Vivir a fidelidad

Los padres sufren una profunda decepción cuando descubren que sus hijos, en quienes han puesto toda su confianza, les han engañado, o están engañando

Una de las experiencias más amargas y dolorosas que podemos sufrir en la vida es la “infidelidad” de las personas a quienes hemos volcado nuestro amor. Nos duele en el alma la traición de aquel que nos lo hizo.

Los padres sufren una profunda decepción cuando descubren que sus hijos, en quienes han puesto toda su confianza, les han engañado, o están engañando. Y más de otros hijos que hasta les abandonan cuando ya nada les pueden sacar. La presencia de la infidelidad entre los esposos conlleva siempre a una ruptura dolorosa y amarga.

Si meditáramos sobre nuestros pecados, comprobaríamos que el más frecuente y el que más se repite es el de la infidelidad. Todo el mundo ha sido infiel al amor, a un amigo, e incluso a nosotros mismos, pero por lo general, esa infidelidad la vemos con indiferencia. Pero hoy, como ayer, eso de la infidelidad no es nuevo. Ya lo dice el Salmista: “¡Sálvanos, Yahvé, que escasean los fieles, que desaparece la lealtad entre los hombres”. (Sal. 12, 2).

Asimismo Moisés, ante la asamblea de Israel, puso las siguientes palabras en boca de Dios: “Les voy a esconder mi rostro, a ver en qué paran. Porque es una generación torcida, hijos sin lealtad” (Dt. 32, 20). El profeta Jeremías, como también el profeta Oseas, llama al pueblo de Israel “esposa infiel” (Jer. 3, 20)… que va tras “otros amantes” (Os. 2, 7). Ya que ante la infidelidad, sea del carácter que sea, el amor se siente defraudado y engañado.

Jesús fue el fiel por excelencia a Dios, a sus hermanos, los hombres y a sí mismo. (Lc. 4, 1-13). Jesús sabía que su fidelidad podría llevarle a la muerte, pero Él no cayó en zancadillas, seducciones o tentaciones. Por encima de todo, Jesús se mantuvo fiel. Nunca se aprovechó de su condición de Hijo de Dios para apabullar a nadie (Lc. 4, 2-4). Esta tentación la sufrió muchas veces en su vida. Los fariseos y saduceos le pidieron a Jesús que hiciera “un signo del cielo”; pero Él no utilizó su poder para apabullarles; no cayó en sus trampas (Mc. 8, 11-13).

Pedro, al pretender quitarle a Jesús la idea de la cabeza las cosas de las que les hablaba acerca de lo que iba a padecer en Jerusalén, encontró de Él una dura respuesta: “Retírate, Satanás” (Mc. 8, 31-33).

Los sumos sacerdotes y escribas injuriaban a Jesús en la cruz diciéndole: “Tú que destruyes el Santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!… (Mt. 27, 39-42). Pero solo encontraron como respuesta el profundo silencio de Jesús. Él no cayó en sus trampas, se mantuvo fiel aún en la misma cruz.

Hoy, como ayer Jesús, todos pasamos por duras pruebas. La tentación la tenemos ahí, queramos o no; es nuestra compañera inseparable y eso hace que no sea fácil la fidelidad. La verdad es que ser fiel a Dios, a los hombres y a sí mismo nunca fue cosa fácil. El mal se presenta siempre más atractivo que el bien. El mayor orgullo que puede tener una persona, es poder decir con toda verdad que siempre ha sido fiel a la palabra dada.

El autor es sacerdote católico.

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