¿Negociar con Ortega-Murillo?

La conservación del poder, respaldados por la policía, turbas y el macabro silencio de la cúpula militar, es la fuente de seguridad de los opresores

No existe antecedente positivo de diálogo (es negociación, llamémoslo por lo que es) con Daniel Ortega o el FSLN. Al contrario, han sido oportunidades para obtener ventajas y reducir oponentes. Quienes hoy abogan por acuerdos con el dictador, parecen no conocerlo, lo que es imposible de aceptar.

La conservación del poder, respaldados por la policía, turbas y el macabro silencio de la cúpula militar, es la fuente de seguridad de los opresores. Sin el poder serían extremadamente vulnerables. No hay que ser expertos para saber que no lo cederán. Por eso, los que claman por negociaciones deberían explicar qué ofrecerían al dictador, y qué esperarían a cambio.

A todas luces, las prioridades no negociables de Ortega-Murillo son: 1.- Esperar hasta 2021 para elecciones. 2.- Impunidad por los crímenes cometidos. 3.- Conservar dinero y propiedades mal habidas. 4.- Permanecer en Nicaragua —que prohíbe la extradición— para evitar juicios internacionales. Si el régimen gozara de concesiones, las hordas sandinistas —como hoy— continuarían amenazantes y atentas a nuevas órdenes. No habría justicia para víctimas ni familiares. El terror no encontraría salida. Con los recursos mal habidos, no limitados a cifras oficiales y superiores en mucho a los obtenidos por la repartición de bienes del Estado en 1990, financiarían su próxima campaña o gobernarían “desde abajo”. Entonces, dígame usted, ¿qué ganarían los nicaragüenses?
La negociación a la que aspiran partidos colaboracionistas del sandinismo, exsocios y excómplices, acompañados de algunas voces ingenuas, no augura nada bueno, sino repetir la vergonzosa historia de componendas. Para ellos parece dedicado el aforismo del escritor y filósofo británico Gilbert K. Chesterton (1874-1936), que sentenció: “A algunos hombres los disfraces no los disfrazan, sino que los revelan. Cada uno se disfraza de aquello que es por dentro”.

La única justificación para llamar al diálogo es demostrar al mundo —una vez más, mientras aumenta la cifra de muertos— que la dictadura y el FSLN no cederán ni una pulgada, y la estrategia debe cambiar, asunto que todos sabemos. A Ortega-Murillo habrá que forzarlos a dejar el poder y el país mediante la combinación de presión internacional, contundente repudio popular y grupo de poder interno que les lea la cartilla.

Más de 500 asesinatos, al menos 600 presos políticos recibiendo condenas absurdas, denunciando torturas y violaciones sexuales; otros, secuestrados y desaparecidos, miles de heridos, decenas de miles escapando desesperados al exilio; invasiones y robo de propiedades, y cuanta arbitrariedad podamos imaginar de individuos sin escrúpulos ni moral, que como en la década de 1980 aplican terrorismo de Estado sin pestañear, hace rato deberían haber convencido a todos que con Ortega-Murillo no hay nada que negociar.

El autor es periodista nicaragüense radicado en EE.UU.