«Con una tenaza me levantaban la uña para arriba, y después solo la guiñaban”. El relato de un excarcelado del régimen orteguista

“Y aun así, viendo que sangraba y que les pedía, como decimos, cacao (piedad), que no lo siguieran haciendo, más lo hacían”, relata Lenin Ariel Rojas Contreras, de 36 años.

Lenin Ariel Rojas Contreras, uno de los excarcelados que fue torturado. LA PRENSA/ROBERTO FONSECA

Lenin Ariel Rojas Contreras, de 36 años, es uno de los cincuenta presos políticos que el régimen orteguista excarceló este viernes antes del mediodía y uno también de quienes fueron torturados.

Antes de llegar al Sistema Penitenciario estuvo encarcelado en el Chipote, la cárcel de la Policía Orteguista denunciada como un centro de torturas. Ahí fue sometido a once interrogatorios. Ahí le arrancaron sus uñas. Fueron tres sus torturadores.

“Enchachado me decían que hablara. ‘Entonces, ¿no vas a hablar?’, me decían, me ponían la rodilla aquí en la palma (dorso) de la mano y posteriormente con una tenaza me levantaban la uña para arriba, y después solo la guiñaban”, cuenta este hombre en su casa, en Managua.

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“Y aun así, viendo que sangraba y que les pedía, como decimos, cacao (piedad), que no lo siguieran haciendo, más lo hacían”, relata.

Así quedaron las uñas de Lenin Ariel Rojas Contreras, luego que lo torturaran en La Modelo. LA PRENSA/ROBERTO FONSECA

Llegó a la cárcel policial el 12 de julio de 2018, cuando fue capturado al momento que se disponía a participar en la marcha Juntos Somos un Volcán. Una de las oficiales le apuntó en su sien con un arma y detonó un tiro que impactó en la pierna a otra persona.

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Asegura que lo golpearon, le causaron heridas en su ceja izquierda y también la nariz. En el Chipote estuvo durante ocho días en la celda número diez, de donde lo llegaban a sacar en las madrugadas para preguntarle sobre las marchas y quién era el que le pagaba. Respondía que había ido a la manifestación por su voluntad.

Zancudos por doquier

Eso fue parte del calvario que ahora puede contar. Permaneció en condiciones horribles, relata Rojas. “Había zancudos, jelepates, te daba alergia en la piel y la comida llegaba jugada por los oficiales”.

Luego pasó al Sistema Penitenciario Nacional, conocida como La Modelo, donde sufrió agresiones físicas y verbales. Le decían que después de tomar sol debía desnudarse junto a los demás y hacer sentadillas como requisito para entrar a las galerías.

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Esos ocho meses, que nunca olvidará en su vida, no lo han alejado de la lucha cívica; al contrario, su compromiso se mantiene.

“No me quitaron mi palabra”

“Me quitaron tres uñas, pero no me quitaron la palabra, ni me quitaron mi voz para gritar y seguir adelante (…) vamos a seguir marchando y vamos a seguir adelante en contra de este gobierno, que lo que ha hecho es solamente es tratar de callarnos, matarnos a cierta parte”, dice en medio de la alegría de sus familiares y ante su madre, que sonríe feliz.

El caso de Yaritza Rostrán

Del otro lado de Managua, Yaritza Rostrán Mairena, la líder universitaria que hasta el miércoles reciente se mantenía en huelga de hambre en la cárcel La Esperanza, lloraba abrazada a sus compañeros de lucha.

Usaba una camisa blanca con la silueta de Álvaro Conrado, uno de los adolescentes víctimas mortales de la represión orteguista. A ella la capturaron el 25 de agosto con otros cinco estudiantes y un conductor en León. Relata que los oficiales golpearon y rajaron la cabeza a Victoria Obando y a Juan Pablo Alvarado, dos de sus compañeros.

Cuenta que a todos los llevaron a la estación policial de León, donde los tuvieron con las manos hacia atrás y la cabeza hacia abajo durante tres horas.

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Les dijeron que los iban a dejar libres, pero no fue así, porque los trasladaron al Chipote, y durante todo el camino de León hacia Managua, les decían que los iban a matar, que los iban a tirar a la cuesta El Plomo.

En el Chipote desnudaron a los hombres y les dijeron que hicieran cien sentadillas. Pasaron once días incomunicados hasta que las trasladaron a los otros penales.

En la Cárcel de Mujeres La Esperanza, Rostrán estuvo en la celda número cuatro, donde llegó a compartir un espacio aproximado de cuatro metros de ancho por ocho de largo con otras 14 personas, también presas políticas, con un solo baño y una sola ducha, porque el segundo estaba dañado.

“Espantoso”, “terrible”, son los adjetivos que Yaritza utiliza para calificar su experiencia en la prisión, donde solo accedía a un “baño” de sol una vez por semana durante una hora, pero había otras veces que no las sacaban del todo.

Sin embargo, pese a lo vivido, la joven de 26 años asegura que se mantiene en la lucha cívica y demanda la libertad de los presos políticos.

“No saben cuánto allá en las prisiones nosotras seguimos anhelando que el pueblo no se rinda, que el pueblo siga la lucha, que no desfallezca, es lo que más nos importa, porque nosotros no nos hemos rendido, no nos rendimos en las cárceles y no nos vamos a rendir en ninguna otra parte”, expresó.

El mensaje del nuncio

Según ella, en la reunión de varios presos políticos con el nuncio apostólico Waldemar Stanislaw Sommertag, el pasado lunes, el mensaje del religioso fue claro.

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“Llegó a decirnos que cesáramos de atrasar un proceso de negociación con nuestra huelga de hambre, llegó a decirles a las mujeres que comieran (…) llegó incitando a que no siguiéramos protestando”, dijo.

En Matagalpa, al norte del país, también hubo familias contentas por la excarcelación de otros reos.

“Mamita, ¡por fin!”, fue la primera expresión de la niña de cuatro años cuando volvió del preescolar y en casa encontró a su mamá Nelly Marily Roque Ordóñez, otra de las presas políticas que fueron excarceladas. “Me vas a poder leer cuentos”, le dijo abrazándola.

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