Deducciones en el tiempo

La calumnia se ha convertido en un recurso fácil de aplicar. Es impune. En el debate proliferan los intereses personales, los extremos que conducen al odio que hace la excepción en la diafanidad del lenguaje

A veces la pluma viaja al subterráneo de la elucubración en el reino plural de la imaginación, al libertinaje consentido de la ficción.

Cada febrero recuerdo con mayor énfasis a Rubén Darío. Dentro de su constelación no puedo olvidar en la plenitud de Otoño la despedida que hizo a la juventud en lo que fue recital y sentencia: “Juventud divino tesoro, ya te vas para no volver”. Otro testimonio de la sabiduría epónima es “Pienso luego existo”, emanado del talento de Descartes.

Mis pasos viajan ahora al presente en los momentos en que las plumas se bañan de lágrimas. Se escriben con dolor en el ambiente gris en cuya mesa tanto abunda el menú ácido y tanto escasea el postre de la dulzura. Escribo sobre la tragedia que sacude a Nicaragua, sobre la extroversión pública plasmada en los medios por quienes han ofrendado el sufrimiento con el crudo rigor de la carne propia. El tiempo incesante en su marcha permite a la radiodifusión ser una tribuna donde se expande la crítica más doliente cuando carece del apoyo físico y espiritual del amor.

Anotados los antecedentes permítaseme ocupar el espacio —desde luego limitado— a la forma en que se están tratando los temas especialmente ligados a la crisis sociopolítica por donde convergen múltiples ángulos. Le doy la bienvenida a la radiodifusión, a las redes sociales, un derivado penetrante de la tecnología irrefrenable en el derecho de hacerse sentir. Pero dentro de ella no se está usando el lenguaje apropiado. Por fenómenos de la modernidad “internética” a la radio ahora se le ve vestida de novia o con el ropaje gestual de la polarización inútil, alejada de aquellos timbres invisibles pero sonoros y cultos.

La calumnia se ha convertido en un recurso fácil de aplicar. Es impune. En el debate proliferan los intereses personales, los extremos que conducen al odio que hace la excepción en la diafanidad del lenguaje. El teléfono expuesto al público con el consentimiento de Hertz es susceptible de convertirse en una exhibición mediática donde son protagonistas las espadas en lance de duelo.

Voceros pretéritos de la filosofía dan al animal la categoría de ser hombre. “El hombre es un animal político”.

Es frecuente la costumbre cotidiana de ultrajarse en un sistema defectuoso como el que rige. La política parece destrozarse internamente con epítetos egoístas que solo conducen al fraccionamiento de la oposición cuya meta debe ser la de la unidad a nivel de nación y no de nivel partidario. Celebramos el ejercicio participativo, pero también cabe deplorar que no se sepa administrar y sea, por contrario, factor de la desorientación. La opinión debe tener la categoría de ser justamente valorada.

El autor es periodista.

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