Así fueron los últimos momentos de estos dictadores, bravucones hasta el final

Hasta poco antes del fin, estos dictadores mantuvieron su discurso bravucón y se creían en pleno dominio de la situación. Algunos incluso se enfrentaron a la muerte sin mostrar una sombra de arrepentimiento

Benito Mussolini, padre del fascismo, murió fusilado. Luego una turba en ensañó con su cadáver.

Meses antes de su muerte a manos de rebeldes iracundos, Muamar el Gadafi, tirano libio que comenzó su gobierno como un héroe y lo abandonó como un asesino, dio un discurso de más de una hora en el que despotricó contra los ciudadanos en protesta y advirtió que los opositores serían “ejecutados sin piedad”. Además, dijo que las revueltas ciudadanas en realidad eran ataques cometidos por un “grupúsculo de jóvenes” que tomaban drogas.

Diez días antes de ser ejecutado contra un paredón, el rumano Nicolae Ceaucescu creía que tenía todo bajo control. Y lo siguió creyendo incluso cuando iniciaron las protestas de ciudadanos que pasaban hambre mientras la familia del “Conducator” llevaba una vida de lujos y derroche. Fue frente a una plaza repleta de sus partidarios donde descubrió que el fin había llegado sin avisarle.

La noche que Rigoberto López Pérez le disparó, Anastasio Somoza García estaba feliz, celebrando su nueva candidatura y pronta reelección. Ocho días después moría en un hospital panameño.

Algunos estudiosos de la mente humana aseguran que los dictadores tienen en común ciertos trastornos cerebrales que les impiden “enfrentarse a debates morales” y que se ven “dominados por una estructura cerebral sorprendentemente idéntica al cerebro que tiene cualquier reptil y que empuja hacia el dominio, la agresividad, la defensa del territorio y la autoubicación en la cúspide de una jerarquía vertical e indiscutida”, apunta el artículo En la mente del dictador.

Podría ser un rasgo genético o bien adquirido, dicen otros. De acuerdo con el artículo Los rasgos que te hacen un dictador, las tendencias dictatoriales también pueden desarrollarse cuando se han sufrido “graves abusos durante la infancia” o la pérdida de familiares muy cercanos.
Los estudios continúan, pero hay algo que no está en discusión, una característica que comparten muchos dictadores: a menudo han tenido finales realmente trágicos. Estos son algunos casos.

Mussolini

El Duce de Italia, Benito Mussolini.

El imperio fascista de Benito Mussolini comenzó a caer cuando “el Duce” involucró a Italia en la Segunda Guerra Mundial, una aventura desastrosa que acabó poniendo fin a una dictadura de 20 años. Resultó que aliarse con Adolfo Hitler fue un mal negocio e Italia solo estaba sufriendo pérdidas y reveses; de manera que el rey, los militares y los empresarios se volvieron en contra de Mussolini y el 25 de julio de 1943 le dieron un golpe de Estado.

El nuevo gobierno firmó la rendición de Italia y los aliados invadieron en el país, mientras la resistencia antifascista se extendía como la pólvora. Mussolini estuvo preso hasta el 12 de septiembre de 1943, cuando fue liberado por un equipo especial de las SS (organización militar al servicio de Hitler) y proclamó la República de Saló, una “pequeña ciudad del norte de Italia donde se instaló parte de su Administración”, detalló Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en un texto publicado en 2008.

Al centro, los cuerpos de Benito Mussolini (tercero de izquierda a derecha) y su amante Clara Petacci, colgados en la gasolinera de una plaza por los partisanos.

Su pequeño régimen fascista no tenía Estado, ni ejército y más bien era dominado por los nazis, pero el “Duce” pensó que si las cosas se ponían “color de hormiga” siempre le quedaría la posibilidad de negociar su rendición ante el gobierno italiano y la resistencia, unirse a los aliados o bien escapar por la frontera de la neutral Suiza. En los últimos días, cuando la derrota de Adolfo Hitler se hizo inminente, Mussolini intentó todo para salvarse, pero fue capturado por partisanos (de la resistencia) y finalmente fusilado junto a su amante Clara Petacci.

Caída la República de Saló, intentaba cruzar la frontera suiza en un convoy alemán. Iba vestido de nazi y cubierto por una manta cuando un partisano lo reconoció. Benito y Clara fueron ejecutados sumariamente el 28 de abril de 1945. Una turba se ensañó con sus cadáveres y luego sus cuerpos fueron colgados por los pies en la gasolinera de la Plaza Loreto de Milán.

Videla

Jorge Rafael Videla pagaba cadena perpetua cuando murió en su celda, por causas naturales.

Jorge Rafael Videla murió sin arrepentirse en el penal argentino de Marcos Paz el 17 de mayo de 2013, a los 87 años de edad, cuando pagaba cadena perpetua por los crímenes de lesa humanidad cometidos durante su dictadura. Lo hallaron en su celda a las 8:25 de esa mañana de invierno, sin pulso ni respiración. “Causas naturales”, dijeron los médicos. Y nada se detuvo en la ciudad de Buenos Aires.

La vida continuó como “cualquier otro día”, relató el periodista Francisco Peregil. “No se oyeron bocinas, ni festejos, ni voces de ensañamiento. La palabra que más se escuchó fue justicia”. “Falleció el emblema de la peor dictadura militar de la Argentina, presidente de facto de 1976 a 1983. Fue el cerebro negro del período más oscuro y sangriento del país, aquel que dejó un saldo de 30.000 desaparecidos, bebés expropiados y una herida tan dolorosa y profunda que, aun en tiempos de democracia, el pueblo no logró cicatrizar”, observó el periodista Daniel Avellaneda.

En 1981 Videla fue apartado de su cargo y dos años después lo declararon culpable por el asesinato y la desaparición de miles de argentinos. Pasó el resto de sus días entrando y saliendo de la cárcel, excarcelado o en prisión domiciliaria, hasta que en 2010 fue llevado a una prisión común. Nunca dejó de justificar sus crímenes. “Los desaparecidos son eso, desaparecidos; no están ni vivos ni muertos; están desaparecidos”, dijo en 1979. Y dos años antes de su muerte declaró que él había librado “no una guerra sucia, sino una guerra justa, que aún no ha terminado”.

Ceaucescu

Nicolae Ceaucescu fue el “hombre fuerte” de Rumania durante 24 años. El fin le llegó de pronto. En diez días una revuelta ciudadana apoyada por el Ejército lo envió al paredón de fusilamiento, justo en la Noche Buena de 1989. Con él murió su esposa, Elena Ceaucescu. Esta foto es del 24 de noviembre de ese mismo año.

El primer sorprendido por lo que pasó en esa plaza fue el propio Nicolae Ceaucescu. De pronto la multitud dejó de obedecerle. Ya no lo vitoreaba. La gente a la que estaba acostumbrado a manejar como un perro domina a su rebaño guardaba silencio y tenía en los ojos “algo de la expresión de los peces cuando llevan horas fuera del agua”, relató el periodista Emilio Suri Quesada en un reportaje publicado por Magazine en 2018.

Fue como si, de golpe, alguien “hubiese descorrido el manto de miedo” que envolvía a la multitud y la muchedumbre que antes lo adulaba empezó a gritar: “¡Abajo, abajo, abajo!”. Era el 21 de diciembre de 1989 y el tiempo de Nicolae, durante 24 años gobernante de la Rumania comunista, se terminaba. Ese fue su último discurso.

En aquel momento de la historia el comunismo se derrumbaba en Europa del Este y en menos de diez días una revuelta ciudadana apoyada por el Ejército sacó del poder a Nicolae y su mujer, Elena Ceaucescu, para ponerlos frente al pelotón de fusilamiento. A juicio del analista William Horsley, la caída de la pareja “vino como resultado de su violenta reacción a las quejas públicas sobre problemas locales como escasez de alimentos, en diciembre de 1989”. Las protestas comenzaron el 16 en Timisoara y, a medida que la represión crecía, repicaron en las ciudades más importantes del país.

Los Ceaucescu fueron ejecutados esa Navidad, tras un juicio sumario, acusados de genocidio, abuso de poder y daños a la economía nacional. Nicolae, de 71 años, tenía los ojos llorosos cuando era llevado al paredón.

Noriega

Anciano y enfermo, Manuel Noriega.

El 15 de diciembre de 1989, dos semanas antes de abandonar para siempre el poder y convertirse en un reo, el dictador panameño Manuel Noriega recibió “poderes extraordinarios” otorgados por la Asamblea Legislativa y le declaró la guerra a Estados Unidos. Desde 1983 Noriega, que nunca fue presidente, había impuesto una férrea dictadura militar y decidía personalmente quién se sentaba en la silla presidencial y quién de sus adversarios políticos debía morir o huir.

Una invasión militar lo sacó del poder. El 20 de diciembre de 1989 tropas estadounidenses entraron a Panamá y aviones bombardearon los principales cuarteles de la dictadura. Noriega pasó sus últimos días como jefe militar refugiado en la nunciatura y la noche del 3 de enero no tuvo más remedio que entregarse a las fuerzas ocupantes, pues temía que, de no hacerlo, una turba llegaría por él y su final sería parecido al de Nicolae Ceaucescu en Rumania.

Fue un reo el resto de su vida, en tres distintos países: Estados Unidos, Francia y Panamá. Murió en mayo de 2017, a los 83 años de edad, después de pedir perdón a los panameños perjudicados por sus acciones y las de sus subalternos.

Gadafi

Los días del poderoso Muamar el Gadafi terminaron en una alcantarilla de desagüe, donde se escondió luego de que fuerzas de la OTAN bombardearan el convoy militar en que el dictador de Libia pretendía huir. Gadafi, otrora padrino económico de Daniel Ortega Saavedra, estaba herido y un grupo de rebeldes le pisaba los talones.

La revuelta ciudadana contra el régimen de Muamar empezó en febrero de 2011, rápidamente escaló a algo que algunos llamaron guerra civil y luego intervino la comunidad internacional. Los libios querían poner fin a más de 40 años de abusos y poder absoluto, en los que la tortura, las desapariciones, las detenciones y la represión habían sido el pan del día.

Los rebeldes finalmente lo capturaron y lincharon el 20 de octubre de 2011. “Poco antes de la oración del amanecer, sitiado desde hace dos meses en su Sirte natal, el coronel Muamar el Gadafi se entregó a los rebeldes rodeado de una docena de leales guardaespaldas”, relató al día siguiente el diario El Confidencial.

La captura del dictador fue grabada en los celulares de los rebeldes y de inmediato los videos empezaron a circular en Internet. Se le ve ensangrentado, golpeado, humillado y hay quienes consideran que incluso pudo ser sodomizado con un palo. “¡No disparen!”, suplicaba, pero recibió disparos en la cabeza y el estómago.

Meses antes, a fines de febrero, Gadafi había declarado en un discurso de más de una hora que perseguiría “casa por casa” a las “ratas” que sembraban los disturbios en el país. Dijo que algunos medios de comunicación estaban “trabajando para el diablo” y que las revueltas eran obra de “un grupúsculo de jóvenes” que habían “tomado drogas” y “atacado varias comisarías y cuarteles”.

“Yo soy la gloria y si tuviera un cargo os habría dimitido en la cara. Pero no tengo ningún cargo sino mi fusil”, sostuvo. Y anunció que en adelante el Ejército tomaría el control del país. “Limpiaré Libia casa por casa si los manifestantes no se rinden”, advirtió. “Cualquiera que facilite datos a un gobierno extranjero, sobre todo en materia de defensa, será ejecutado”, aseguró. “Les están manipulando, mañana pedirán perdón delante de los tribunales, pero nosotros no les vamos a perdonar”, sentenció.

El 20 de octubre de ese año un joven miliciano señaló la hedionda alcantarilla y le dijo a la corresponsal de la agencia Reuters: “Nos definió como ratas, pero mira dónde le hemos encontrado”.

Husein

El día de su ejecución Sadam Husein se negó a que le cubrieran la cabeza con la capucha de los condenados a la horca. Era la madrugada del 30 de diciembre de 2006 en Bagdad, Irak. El exdictador empezó a recitar una oración, la profesión de fe musulmana, cuando el verdugo tiró de la palanca y el piso se abrió bajo sus pies.

En enero de 2002, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, el régimen de Husein se había convertido en un blanco de Estados Unidos y el presidente George W. Bush acusaba a Irak de poseer armas de destrucción masiva y vínculos con Al-Qaeda, señala la plataforma Culturizando. Husein lo negó todo, pero en abril de 2003 Estados Unidos invadió Irak para sacarlo del poder. El dictador, sin embargo, logró escapar y estuvo escondido durante varios meses, hasta que el 13 de diciembre de 2003 fue arrestado en una operación conjunta de kurdos iraquíes y estadounidenses.

En 2006 fue condenado a morir en la horca, tras ser encontrado culpable de crímenes contra la humanidad. Murió con la cabeza erguida y sin mostrar arrepentimiento el tirano que gobernó Irak durante 24 años.

Anastasio y Anastasio

La noche que Rigoberto López Pérez le disparó cinco veces, Anastasio Somoza García celebraba en la Casa del Obrero de León su nueva candidatura a la Presidencia de Nicaragua, como líder del Partido Liberal Nacionalista (PLN). Después de 17 años de dictadura seguía sin tener la menor intención de abandonar el poder y en 1955 había logrado reformar la Constitución Política que le prohibía la reelección.

El 21 de septiembre de 1956 su destino se cruzó con el de Rigoberto. Vestido con una guayabera blanca, el poeta avanzó de frente y se agachó para disparar. Una, dos, tres, cuatro, cinco veces. Cuatro balas hirieron a Somoza, 54 a Rigoberto. El padre de la dinastía murió ocho días más tarde, el 29 de septiembre, en Panamá.

Un destino similar correría su hijo Anastasio Somoza Debayle 24 años después, en la fría de mañana del 17 de septiembre de 1980. También en un país extraño: Paraguay, donde se encontraba exiliado. Un comando argentino lo ejecutó en una calle de Asunción. Hasta entonces, el exdictador no había dejado de asegurar que volvería a Nicaragua.

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