Presos políticos

Cuando el pueblo lucha por la libertad, el orteguismo no puede vivir sin presos políticos. Y la justicia orteguista, a la par del régimen absolutista, entra en crisis

impunidad, Nicaragua, Daniel Ortega

A quienes mantiene secuestrados por participar en el movimiento libertario que se gestó luego de la masacre que inició en abril del año pasado, Ortega les llama delincuentes, golpistas, terroristas, lacayos del imperialismo. Alguien se refiere a ellos como monedas de cambio. Y otros, más legalistas, les llaman detenidos, enjuiciados o condenados. Pero para el pueblo en rebelión son sus combatientes por la libertad e, incluso, sus héroes, o la reserva moral del futuro de la nación.

Cuando el pueblo lucha por la libertad, el orteguismo no puede vivir sin presos políticos. Y la justicia orteguista, a la par del régimen absolutista, entra en crisis. La mesa de negociaciones es un reflejo de esa ilegitimidad del orteguismo. Ortega espera, torpemente, que la represión haya invertido los papeles, y que el pueblo se disponga a rendirse.

Ortega masacró una protesta estudiantil en abril de 2018, ahora teme repetir esa estupidez terrible, porque estratégicamente perdería toda posibilidad de negociar su salida, y de reducir su pérdida. Siempre reprime, porque es la esencia de su poder absoluto, pero lo hace a la defensiva, con temor, consciente de su debilidad creciente. Al final las armas, que sirven a la política, se ven apocadas por la política orteguista en bancarrota.

La liberación de los combatientes libertarios revela que no es posible juzgarles con la justicia orteguista. En una sociedad en crisis, se recurre a la justicia transicional, que impulsa la lucha por la defensa de los derechos humanos con cambios cualitativos en el orden político represivo.

La justicia se quita la venda de los ojos y baja de su pedestal con su espada en la mano a las barricadas donde lucharon los combatientes secuestrados, para nutrirse allí de los objetivos de un pueblo victimizado que ahora combate por el cambio de sociedad.

Desde esa perspectiva, el diálogo con Ortega debe servir para desmantelar al absolutismo. ¡Para nada más! Seguramente no en la mesa de negociaciones, pero sí en las calles por medio de movilizaciones directas que desborden el aspecto formal de la agenda de negociación. Esta dinámica política antidictatorial es la que no puede entender el nuncio.

El intento de Ortega de salir indemne de una situación estratégica desfavorable, será enfrentado combativamente hasta lograr su salida definitiva del poder.

En el inconsciente colectivo, la libertad de los prisioneros políticos es un arquetipo de la libertad misma de la nación. Empero, Ortega dispone darles casa por cárcel gradualmente. Así suscita una demanda más vehemente, más radical, en torno al mismo punto libertario de todos los presos políticos. Al final, esta liberación se asimilará como una derrota magnificada de Ortega. Y al esfumarse el supuesto hecho delictivo de los combatientes libertarios, el régimen pierde su pretendida legitimidad constitucional.

El autor es ingeniero eléctrico.

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