatura hispanoamericana. Siempre, siempre quise ser periodista. Yo vengo de una familia de artistas, mi madre fue bailarina clásica, bailarina del cabaret Tropicana, directora de la escuela de ballet en Cuba. Mi abuelo era mago. Prácticamente nací en un estudio de televisión. Siempre me gustaron los medios de comunicación, pero, fíjate, no salir en ellos, sino estar detrás. Mira que cosa más loca.

¿No le gustaban las cámaras?

Para nada. Cuando me llevaba mi madre a la televisión, de niño, aunque me metía a los programas infantiles a mí nunca me gustó ese rollo. A los 12 años decidí que quería ser periodista y desde entonces sigo con esa decisión, que a estas alturas de mi vida es una obsesión. Es lo único que me interesa hacer en la vida, no me interesa más nada.

¿Solo vive para el periodismo?

Sí, sí. Empecé a publicar muy joven, año 88 u 89. Antes, a los 15 años publiqué mi primer artículo en un periódico, después en la universidad empecé a publicar sistemáticamente. Ya en ese tiempo tenía una columna de opinión en la radio, en el noticiero más importante del país. Desde muy joven empecé en prensa escrita, que creo que es como se debe empezar y después pasé a la radio y a la televisión, ya con un programa semanal de entrevistas, en el año 89, y desde entonces no he parado, salvo los momentos que me han sacado del aire por el tema de la censura, la estupidez de algunos funcionarios del gobierno. Pero he estado toda mi vida, treinta y tantos años haciendo periodismo.

¿Cómo fue la experiencia del Servicio Militar y la guerra?

Fatal. Porque yo me fui a la guerra civil de Angola, que es una guerra de la Unión Soviética-Cuba en la que Cuba no tenía nada que ver y en la que Cuba perdió a más de cien mil probablemente de sus mejores hijos, gente muy joven. Yo vi morir a mucha gente joven, fui imbuido de la idea de que había que ayudar a esa gente, sin saber que yo era una pieza más del juego geopolítico de ese momento de la guerra fría. Con 16 o 17 años llegué a Luanda (capital de Angola), con un libro de Robinson Crusoe, imagínate el nivel de locura que tenía en ese momento. Fue una de las experiencias más terribles de mi vida. Las dos veces que he pasado más hambre ha sido en Angola, en esa guerra, y después en Cuba en el año 89 en el período especial cuando se acabó el subsidio y muchos pasamos hambre. Pero el miedo más grande lo pasé en Angola en esa guerra y no quiero saber de ella. No quiero saber más de guerra, odio los ejércitos, los militares me dan grima, por eso cuando estoy en Costa Rica me siento tan bien porque sé que es un país que no tiene ejército.

Hábleme de su familia.

Mi esposa es cubana. Nos conocimos en la universidad, es la mujer más inteligente que yo conozco. Trabaja en CNN también, es correctora de estilo y de texto. Tenemos un hijo, Diego, que tiene 29 años, y es un excelente diseñador y mecánico de bicicletas de esas para profesionales. Aprendió solo, él estudió Literatura. Tengo dos perros y un gato. Uno de mis perros es Lucas, que sale en mi cuenta de Twitter, y es una especie de personaje que dice opiniones políticas. La otra es Lolita, que está muy viejita y tiene dependencia conmigo.

¿Ella no tiene opiniones políticas?

No, no, yo prefiero mantenerla al margen (ríe). El gato apareció después de un huracán, ese pasa de todo. El día entero durmiendo. Se llama Burumba. En cubano Burumba es alguien que siempre está inventando un «bisne», cómo hago para salirme con la mía, y así es el gato.

Vivió la mitad de su vida en La Habana, ¿no la extraña alguna vez?

Para nada. Más que La Habana yo extraño Madrid y ciertos lugarcitos de Nueva York donde están los amigos. Soy un desarraigado total. Cuando viví en México, un año, yo era más mexicano que Lázaro Cárdenas (expresidente de México), si mañana tengo que vivir en Managua soy más nicaragüense que tú. No tengo ese culto por Cuba que tienen los cubanos, la nostalgia, para nada. Para mí La Habana es una ciudad extraordinariamente hermosa destruida por la desidia del gobierno, por todo lo que ha pasado y una ciudad donde fui profundamente infeliz, donde tú caminabas y no había agua para tomar ni baños públicos, nunca quise vivir ahí. Soy cubano por casualidad. No creo en las fronteras.

¿Cómo fue ser periodista en Cuba?

Muy difícil. Yo en Cuba nunca hice noticia, porque si ustedes dicen que en Nicaragua hay censura, bueno, en Cuba es el doble. Las redes sociales no han podido fracturar la censura del Gobierno porque nosotros en Cuba no tenemos la conexión de internet. Desde que empecé fue haciendo información sociocultural, crítica literaria, siempre fuera de la política. En mi primer año de la universidad, tendría 24 años, me contrata exclusivo el principal noticiero de radio, que era Radio Rebelde, ya empiezan los problemas porque lo que digo no les gusta, me sacan del aire. Me sacaban del aire por decir, por ejemplo, buenas noches señores y señoras porque ellos querían que dijera compañeros y compañeras. A ese nivel de estupidez. Y estaba haciendo en televisión un programa de entrevistas donde tampoco les cuadraba mi manera de preguntar. Y empieza mi relación con la censura, que nunca ha acabado, porque los censores siempre están ahí. Eso es para toda la vida.

¿Hasta el momento cuál ha sido su entrevista más difícil?

No fue la de (Ricardo) Arjona. Arjona es apenas una anécdota, no fue esa para nada. Creo que fue un mal paso para él, no para mí. Las entrevistas más difíciles han sido entrevistas hechas en el terreno. Y las que más me tocan es cuando gente muy humilde me dice ciertas cosas.

En lo que lleva la crisis de Nicaragua, ¿ha hecho alguna entrevista que lo haya impactado especialmente?

Sí, mucho. La de Edén Pastora, porque al margen de la estabilidad mental del señor Pastora, admitió cosas muy fuertes. Y de pronto era un hombre que estaba hablando en nombre del orteguismo desaforado, delirante que hay en tu país. Y era una bestia de atar, era una persona muy peligrosa la que estaba hablando conmigo. Eso me da mucho pavor, porque digo: «Ojo, que este hombre podría ser, si no estuviera tan loco, un viceministro de Ortega». Con Humberto Ortega creo que fui demasiado duro. Pero la que más me impresionó fue la de Edén Pastora y obviamente la de Zoilamérica (Ortega Murillo), por muchas cosas que no voy a contar, pero que pasaron alrededor de la entrevista y después de la entrevista. A todo el equipo nos dejó sin habla cuando se dio el corte final. Recuerdo que esa noche tenía que ir a ver al presidente de Costa Rica y yo le decía a la gente: «Bueno, ¿cómo hacemos para ir a verlo?» Porque estás tan vacío que no te quedan fuerzas para seguir, para darte un baño e ir a ver al presidente. ¿Cómo la condición humana se puede torcer a tal punto que puede pasarle esto a esta muchacha? En el caso de Levis Rugama (estudiante) me contó en cámara todo lo que estaba pasando en la universidad, con una valentía tremenda, porque yo sabía que después de esa entrevista lo iban a echar preso, como lo echaron preso, y no sé nada de él, ni puedo hacer nada por él, cosa que me da mucha impotencia. Esas cosas me ponen muy mal. Una vez que se acaba el programa, no puedes hacer más nada. No puedo ir más allá de lo que me toca hacer. Ellos (el régimen de los Ortega Murillo) ni siquiera me van a responder. Constantemente invitamos a la gente del Gobierno a que esté en el programa y no quieren. No quieren. La primera que se invitó fue a Sonia (Castro), la ministra de Salud. Son tan maleducados que ni siquiera se niegan, simplemente no responden.

¿A cuáles otros funcionarios nicaragüenses han invitado?

La lista la llevan los productores, pero te puedo decir responsablemente que jamás he invitado a Ortega. Jamás. Yo creo que lo que él le dijo a Andrés Oppenheimer, compañero nuestro, y lo que en esos días habló con la prensa internacional es más que suficiente para saber quién es Daniel Ortega porque en cada entrevista dijo una cosa distinta. A mí no me interesa para nada hablar con Daniel Ortega. Me interesaría Rosario Murillo, porque sí me parece un personaje tan extraño, tan esperpéntico, tan extremo. Las mayúsculas las usa como si ella fuera la Real Academia y trata a Rubén Darío de Rubén o de Rubencito, como si fuera el primo de Matagalpa. Me interesaría porque quiero llegar al meollo de quién es esa persona. Pero políticos como el presidente Ortega, no. Ya tienen un discurso, es difícil sacarlos de ahí y yo tengo muy mal carácter, a la cuarta pregunta te digo: «Para, me estás mintiendo».

Si pudiera entrevistar a Rosario Murillo, ¿qué le preguntaría?

Si de verdad ella cree que tiene la estatura intelectual y moral para tratar a Rubén Darío de Rubén. Esa sería la primera pregunta. Es decir, Rubén Darío es más grande que todos los latinoamericanos juntos; como mínimo hay que decirle don Rubén. La segunda sería por qué usa la ortografía como la usa. Un psiquiatra me dijo que tenía que ver con una cuestión de ego exacerbado, yo no soy siquiatra para saber si es verdad, pero creo que la forma en que tú respetas la ortografía de alguna manera demuestra qué tipo de ciudadano eres, si eres una persona culta, respetuosa. Una persona que pone mayúsculas donde ella cree que deben ir… Es de irle a preguntar. Le preguntaría también, a una persona que está todo el tiempo invocando a Dios y a Jesús, si de verdad fue capaz de decir «Vamos con todo». Y metido ya a cosas más profundas, preguntaría: «¿Es verdad que la justicia se aplica desde El Carmen?» Pero, como la señora no va a dar entrevista, no tiene sentido pensar en esos términos. Yo creo que ella ni siquiera se responde las preguntas básicas que debe hacerse una persona en estos momentos. Todo lo que hemos visto en la literatura sobre la soledad del poder, la crueldad del poder, ellos (Ortega y Murillo) lo están viviendo en primera persona. Debe ser muy terrible. Pero ellos decidieron ese destino, por eso son a la vez patéticos y fascinantes, porque se supone que tienen todo el poder y la riqueza y realmente no tienen nada.

¿Para Ortega no tendría ninguna pregunta?

Hay seres humanos que es mejor eludir, dejarlos a un ladito. Yo no tengo ninguna pregunta para Daniel Ortega porque él no tiene respuesta para ninguna de mis preguntas. Y no solo mías. Daniel Ortega ya no tiene respuesta para ninguna pregunta de ningún ciudadano nicaragüense, incluso de sus supuestos seguidores. Las respuestas se le acabaron hace muchos años, porque dejó de hacerse preguntas hace muchos años. Es que Daniel dejó de ser revolucionario hace muchos años.

¿Va a venir a Nicaragua alguna vez? A lo mejor a visitar a su amigo esteliano.

Me gustaría, pero en las actuales condiciones es imposible. No creo que la compañía me dejaría ir y no creo que en estos momentos valga la pena. Me gustaría mucho ir algún día a Estelí, porque además mi amigo tiene una finquita y me dicen que es un lugar muy lindo. Hace treinta años no nos vemos. Nos perdimos de vista tanto tiempo que yo pensé que lo habían matado en la guerra. Una compañera periodista de Nicaragua fue la que me reconectó con él. Para mí él fue una persona muy importante porque gracias a él yo leía libros prohibidos que él me traía. Fue como un hermano, y cuando a los 15 años me dio por hacer cine, él y yo hacíamos cine con una camarita, nos metían presos, porque en La Habana tampoco se podía andar con una cámara de cine. Me gustaría hablar con él, porque siento que es una persona que se amargó tanto que se quitó de todo. Vivió un tiempo en Costa Rica y ahora es un campesino que no tiene ni luz eléctrica y a veces baja a Estelí a ver algún programa mío cuando alguien le avisa que voy a tener a alguien en particular. Y cuando hablamos por la noche, a veces, los fines de semana, los cuentos son que si la vaca parió, que si los terneritos, que si la señora. ¿Qué tiene que haber pasado con uno de los tipos más interesantes de mi generación, un tipo maravilloso, para que viva en esta finquita al margen de todo? Y muy harto de todo.

¿Y cuando venga va a aceptar el nacatamal que varios nicaragüenses le han ofrecido en Twitter?

(Ríe) Me gustaría, en serio. Hay muchos sapos (fanáticos orteguistas), pero igual hay gente tan cariñosa, las cosas tan lindas que la gente dice funcionan mejor que los antibióticos. Eso te da mucha alegría.

¿Qué es Nicaragua para Camilo Egaña?

La promesa de algo bueno que está por llegar. Estoy tan convencido que si cierro los ojos lo veo. Es que tiene que pasar, porque el país no aguanta más. Es que no le des más vuelta, que no hay de otra. No va a suceder de la misma manera, va a ser mejor esta vez. Porque si no es mejor, entonces los nicaragüenses quedarían muy mal parados, porque demostrarían que no aprendieron la lección.


Plano personal

  • Camilo Egaña tiene 56 años de edad. Está casado con Laura Rey y juntos tienen un hijo: Diego.
    Su madre era bailarina clásica. Su padre fue uno de los ayudantes de Camilo Cienfuegos, famoso revolucionario cubano.
  • Tiene dos perros: Lucas y Lotita. Y un gato llamado Burumba.
  • Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad de La Habana, y realizó un curso de posgrado de producción de informativos en España, tras recibir una beca del gobierno español. Ha sido profesor de clases de periodismo en La Habana y en México.
  • Su mayor pasatiempo es leer, sobre todo de historia. Le gusta estar en casa y no hace demasiada vida social, pese a que es amigo de muchos artistas.
  • En 1995 salió de Cuba con su esposa y su hijo, beneficiados con la visa estadounidense. Desde entonces no ha regresado a La Habana.
  • Se unió a CNN en Español en octubre de 2010 como presentador de Mirador Mundial y posteriormente estuvo a cargo del vespertino Encuentro. En 2016, a la edad de 54 años, asumió el programa de entrevistas en horario estelar: Camilo.
  • No acostumbra ver sus propios programas, a menos que se haya cometido un error.
  • Actualmente vive en Miami, Florida, donde se graba su programa de entrevistas.

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