La autocrítica es don de Dios

La crítica a los demás sin autocrítica es cosa de orgullosos, porque solo se mira “la pelusa en el ojo ajeno para no ver la viga en nosotros mismos (Lc. 6, 4)"

No podemos engañarnos con la abundancia de la palabra. “Los árboles se conocen por sus frutos” (Lc. 6, 43), y el carácter de una persona se le conoce por su vocabulario. Más claro no puede hablar Jesús ni con más autoridad. La crítica va siempre de la mano del chisme, de la falacia y de la censura despiadada para hundir al otro.

La crítica a los demás sin autocrítica es cosa de orgullosos, porque solo se mira “la pelusa en el ojo ajeno para no ver la viga en nosotros mismos (Lc. 6, 4). A la mayoría de la gente no le molesta la crítica, siempre y cuando esté dirigida a otros. La crítica siempre busca hacer el mal y es lo más fácil que solemos aprender todos los humanos, estemos en los más altos puestos o en los servicios más sencillos. Si la crítica malsana fuera una asignatura, seguro que todos sacaríamos la nota más alta.

Somos buenos a la lengua. Hoy se habla alegremente de los demás, tanto en las cúpulas del poder y de la política como desde la más humilde condición y se utiliza la palabra sin piedad alguna hacia el otro. Sin embargo, quien critica no suele autocriticarse. Su dedo solo señala al otro, nunca se señala a sí mismo, no suele utilizar la razón sino la acusación y es más fácil criticar que utilizar la capacidad crítica para escucharse a sí mismo.

La autocrítica es un don de Dios. Jesús, con la parábola de la pelusa en el ojo ajeno y la viga en la nuestra (Lc. 6, 41-42), nos está invitando, no a la crítica que hunde y se goza en el mal ajeno, sino a la autocrítica que nos hace ver la realidad de nosotros mismos. Jesús, nos dice que la mentira, la fachada, la palabrería nunca son la medida de la verdad y del bien. Lo que nos identifica y dice quién es cada uno de nosotros son los hechos: “Por los frutos distinguís cada árbol” (Lc. 6, 43-44). Asimismo nos dice el refrán: “Obras son amores y no buenas razones”. Por eso decía Confucio:

“¿Quieres gobernar el país? Aprende a gobernar tu familia. ¿Quieres aprender a gobernar tu familia? Aprende a gobernarte a ti mismo. ¿Quieres aprender a gobernarte a ti mismo? Aprende a gobernar tu corazón”.

Es por eso que tenemos que trabajar para que nuestro corazón sea bueno, generoso y fraternal. El corazón suele ser como una esponja. A la esponja si se la tiene siempre en agua, es suave y está siempre llena y fresca. Si se la olvida en un rincón, se seca y ya no sirve para limpiar y no hace más que raspar…

Así le pasa también al corazón. Cuando lo empleamos para amar, servir, ayudar, perdonar… el corazón es bueno, está limpio y es sincero… Cuando no se le emplea más que para el “Yo” egoísta, para la crítica entonces: se seca, se hace duro, se inutiliza…

Que nuestro corazón sea siempre una esponja que se empape de todo lo bueno y que sepamos ver antes nuestros defectos para así poder ayudar a los demás como Dios quiere.

El autor es sacerdote católico.

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