¿Se puede creer a Ortega?

Si las intenciones de Ortega son verdaderas, debería admitir que su narrativa de golpe de Estado no fue la correcta, que la respuesta fue desproporcionada

tinieblas

Ortega ha llamado a la negociación. La usa para ganar tiempo, desmontar las presiones internacionales a punto de cerrarle el círculo: las posibles sanciones de la Unión Europea, la aplicación de la Carta Democrática Interamericana y las sanciones norteamericanas en marcha.

Si las intenciones de Ortega son verdaderas, debería admitir que su narrativa de golpe de Estado no fue la correcta, que la respuesta fue desproporcionada, brutal y fuera de todo marco legal. Que hable con un lenguaje fiel a los acontecimientos, cuyas causas son producto del desmontaje de la institucionalidad, el irrespeto a la Constitución y los arreglos de cúpula y no las que ha esgrimido; si no, ¿cómo lograr un verdadero entendimiento?

Además se requiere: liberar a todos los presos políticos, restaurar los derechos y garantías, respeto irrestricto a todas las libertades, regreso de los exiliados; devolución de la personería jurídica y los bienes confiscados a personas, organizaciones de derechos humanos y dueño de medios de comunicación; desarme de los paramilitares, no más represión, ni cárcel para los opositores; elecciones adelantadas; regreso de los organismos internacionales y cooperar como Estado en el mandato encomendado y otras medidas solicitadas por las Naciones Unidas, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y la Resolución del Parlamento Europeo.

Cómo creer en un Ortega que llama al diálogo y al mismo tiempo agrede y difama a sacerdotes y obispos; continúa las redadas de dirigentes, estudiantes y jóvenes en todo el país; golpea a las presas políticas, aísla a Lucía Pineda, tiene a Miguel Mora en cárceles de máxima seguridad y remata con la condena monstruosa a Medardo, que es el reflejo de su sistema de dominación terrorista, criminal, corrupto e inhumano.

Si Ortega está dispuesto a llegar a acuerdos que proponga una ruta para restablecer el Estado de derecho, la democracia y una paz duradera en Nicaragua, un calendario de cumplimiento, y observe una actitud coherente entre lo que dice y lo que hace. Mientras tanto, la comunidad internacional debería mantener la presión a Ortega, a través de las acciones que sean necesarias; de no hacerlo, este habrá logrado su objetivo de “ganar tiempo” y burlarse de las instancias internacionales, de las víctimas de la represión que están muertas, desaparecidas, presas o en el exilio.

Ortega debería estar claro que el acelerado deterioro económico y su macabra represión serán las causas de su caída inevitable y de incalculables consecuencias. Por los despeñaderos de la violencia a los que ha llevado al país si no se salva la patria, tampoco se salva él y su familia. No le queda otra opción que negociar o terminará como sus amigos Noriega, Ceausescu, Saddam o Gadafi porque el tiempo se le agota.

El autor es sociólogo.

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