El poder y la muerte

El poder para siempre, regalo de los dioses, o de la represión sangrienta y los votos falsificados, es consustancial con la idea de inmortalidad

Abdelaziz Bouteflika, el actual presidente de Argelia, viene de un pasado de lucha ahora remoto. Se alistó a los 17 años en la guerra de liberación contra la égida colonial francesa, y por fin llegó a la cúspide en 1999 al ganar las elecciones, para sumar ahora cuatro periodos.

Un total de veinte años en el poder, siempre triunfador por abrumadora mayoría de votos, tan abultada que desde lejos huele a fraude y engaño, en un país que lejos de los tiempos heroicos de la independencia, sufre la carcoma de la corrupción.

Ya tiene 82 años, y desde su lecho de enfermo en un hospital de Ginebra, a las puertas del fin de su cuarto periodo anunció que se presentaría por quinta vez como candidato.

Pero los jóvenes que llenan las calles en tumultuosas manifestaciones en su contra, como no se veía desde la primavera árabe de 2010, no quieren saber nada de él. Entonces, mandó decir que ya no se presenta, y que llamará a elecciones, pero sin poner plazo. Es decir, siempre se queda.

Tras un derrame cerebral, ha quedado sin la posibilidad de darse a entender de voz; cuando traga la comida el bocado suele desviarse a las vías respiratorias, causa de infecciones severas en los pulmones, y debe ser movilizado en una silla de ruedas.

Pero sufre el síndrome del poder para siempre, obcecado en su ambición aunque sea al borde de la tumba, o convertido en su propio fantasma mudo. Prisionero de la enfermedad no la toma en cuenta, y si lo hace sopesa entre la enfermedad, que se queda en ilusión, y el poder, que se torna la realidad.

Aunque rodeado de aparatos, tubos y batas blancas, lo que importa es no salirse de ese cono de luz aunque en el escenario lo que los reflectores alumbren sea su lecho. Una puesta en escena en la que atrás suena una fanfarria militar.

Y alguien le sopla al oído: usted es imprescindible, Excelencia, volverá a recuperarse, saldrá de nuevo al balcón para escuchar ese rumor inmenso de las multitudes, ese bramido que es como el del mar. Ese es su verdadero alimento, el único que no se va a las vías respiratorias. Y todo debe ocurrir como en sueños donde no se cuelan los gritos de verdad, los que exigen su marcha.

Bouteflika y sus pares, y hay tantos, conciben la muerte como algo ajeno, que solo ocurre a los demás. Le pasa solo a los enemigos.

Oriana Falaci entrevistó en 1972 al emperador Haile Selassie, quien entonces ya tenía 80 años. Le hizo una pregunta final que lo desconcertó: “¿Cómo mira a la muerte?” Él se mostró extrañado: “¿A qué? ¿A qué?”, preguntó a su vez.

“A la muerte, Majestad”, insistió ella. Y eso desbordó la paciencia del soberano, que ahora sí parecía haber comprendido: “¿La muerte? ¿La muerte? ¿Quién es esta mujer? ¿De dónde viene? ¿Qué quiere de mí? ¡Fuera, basta!”
La periodista era para él la embajadora de la muerte, o la muerte misma que le recordaba lo indeseado, o lo que no existía del todo, o no debería insistir. Moriría tres años después, pero por supuesto no lo sabía, ni querría saberlo.

El poder para siempre, regalo de los dioses, o de la represión sangrienta y los votos falsificados, es consustancial con la idea de inmortalidad. Y se convierte en una piel que jamás se arruga, recubre el cuerpo del que lo detenta renovándose una y otra vez, como las mudas de las serpientes.

El autor es escritor. Mérida, Yucatán, marzo 2019.
www.sergioramirez.com
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