Los presos políticos no son fichas de negociación

Los presos políticos tienen que pasar de ser una ventaja de Ortega a ser un problema. Para que nunca más alguien vuelva a tomar rehenes para usarlos como fichas de negociación

En Letra Pequeña, Silvio Báez

Presos políticos

Los presos políticos no pueden convertirse en una ventaja para quien los tiene sino, al contrario, en un problema que les queme las manos. Para que no vuelva a suceder. Si se le permite a Daniel Ortega que use a los presos políticos como moneda de cambio y no pague por ello, estaremos sembrando la semilla para que vuelva el atropello una y otra vez. Mientras secuestrar sea rentable habrá secuestradores y secuestrados. Es ley.

Ley del hielo

Antes que este o cualquier otro dictador pueda venir, se siente a negociar o pedir algo, con la cartera llena de presos políticos para pagar por ello, se le debe de decir: “No señor, no puedo negociar nada con usted mientras tenga presos políticos”. Una especie de ley del hielo. “No podemos pensar en suspender sanciones mientras usted tenga presos políticos”. “Ni siquiera podemos hablar de cualquier programa de democratización, ni de juegos, ni festivales, ni de cumpleaños, mientras usted mantenga como rehenes a personas porque piensan distinto a usted”.

Dignidad

La lección de dignidad la han dado los presos políticos. Son ellos los que han pedido desde las cárceles que no los usen como moneda de cambio en cualquier negociación. Para ellos sería fácil salir en videos, arrepentidos de haber dudado de la sapiencia del comandante y la compañera, prometiendo que no volverán a juzgar su gobierno, y así no solo saldrían de manera expedita a sus casas, sino que seguramente con ventajas económicas como suele premiar el régimen a los que se someten. Pero no, al contrario, ellos son los que llevan la bandera de la resistencia, se manifiestan cuando pueden de la manera que sea en protesta, a pesar de las torturas o golpizas que vienen como consecuencia de ello.

Retroceso

Igual puede pasar con todo. Para los periódicos sería fácil empezar a hablar bellezas del “gobierno de unidad y reconciliación nacional” y ese mismo día, por arte de magia, estoy seguro, se liberaría el papel que está secuestrado. Igual pasaría con los medios confiscados como Confidencial y 100 % Noticias. Miguel Mora y Lucía Pineda podrían volver a su canal con solo que aceptaran que se equivocaron. Las madres y familiares de los asesinados podrían recibir beneficios si dejan de denunciar a los criminales y desisten de pedir justicia. Así habría la paz que quiere Ortega. Toda la sangre y sufrimiento habrían valido pepino. Y eso lo saben más que nadie los que mayor sufrimiento han puesto en este cambio que se busca.

No impunidad

La libertad de presos políticos es un asunto de justicia y un elemental sentido de cordura. No puede ser una concesión. Y, ojo, no es impunidad lo que se pide. Lo que se exige es que se libere a los inocentes. Que terceros expertos investiguen y determinen la responsabilidad crimen por crimen. El régimen tiene que darse cuenta que ellos, siendo los principales sospechosos de la masacre, no pueden ser los que apresen, investiguen y juzguen. Nadie se autodescubre y autocondena.

Dos respuestas

Todos queremos que esto se solucione rápido. Y tenemos dos formas, básicamente de resolverlo: “A lo Daniel Ortega” o de la forma correcta. La forma correcta pasa por no aceptar el secuestro como forma de negociación. Aprovechar la crisis para que salga una mejor sociedad que la que teníamos. Que tanto sufrimiento valga la pena. Rescatar el derecho a elegir, y a ser juzgado conforme la ley y no por los caprichos de nadie, entre otro montón de pendientes. “A la Daniel ortega”, ya sabemos, es aceptar el sometimiento como la paz, reconocer como “lo real” lo que nos dicen ellos y no lo que ven nuestros ojos.

Matonerías

En definitiva, lo que se le debe exigir al régimen como requisito madre para apenas sentarse y después, solo después, empezar a ver todo el resto, es que se comporte como un gobierno. Que deje de querer negociar como matón de barrio, con los rehenes agarrados del pescuezo y con la pistola en sus cabezas.