Así fue la invasión estadounidense a Panamá y la caída de Manuel Noriega

El 20 de diciembre de 1989 Estados Unidos invadió militarmente el territorio panameño. El ataque dejó cientos de víctimas y acabó con la dictadura de Manuel Noriega.

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Soldados estadounidenses durante la invasión a Panamá, en diciembre de 1989. LA PRENSA/ Cortesía de Mi Diario, Panamá.

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A las 8:50 de la noche del miércoles 3 de enero de 1990, Manuel Antonio Noriega salió con paso inseguro del edificio de la nunciatura donde había estado refugiado los últimos diez días. Antes de abandonar para siempre el poder y convertirse en un reo, el exdictador panameño se puso su uniforme de general del Ejército y cruzó la puerta en medio de la oscuridad para entregarse a las tropas de ocupación estadounidenses.

Solo hizo dos llamadas telefónicas antes de dejar la nunciatura. Una a su amante y “amor de muchos años”, Vicky Amado. Otra a su esposa, Felicidad Siero, que a esa hora estaba refugiada, junto con las tres hijas del matrimonio, en la embajada de Cuba. El periodista español Antonio Caño narró los detalles de la entrega del “hombre fuerte” de Panamá en un reporte que El País publicó el 5 de enero de 1990.

El nuncio Sebastián Laboa fue el “último confidente” de Noriega, relató Caño. “Estaba a su lado cuando los soldados norteamericanos le cachearen (registraron) a la puerta de la nunciatura y también cuando le unieron con esposas las manos, que le temblaban”.

Noriega se refugió en la Nunciatura Apostólica a las 3:00 de la tarde del 24 de diciembre de 1989, Nochebuena, cuando la invasión militar de Estados Unidos estaba cumpliendo cuatro días. El portavoz del Vaticano, Joaquín Navarro Valls, informó que se había accedido a darle refugio al general Noriega después de que este asegurara que pondría fin al conflicto que tenía a Panamá hundida en el caos.

Manuel Antonio Noriega nunca fue presidente; pero desde su cargo de jefe del ejército impuso una dictadura militar de 1983 a 1989.

Sus diez días en el refugio vaticano estuvieron llenos de tensión. “Vi a un ser humano muy asustado”, narró en 2017 el abogado Enrique Jelenszky, que en la época de la invasión era un estudiante de Derecho de 24 años, opositor y amigo del nuncio Laboa. Él estuvo durmiendo en el cuarto de al lado de Noriega y le sirvió de traductor cuando negoció su rendición.

Noriega leía la Casa de los Espíritus, de Isabel Allende, y “veía televisión todos los días”, dijo Jelenszky. “Mostraban gente patinando en el Rockefeller Center y disfrutando de la época de Navidad”, pero el exdictador se veía “realmente triste y con temor”. Justo afuera de su ventana, en un estacionamiento contiguo había “un gringo” apuntándole con una ametralladora las 24 horas del día.

Nunca cerraba la puerta de su cuarto cuando se iba a —intentar— dormir. Algunos de los que estaban en la nunciatura tenían instrucciones de recordarle cuál había sido el fin de Benito Mussolini en Italia y el de Nicolae Ceaucescu en Rumanía. Manuel Noriega temía que cualquier día una masa de gente llegara por él y los soldados estadounidenses no hicieran nada para contenerla.

En su tercera noche en la nunciatura, se escuchó un ruido terrible y se sintieron temblores como de terremoto. Entonces Noriega se dirigió por primera vez a Jalenszky para pedirle que bajara a averiguar qué pasaba, y al volver el estudiante le informó que “los gringos” estaban aplanando el terreno de la casa de al lado para que los helicópteros aterrizaran.

El antiguo presidente de facto de Panamá y gran jefe de las fuerzas militares puso cara de susto. Al día siguiente Jalenszky se le acercó para preguntarle cómo se sentía, a lo que Noriega respondió: “Como un átomo en el universo”.

Soldados estadounidenses remueven uno de los cadáveres encontrados en El Chorrillo, barrio panameño donde se encontraba el cuartel central de Manuel Noriega. LA PRENSA/ Cortesía de Mi Diario, Panamá.

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LA INVASIÓN

El bombardeo comenzó en los primeros minutos del 20 de diciembre de 1989. Un miércoles. “Grandes resplandores brotaban detrás del cerro Ancón, contiguo al cuartel central del general Manuel Noriega. El estruendo de las explosiones llegaba unos segundos después”, recordó el periodista colombo-panameño Indalecio Rodríguez cuando compartió su testimonio con la BBC Mundo, en diciembre del 2000.

Desde tierra se percibía que había resistencia antiaérea, pues se escuchaban balas trazadoras, afirmó Rodríguez. Y por algunas avenidas avanzaban camiones militares estadounidenses que llevaban las luces apagadas, igual que los aviones que cruzaban el cielo de Panamá.

Fue una madrugada de angustia, luego de una tarde de pánico y tensión. Desde la víspera Estados Unidos había dado todas las señales de que se preparaba para una invasión militar. Desde la terraza en la parte alta de la ciudad, el corresponsal de la BBC vio un “convoy de enormes aerotransportes descendiendo hacia la base norteamericana de Howard, al otro lado del Canal de Panamá”.

Según Rodríguez, los aviones estuvieron aterrizando “uno cada diez minutos”. De acuerdo con diversas publicaciones periodísticas, para realizar la operación “Just Cause” (Causa Justa) esa tarde Estados Unidos puso en territorio panameño entre 24 mil y 27 mil soldados.

Cerca de las 11:35 de la noche una televisora anunció que entraba en vigencia la restricción Echo, que quería decir “solo personal militar bajo orden operativa en la calle”. En otras palabras, “peatón visto, peatón muerto”, pensó Indalecio. Y sintió que una “corriente de hielo” le recorría el cuerpo.

Al amanecer del 20 de diciembre en el barrio El Chorrillo se elevaba una columna de humo producida por un incendio que ardió todo el día. Ahí se encontraba el cuartel central del ejército panameño y la zona, fuertemente bombardeada por Estados Unidos, se quemó casi en su totalidad. Unos 20 mil habitantes de El Chorrillo fueron afectados y sufrieron pérdidas económicas.

Se cree que buena parte del fuego fue causada por el ataque norteamericano; pero a la fecha persisten versiones de que algunos grupos organizados por Noriega y conocidos como los Batallones de la Dignidad contribuyeron al incendio.

El bombardeo de Estados Unidos comenzó en los primeros minutos del 20 de diciembre de 1989. A pesar de la alta tecnología de los norteamericanos, el fuego alcanzó muchos edificios no militares. Cientos de panameños civiles murieron en la invasión.  LA PRENSA/ Cortesía de Mi Diario, Panamá.

Tras la invasión, la anarquía duró dos días. No había ley alguna. En los barrios la gente aplaudía cuando las tanquetas del Ejército ocupante llegaban a buscar a ciudadanos estadounidenses, relató Rodríguez. Eran escenas parecidas a las de París, liberado en 1944. Sin embargo, la tarde del propio 20 empezaron los saqueos.

Como no había Policía en la ciudad de Panamá, la gente atacó edificios públicos, escuelas, tiendas e incluso casas de habitación. “No es la primera ni la última vez que una acción armada viene acompañada de saqueos. Lo que fue distinto en Panamá es que no se hizo nada al respecto”, subrayó en 2015 el cineasta panameño Abner Benaim, autor del documental Invasión, en entrevista con Programa Ibermedia.

“El saqueo prácticamente duró hasta que no quedaba más nada que saquear, sin ser controlado, pues por parte de Panamá ya no había policía y las tropas estadounidenses optaron por permitirlo, quizás como táctica para que la ciudadanía soltara un poco de presión”, señaló Benaim.

Para él, es curioso cómo el saqueo “quedó posicionado en la memoria colectiva”. “Si preguntas sobre la invasión hoy día, mucha gente te habla sólo del saqueo y no de todo lo demás que sucedió”.
Allí, donde se localizaba el 20 de diciembre de 1989 el cuartel de Noriega, cayeron bombas suficientes para arrasarlo de todo. También fueron atacados los cuarteles militares de Tinajitas, Panamá Viejo; el cuartel de infantería de Los Pumas de Tocumen y la base del río Hato, asegura Panamá Vieja Escuela, un reconocido portal que se dedica a rescatar la historia del país canalero.

Se cuenta que murieron cientos, miles de panameños. Muchos civiles. “Se calcula que el número de hombres y mujeres exterminados, calcinados muchos de ellos, en la operación diseñada por la administración de George H. W. Bush, podría rondar entre los 500 y los 2.000”, escribió el periodista Luis Martínez, enviado especial de El Mundo a la ciudad de Panamá, en 2014. “Sigue sin saberse la cifra exacta. Ni aproximada. Es imposible precisar nada, porque nada se aprecia ni se ve de aquello ni en El Chorrillo ni en los inmensos rascacielos de la Panamá actual que visten al cinta costera; todos ellos construidos literalmente contra la memoria de lo que ocurrió ese día”.

Soldado norteamericano portando una bandera panameña, durante la invasión en 1989. LA PRENSA/ Cortesía de Mi Diario, Panamá. 

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EL DICTADOR

Manuel Antonio Noriega Moreno nació en la provincia panameña de Darién, el 11 de febrero de 1934. A muy temprana edad fue abandonado por su madre y “optó por la carrera militar porque su familia adoptiva no podía costear los estudios de medicina a los que aspiraba”, afirma la BBC en el reportaje El último general de la era militar de Panamá.

Gracias a una beca, el joven Noriega ingresó a la Escuela Militar de Chorrillos, en Perú, donde se dice fue reclutado como informante por los servicios de inteligencia de Estados Unidos. Regresó a Panamá en 1962 e ingresó al Ejército con el grado de subteniente, pero en pocos años estaba a cargo de la comandancia de la zona militar de Chiriquí, en el occidente del país. Poco después, dice la BBC, su lealtad para con el general Omar Torrijos —luego del golpe militar de 1968— fue “recompensada con su nombramiento al frente del aparato de inteligencia militar, G2, lo que en la práctica lo convirtió en el segundo hombre más poderoso de Panamá”.

En aquellos años empezaron a circular los primeros rumores sobre sus vínculos con el tráfico de armas, drogas y el crimen organizado. También se le responsabilizaba por la tortura y desaparición de opositores al régimen militar. Sin embargo, con la Guerra Fría en su apogeo, Noriega era un informante valioso para Estados Unidos, que estaba preocupado por la influencia de Cuba en Centroamérica; de modo que en un principio los norteamericanos decidieron hacerse de “la vista gorda”.

Con el fallecimiento de Omar Torrijos, muerto en un extraño accidente aéreo en 1981, Manuel Antonio Noriega continuó su ascenso hacia el poder hasta obtener el grado de general y convertirse, en 1983, en el comandante en jefe de las Fuerzas de Defensa. A partir de ahí gobernó como presidente de facto en Panamá, quitando y poniendo mandatarios a su gusto y conveniencia.

La invasión estadounidense ocurrió luego de que el dictador panameño anulara las elecciones de 1989, cometiera violaciones a los derechos humanos y fracasaran las negociaciones para que saliera del poder. Además, cuatro días antes, el 16 de diciembre de 1989, un soldado estadounidense fue abatido cuando traspasó un retén ubicado frente al cuartel central de las Fuerzas de Defensa y esa muerte, consideran algunos analistas, fue el detonante del ataque armado.

Pero en realidad el fin había comenzado mucho antes: el 1 de junio de 1987. Ese día Noriega envió a retiro al coronel Roberto Díaz Herrera, segundo al mando en las Fuerzas de Defensa, que estaba cumpliendo 25 años de servicio militar ininterrumpido y con quien Noriega debía turnarse en el liderazgo de la Comandancia, detalla el portal Panamá Vieja Escuela.

Díaz Herrera no tomó a bien la jubilación forzada y decidió revelar públicamente lo que sabía sobre la corrupción y los crímenes de altos militares panameños y, en especial, de Noriega. Las declaraciones desataron una ola de protestas ciudadanas y, sobre todo, hicieron insostenible el apoyo estadounidense al régimen panameño.

Tras su caída, Manuel Antonio Noriega fue trasladado a Estados Unidos y sentenciado a 40 años de cárcel. Le redujeron la pena por buena conducta, pero pasó los siguientes 17 años de su vida en una prisión de Miami, condenado por tráfico de drogas, lavado de dinero y vínculos con el crimen organizado. Ahí se convirtió a la religión adventista.

Luego, en 2010, fue extraditado a Francia, donde lo condenaron a siete años de cárcel, igual por delitos de narcotráfico y lavado de dinero. Sin embargo, un año después el gobierno francés le permitió volver a Panamá para recibir una pena de más de 60 años de prisión por los asesinatos y desapariciones cometidos durante su régimen.

El otrora “hombre fuerte” de Panamá era un guiñapo cuando regresó, como un reo, a su país. Murió el lunes 29 de mayo de 2017 a la edad de 83 años. Cumplía condena cuando le diagnosticaron un tumor cerebral benigno y desde el 7 de marzo se encontraba en cuidados intensivos luego de que los médicos se lo extirparan.

Todavía tuvo tiempo para pedir perdón a los panameños. Tras años de silencio, en junio de 2015, apareció en televisión desde la cárcel. Con voz firme leyó unas notas escritas a mano, con la intención de cerrar “el ciclo de la era militar”.

“Le pido perdón a toda persona que se sienta ofendida, afectada, perjudicada o humillada por mis acciones o las de mis superiores en el cumplimiento de órdenes o las de mis subalternos en ese mismo estatus”, dijo. “Yo cierro el ciclo de la era militar como el último general de ese grupo pidiendo perdón, como comandante jefe, como jefe de gobierno”.


Manuel Noriega anciano y enfermo. Acabó sus días como un reo, pero logró volver a su país, aunque fue para recibir una condena más.

 


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Víctimas mortales

No hay una cifra precisa sobre las víctimas mortales de la invasión estadounidense a Panamá. En 1992 se hizo un intento por establecer el número de muertos, pero solo se contabilizaron 317 y el conteo no siguió, por falta de respaldo del gobierno panameño.

La Iglesia católica panameña maneja la estadística de 2,000 heridos y 655 víctimas fatales; de las cuales 314 eran militares y 341 civiles, de acuerdo con el diario El Siglo. Mientras, el Instituto de Medicina y Legal y Ciencias Forenses registró a 255 muertos y 93 desaparecidos durante la invasión. Y la Asociación de Familiares de los Caídos del 20 de Diciembre de 1989 asegura que en esta invasión fallecieron cerca de 4,000 personas.

Muchos de los muertos fueron incinerados y sepultados en fosas comunes.

Fosa común abierta durante la invasión de Estados Unidos a Panamá. LA PRENSA/ Cortesía de Mi Diario, Panamá

Antecedentes del ataque militar

1977. El general Omar Torrijos, como jefe de gobierno de Panamá, y Jimmy Carter, como presidente de Estados Unidos, firman los Tratados Torrijos- Carter. Acuerdan la devolución del control del Canal, el cierre de las bases militares y la salida de todos los soldados estadounidenses de territorio panameño. Se establece como fecha límite para la transición el año 2000 y se da a Estados Unidos la posibilidad de intervenir militarmente en Panamá si la operación del Canal se viese comprometida.

1983. El general Manuel Antonio Noriega asume el cargo de jefe de la Guardia Nacional (luego llamada Fuerzas de Defensa). Es un estrecho colaborador de la CIA y por el momento cuenta con el respaldo de Estados Unidos.

1987. El coronel Roberto Díaz Herrera, segundo al mando de las Fuerzas de Defensa, es pasado a retiro por órdenes directas de Manuel Noriega. Díaz acusa a Noriega de narcotráfico, de haber planeado la muerte de Omar Torrijos, orquestado un fraude electoral en 1984 y ordenado el secuestro y la decapitación del líder opositor Hugo Spadafora un año después. Por las declaraciones inician fuertes protestas entre la población panameña.

1988. El presidente panameño Eric Delvalle destituye al general Noriega de su cargo de jefe de las Fuerzas de Defensa. En respuesta, Noriega lo derroca, Delvalle se refugia en la embajada de Estados Unidos y luego sale del país. Asume el control del gobierno Manuel Solís Palma, colaborador de Noriega, como ministro encargado de la Presidencia. Estados Unidos inicia un bloqueo; esto ocasiona una fuerte crisis económica que llega al congelamiento de los bancos para evitar la fuga de capitales.

1989. Arrasa en las elecciones presidenciales el candidato opositor Guillermo Endara. El tribunal electoral declara suspendidos los comicios y estallan protestas que son reprimidas por la milicia partidaria de Noriega. Se designa como encargado de la Presidencia a Francisco Rodríguez, otro allegado a Noriega. Ese mismo año:

El 3 de octubre fuerzas rebeldes dirigidas por el mayor Moisés Giroldi retienen a Noriega, pero la rebelión es sofocada por las fuerzas del dictador. Giroldi y sus hombres son fusilados por órdenes de Noriega.

El 15 de diciembre la Asamblea Legislativa otorga poderes extraordinarios a Manuel Noriega, designándolo jefe del Gabinete de Guerra y declara a Panamá en estado de guerra contra Estados Unidos.

El 16 de diciembre el teniente estadounidense de origen colombiano Robert Paz Fisher es abatido en un confuso incidente, luego de que él y otros soldados vestidos de civil huyeran de un retén policial frente al cuartel central de las Fuerzas de Defensa de Panamá.

El 20 de diciembre inicia la invasión militar estadounidense y Noriega se entrega el 3 de enero de 1990. La ocupación se extiende hasta el 31 de enero de ese año.

31 de diciembre de 1999. Estados Unidos abandonó sus bases militares en el istmo y dejó el control del canal a Panamá, tal como se acordó en el pacto firmado por el presidente Jimmy Carter y Omar Torrijos en 1977.


Noriega y los sandinistas

Manuel Antonio Noriega, jefe de las Fuerzas de Defensa panameñas, en un encuentro con Daniel Ortega Saavedra. LA PRENSA/ CORTESÍA DEL IHNCA-UCA

Manuel Antonio Noriega estuvo muy vinculado al régimen sandinista que en aquella misma época imperaba en Nicaragua. «Sus vínculos no eran solo por afinidad ideológica y política con los comandantes sandinistas, sino también por sus negocios ilícitos comunes con algunos de estos», aseguró el diario LA PRENSA en su artículo Los vínculos del dictador panameño Manuel Noriega con Nicaragua, publicado en mayo de 2017.

«Con Noriega mandando de manera absoluta en Panamá, las redes del narcotráfico suramericano se extendieron hacia Nicaragua. Pablo Escobar Gaviria, el más importante de los cabecillas colombianos del crimen organizado internacional de aquella época, se movía como pez en el agua entre los altos círculos del poder revolucionario sandinista», subrayó este rotativo.

Otro de los vínculos con Nicaragua es Hugo Spadafora, opositor secuestrado y decapitado durante el régimen de Noriega, tras haber denunciado la vinculación del dictador con el Cártel de Medellín. Spadafora había combatido en Nicaragua contra la dictadura somocista dentro de la tendencia Tercerista del FSLN, aunque luego se desilusionó de la revolución sandinista y apoyó al camaleónico Edén Pastora en su etapa de contrarrevolucionario.

Por último, en 2006 se conoció que Noriega – que solo se era fiel a sí mismo- le propuso en 1986 al Consejo Nacional de Estados Unidos asesinar a Daniel Ortega. A cambio, Noriega pedía que se borraran las acusaciones por narcotráfico en su contra.

Noriega con Humberto Ortega Saavedra, jefe del Ejército Popular Sandinista en los años ochenta. LA PRENSA/ Cortesía del IHNCA-UCA

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