Mi crónica, sobre los apoteósicos funerales de Darío hace 103 años, escrita por Juan Ramón Avilés

Mi crónica, sobre los apoteósicos funerales de Darío hace 103 años, escrita por Juan Ramón Avilés

"He asistido a los funerales de Rubén Darío. Traigo saturada el alma de eternidad. Tanta magnificencia, tanta campana resonante, tanto luto y tanta gloria, perturban mi cerebro" dice Avilés al inicio de su escrito publicado en El Comercio

Rubén Darío en sus últimos días. LA PRENSA/Archivo

Juan Ramón Avilés, en su carácter de periodista, estuvo presente en los apoteósicos funerales de Rubén Darío, que duraron una semana.

A su regreso a Managua escribió la crónica de lo que presenció, que fue publicada el 14 de febrero de 1916 en el diario El Comercio, de Managua.

Juan Ramón Avilés fue después fundador del diario La Noticia.


 

 Mi crónica 

Por Juan Ramón Avilés

Vengo de León. He asistido a los funerales de Rubén Darío. Traigo saturada el alma de eternidad. Tanta magnificencia, tanta campana resonante, tanto luto y tanta gloria, perturban mi cerebro. No podré, de seguro, describir cómo ha sido todo lo que se ha hecho en León por el Poeta. Así debieran haber sido los funerales de Homero.

Procuraré, sin embargo, dar una idea de lo que he visto.

Las exequias fúnebres de Príncipe Real

La Catedral era como una montaña de duelo. De las inmensas columnas pendían listones negros, en las puertas el gran cortinaje de luto, en los altares, el duelo sagrado. De las torres, descendían hasta el atrio luctuosos atributos.

Iban a sonar las ocho de la mañana cuando el cadáver entraba por la puerta mayor. El Obispo Pereira, con traje violeta, salió a recibirlo, llevando en la diestra la bandera de luto de la Iglesia. Hizo descender la bandera sobre el cadáver, y en medio de un recogimiento profundo, se oyó el toque agudo de los clarines.

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En la nave central se levanta el blanco y severo catafalco. Lo rodeaban cuatro columnas, cada una de ellas consagrada a una de las repúblicas de Centro América, hermanas en el dolor por la muerte del genio. Sobre cada una de ellas, las coronas enviadas por las representaciones respectivas, coronas de los presidentes, de los congresos, de los ateneos. Y en el centro, junto a la cabeza del poeta, una alta columna cuadrangular, trunca: era la de Nicaragua, cuyo pabellón, inclinado sobre el cadáver, tenía un no se qué de pena augusta, como si aquel trapo azul y blanco hubiese tenido un alma maternal. El catafalco propiamente dicho era una urna funeraria, como un sepulcro medioeval, sostenido sobre cuatro garras de león. Arriba, estaba el cuerpo yacente.

Mascarilla que perennizó el rostro del poeta. LA PRENSA/Archivo

Y principió la ceremonia. El Obispo Pereira vestía traje de púrpura, de larga cauda, cuyo extremo le llevaba arrollado un aconto. A la cabeza, mitra blanca y capucha. Los canónigos Jarquin, Tijerino, Salmerón y Rizo, auxiliaban, llevando también trajes de luengas caudas. Mientras tanto, los jefes de los guardianes, ocho constantemente, cuatro militares y cuatro civiles, sin perder ni un instante, durante siete días los jefes, decimos, se paseaban solemnemente, haciendo un saludo con las espadas al pasar ante el catafalco.

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Y al propio tiempo que se oficiaba la misa solemne, los otros sacerdotes de la ciudad decían misa en todos los demás altares.

Y el ritual se fue desenvolviendo, entre la música de cincuenta profesores; con una sobria suntuosidad, ante más de cuatro mil almas, incluyendo los diferentes grupos de representaciones que ocupaban el presbiterio- que llenaban las cinco amplias naves de la Santa Basílica.

Y después, cuatro responsos ante el cadáver; y otra vez la bandera de la Iglesia descendió como una bendición suprema, sobre el cuerpo yacente del poeta, y otra vez se dejó oír el agudo y prolongado toque de los clarines.

De la Catedral a la Universidad

A las cuatro y media de la tarde, la procesión, de regreso a la Universidad. Al salir el cadáver por la puerta mayor, lo cobijó un palio con los colores nacionales, y se detuvo. El público era una compacta muchedumbre. El Obispo Pereira subió a la tribuna y pronunció un discurso lleno de verdadera elocuencia; la apostura del orador, su voz vibrante, su acento absolutamente claro, y aquellos pensamientos de brillante prestigio, ya poético, ya teológico, doliente unas veces o glorificante otras, y aquella defensa del genio que en medio de su vida “disipada y disoluta” tuvo siempre en el corazón la fe como una pira antigua encendida sobre el cadáver del inmortal, encendida con una llama sagrada.

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Después siguió la procesión. Todas las comisiones, separados en grupos, y los cuerpos de obreros y de estudiantes iban desfilando por el centro de la calle con sus estandartes. Los altos dignatarios del clero, a distancia de diez o más varas el uno del otro, bajo capuchas blancas, iban paso a paso, cruzados los brazos, inclinada la cabeza, con las largas caudas sostenidas por acólitos y pajes.

Diez mil personas irían en la procesión que encabezaban tres carrozas simbólicas.

Y al llegar a la Universidad, desde una de las ventanas de la casa del General Ortiz, el Presbítero Azarías H. Pallais leyó su discurso admirable.

Y el cadáver fue llevado a la capilla ardiente.

Allí estuvimos a ver el cadáver amortajado en un albo sudario de seda. El rostro descubierto era, con su guirnalda de laureles a la frente, de una exactitud extraordinaria al rostro de Dante Alhigieri que todos conocemos. Ante él, como ante algo que ya no era sino un reto al enigma supremo, me sentí desconcertado. Era el genio, ya sin corazón, ya sin cerebro… Yo no se cómo es que, el sexto día, día de su inmortalidad, se pareció tanto a Daniel. Acaso es que el genio, no obstante los diferentes aspectos con que de cuando en cuando se presenta a la humanidad, no es más que uno; y el espíritu de Darío, sumado ya en ese instante al del Florentino, recorrían juntos el Infierno y el Paraíso.

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Era la capilla ardiente, custodiada por ocho guardianes turnados de hora en hora, en actitud hierática, como en un sagrario de la inmortalidad. Coronas, coronas, coronas… Y símbolos, y el busto de Apolo junto a la cabeza de Darío, y a sus pies Homero, y Hugo, el de la leyenda de los siglos.

Retratos de Rubén Darío en diferentes momentos históricos de su vida, desde sus años de juventud en Nicaragua y de su madurez en otros países. LAPRENSA/Infografia/Luis Emilio González

La velada última

En la noche del sábado, la última velada fúnebre. El Jardín de Minerva y calles adyacentes, repletas. En los corredores, damas, comisiones; ya no cabía más. El doctor Debayle, en nombre de los Ateneos de Costa Rica y Honduras, pronunció un discurso lleno de imágenes, lleno de sinceridad. El doctor Francisco Paniagua Prado, leyó su bien escrito y bien pensado discurso. El doctor Felipe Ibarra, maestro de primeras letras del Poeta, leyó unos versos sonoros. El que firma estas líneas leyó un corto himno en prosa glorificando al Mesías.  Sáenz Morales, leyó una oda exquisita, y el discurso de clausura lo dijo la palabra robusta de don Leonardo Argüello.

El desfile

Llegó la mañana del domingo final. Y desfilaron hasta las once las escuelas, los colegios, los obreros, llevando todos, si no una corona, una flor: rosa, lirio, margarita… Y el catafalco quedó levantado sobre una pequeña colina de pétalos.

Los pintores se disputaban el sitio para tomar bocetos.

La procesión fúnebre

Desde a las dos de la tarde, todo León y no menos de tres mil personas llegadas de las otras ciudades se encaminó a ocupar sitio. Aquello era un torrente férvido. El Presbítero Félix Pereira arreglaba las comisiones.

A las cuatro de la tarde comenzó la procesión.

Al salir el cadáver, -entre siete estampidos de cañón- don Rafael Alvarado destapa una cesta enlutada, y de ella vuela una bandada de inmaculadas palomas que revolotean unos instantes y luego se elevan hacia los cielos.

Y comienza el desfile; y toda la multitud eleva cinco mil palmas verdes, como en un domingo de ramos.

Yo me voy ya a contemplar el desfile desde una ventana

Y pasa la muchedumbre, y pasa la multitud, y después llega el cortejo. Y pasan estandartes que dicen: La Prensa, Gobierno Argentino, Gobierno de Honduras, Gobierno de Costa Rica, Gobierno de Guatemala, Gobierno de El Salvador, Oficina Internacional de Centroamérica, Congreso Nacional, Municipalidad de Managua, Congreso del Salvador, Cuerpo Diplomático y Consular, Facultad de Medicina, Centro Universitario, Escuela de Derecho, Sociedad Central de Obreros, Clubs Sociales, y pasan diez, y pasan veinte, treinta estandartes más.

Y los colegios y las escuelas forman valla en toda la procesión, y pasan los representantes de los institutos y colegios, los cuerpos médicos y de abogados, las municipalidades de León, Managua, Masaya, Granada, Chinandega, y los Ateneos, y los Jefes Políticos de los Departamentos, y los Magistrados de la Corte Suprema, y el alto clero; y pasan las damas vestidas de negro… Y hay una como visión de tiempos griegos, se acerca un grupo de apariciones blancas, de largas túnicas de nieve, son las canéforas, las vestales, que traen cestos de flores sobre los hombros: son Marina y Emilia Argüello, Estela y Margarita Argüello, Virginia González, Virginia Rojas, Mercedes Ayón, Adriana Castro, Carmela Argüello, Mercedes Fernández, Anita Navas, Leticia Argüello, Fidelina y Berta Castro, Julia Barreto, Clementina Mayorga.

Y pasa el cadáver, descubierto, sobre andas, de cuya conducción se han hecho cargo la Sociedad Jurídica “Larreynaga”, “La Juventud Médica de Nicaragua” y el “Centro Intermediario”.  Va cubierto de flores, va amortajado, con su corona de laureles, va a la inmortalidad, de cara al infinito.

Y pasa la presidencia del duelo: la familia, el Alcalde de la ciudad, el Presidente del Comité Darío, y la Municipalidad de León, las comisiones de las Cámaras, representaciones del Ejecutivo, las Cortes de Apelaciones, el cuerpo consular, los representantes de la colonia española, las sociedades de Chinandega y Diriamba, los clubs sociales, los clubs políticos, las logias masónicas, las juntas de ornato y de beneficencia, las corporaciones obreras; pasan la Banda de los Supremos Poderes, la Banda de León, la Guardia de Honor presidencial con el pabellón enlutado. Era aquello como un río humano desbordado que hubiese pasado por un bosque y arrancado las palmas de la gloria y los laureles triunfales, para llevarlas a flote en la poderosa corriente de sus aguas.

En la casa del doctor Juan D. Vanegas, casa en la cual enseñó la señora JacobaTellería las primeras letras a Rubén Darío; allí, junto a la casa donde se crió Darío; en el mismo lugar donde, un Domingo de Ramos, reventó otra granada, de la cual volaron palomas, y cayeron 1,000 papelitos con estos versos que el poeta escribió a los trece años de edad:

A ti

Yo vi un ave

que suave
sus cantares
a la orilla de los mares
entonó,
y voló…

Y a los lejos,
los reflejos
de la luna en alta cumbre
que argentando las espumas,
bañaba de luz sus plumas
de tisú.
Y eras… tú!

Y vi un alma
que sin calma
sus amores
cantaba en tristes rumores;
y su ser
conmover
a las rocas parecía.
Miró la azul lejanía,
tendió su vista anhelante,
suspiró,
y cantando ¡pobre amante!
Prosiguió!…
Y era… Yo!

Rubén Darío
Diciembre de 1880.

La imagen de un león doliente se encuentra sobre la tumba de Rubén Darío, en la Catedral de León. LA PRENSA/Archivo

Un detalle: Hicieron saltar la granada, tirando de los cordelillos de un lado a otro de la calle, doña Angélica de Vanegas y don Abrahán Tellería, amigos de Darío en tiempos de la infancia.

Al llegar el cadáver a las gradas de Catedral, el doctor Santiago Argüello, leyó el magnífico discurso que va en otro lugar. Un foco de luz caía sobre el cuerpo yacente de Darío, y en medio a la sombra de la noche -eran ya las siete- parecía que del poeta muerto brotaba un halo luminoso, o que un astro encendido caía sobre él.

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Y después, ya adentro de la Catedral, en el Presbiterio, al poner su cadáver en las andas, la gente cogía flores, hojas, pétalos y se los llevaban, devotamente. Decían: Nos las llevaremos a nuestras casas, como las palmas sagradas del Domingo de Ramos, como un recuerdo para nuestros hijos.

Y arriba de los dombos de la Catedral, por los tragaluces y ventanas, la gente -señoritas y caballeros- se asomaban desde lo alto para verlo la última vez.

Y los estudiantes de la Universidad cogieron la corona de laureles de la frente del inmortal, y exclamaron: En el Salón de Recepciones la tendremos como un trofeo dentro de una urna bella.

Y pasaron dos horas, mientras soldaban el primer ataúd metálico. Y nadie se quería ir.

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Y ya cuando iba a descender el cadáver al sepulcro, la Banda de los Supremos Poderes ejecutó la Marcha Triunfal de Delgadillo. Resonaron los metales victoriosamente, como una erupción de épica armonía. Bajo las naves aquella música se hacía sublime. Era Wagner; era Gounod.

Y a las 9 y 15 minutos cayó para siempre en el sepulcro, oyéndose una salva de 12 cañonazos.

Allí queda el Genio,  a los pies de la estatua de San Pablo. Allí irán en romería más tarde los poetas americanos. Allí duerme ya, a los pies del apóstol, cuya actitud es la del momento en que, en el camino de Damasco, lo hirió la deslumbradora luz de la verdad, el supremo rayo de la revelación, el relámpago divino de Dios.

Bajo él es que Darío duerme su inmortalidad.

Eso es lo que hizo por él ese León que ayer más que nunca, fue para el Poeta, su Roma, su Atenas, su Jerusalén.

14 de febrero de 1916.

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