Los jueces y los campesinos

Es indignante, porque ultraja la dignidad de la persona humana y de la justicia, que es la condición de la convivencia y la estabilidad social.

Una mala consejera, Nicaragua

Un juez orteguista condenó el lunes de esta semana al dirigente campesino Medardo Mairena, a 216 años de prisión. A otro líder campesino, Pedro Mena, lo sentenció a 210 años de cárcel; y a un tercero, Orlando Icabalceta, le impuso 159 años con 3 meses de presidio.

El abogado defensor de los campesinos calificó la condena como irrisoria, o sea grotesca y ridícula. Pero también es indignante, porque ultraja la dignidad de la persona humana y de la justicia, que es la condición de la convivencia y la estabilidad social.

“No hay paz sin justicia, ni puede producirse la paz apaleando a quienes claman justicia”, escribió el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal en el editorial de LA PRENSA del domingo 22 de enero de 1967.

En realidad, únicamente individuos de mentes irracionales pueden ordenar y dictar sentencias como esas, y no solo contra ciudadanos a quienes se castiga porque reclaman sus derechos sino contra cualquiera otra persona, así sea el peor criminal del mundo.

Pero la sentencia del juez verdugo de los dirigentes campesinos no solo es irrisoria por desmesurada y porque nadie puede permanecer tanto tiempo en prisión, sino también porque cualquiera que sea la condena que le impongan a los presos políticos, ninguno de ellos la va a cumplir. Todos saldrán en libertad, más temprano que tarde, ya sea porque cae la dictadura o porque se declare la nulidad de los infames y antijurídicos procesos judiciales.

Hace 45 años, en noviembre de 1974, otro juez dictó una sentencia histórica en el caso de una campesina socialista acusada por la dictadura somocista. Pero aquella sentencia fue histórica no por irrisoria, como la que ahora un juez verdugo le ha impuesto a los dirigentes campesinos, sino porque fue ejemplarmente justa y decente, algo insólito bajo la dictadura de Anastasio Somoza Debayle.

Nos referimos a la sentencia que dictó el entonces juez Guillermo Vargas Sandino, en el caso de la campesina Amada Pineda, quien fue procesada en un juzgado somocista porque acusó a los miembros de una patrulla rural de la Guardia Nacional de haberla sometida a una violación sexual múltiple. El caso fue denunciado públicamente por LA PRENSA y debido a eso su director, el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, también fue acusado por la dictadura de Somoza, junto a la campesina Pineda, pero ambos fueron absueltos por el juez Vargas Sandino.

Esa sentencia fue “una extraordinaria muestra de honradez, civismo, valor y dignidad profesional”, dijo el doctor Chamorro Cardenal en el editorial de LA PRENSA del 14 de noviembre de aquel año; y agregó que “el mejor elogio para el doctor Vargas Sandino es darle el raro título que él mismo se ha ganado, y decirle de por vida simplemente: EL JUEZ”.

Por supuesto que ese calificativo honroso jamás lo podrá merecer el sicario judicial de la dictadura orteguista que ha condenado a Medardo Mairena y demás dirigentes campesinos.