Leer entre las llamas

En estas páginas ardientes vemos en toda su pureza cómo el verso confronta radicalmente lo adverso

Poeta Francisco de Asís Fernandez (Chichi). LA PRENSA/UrielMolina

Hay un verso en la llama, el décimotercer poemario del nicaragüense Francisco de Asís Fernández (1945), fundamenta espléndidamente la tesis de Jorge Zalamea de que“magia y poesía continúan siendo uno de los más consoladores recursos del espíritu para conjurar, superar y olvidar la adversidad”.

En estas páginas ardientes vemos en toda su pureza cómo el verso (palabra que viene del latín versus, o sea, la preposición contra, y que denota el lenguaje rítmico, a veces medido y a veces libre, pero cadencioso incluso hasta en el poema en prosa) confronta radicalmente lo adverso.

Ante las siete plagas que ha afrontado en estos últimos años, nuestro autor ha apelado con éxito a la poesía, manteniendo en alto su escudo inexpugnable, y este libro es testimonio de esa lucha por la vida.

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Nadie debe extrañarse, entonces, de que Hay un verso en la llama sea una obra sobre muchas cosas que terminan siendo una sola:la poesía. Su primer poema es una pregunta retórica (en su contenido, pero no en su forma)sobre la confianza que sólo se alcanza por medio de “El dulce trino”.

Al sujeto poético de Francisco de Asís Fernández la poesía le acompaña siempre y a todas partes, e incluso en una de sus visiones del paraíso cuenta que “vi que los ángeles tenían versos en sus alas transparentes” (“Cuando”).

La poesía en estas páginas estremecedoras se personifica, y hasta se le llega a increpar con cariño: “Tú me regalas tu imaginación y la codicia/ para que yo te haga un poema voraz,/idéntico a ti” (“Palabra solar”).

En definitiva, “[s]olo la poesía se parece a la verdad, la arrastra como un océano” (“Animales invisibles”).

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En su discurso de ingreso a la Academia Nicaragüense de la Lengua, el autor de Hay un verso en la llama explicaba: “Yo confío en cuerpo y alma en la poesía y confío en el cuerpo y en el alma de la poesía”. Y confesaba que “[a] mí me enseñó mi padre [el también notable poeta Enrique Fernández Morales] que la verdadera fortaleza espiritual de la palabra se da en la poesía y que la fortaleza espiritual de la poesía redime al hombre”.


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Aunque la poesía desborde la belleza, “[h]ay que creer en la belleza, dedicarle la vida,/ y hasta morir por ella” (“Esclavos de su aroma”).El sujeto poético sabe que su trabajo no es en vano, “[y] siento que desde lo profundo/ del mar me oyen/ la incertidumbre y los delfines” (“Frente al mar”). En fin, le acompañan en todo trance “la poesía, la música y el mar” (“Los andrajos”).

Por una parte, en Hay un verso en la llama la poesía no es entendida como soliloquio, y mucho menos como solipsismo, porque prevalece la conciencia del otro: “Es la sangre de alguien/ la que siento en mi corazón,/ la del clavel y la rosa” (“El clavel y la rosa”).

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Cuando se refiere a Carlos Martínez Rivas, el poeta nicaragüense que lo ha influido con más hondura, lo ve y se ve “en la camisa del alcohólico, del ingrato, / del inconforme, del eterno perdedor de felicidades” (“Carlos Martínez Rivas”).

Por otra parte, en estas páginas la poesía no solo es testimonio, a la manera realista, sino también imaginación, fabulación de la realidad: “A mí me gustaría viajar en un barco de papel/ en la inmensidad del mar/ que es igual de peligroso que el cielo” (“En un barco de papel”). El resultado es una poesía dialógica, abierta, libre.

La poesía es, en Hay un verso en la llama, un verdadero milagro, “y empiezas de nuevo a ver por primera vez/ que la carne de tu corazón también está hecha/ para la belleza de los gusanos de seda” (“Ese azul Prusia”).

Se trata de crear una realidad alternativa, no menos material que la realidad: volviendo a su magistral conferencia de ingreso a la Academia, “[e]l mundo de la palabra es el más sólido de los mundos”.

Se es consecuente así con la idea de que “[l]os poetas queremos transformar el mundo y cambiar la vida”. Por eso, afirma que “nunca tuve otros héroes en mi vida más que los poetas”, y esos héroes son “los antihéroes para los hombres del Poder y de los Bancos”.

Como su tribu, el poeta “necesita la justicia social, y la justa distribución de la riqueza, necesita inversión en la educación, en la salud, en la vivienda, en la cultura, en la Democracia”.

En Hay un verso en la llama también se confirma la tesis de César Vallejo frente a la deshumanización en el arte moderno:

Hay un timbre humano, un latido vital y sincero, al cual debe propender el artista, a través de no importa qué disciplinas, teorías o procesos creadores. Dese esa emoción seca, natural, pura, es decir, prepotente y eterna y no importa los menesteres de estilo, manera, procedimiento, etcétera.

Sin dudas, la pasión es la cualidad fundamental de estos poemas de Francisco de Asís Fernández, y por eso cuenta que más de una vez “[c]omo un cabro subí los empinados pechos”, y colige que al dar rienda suelta a los sentimientos nunca ha perdido nada, “y queda la música extremada/ saliendo del paraíso” (“Con pasión”).

En este sentido, el sujeto poético de Hay un verso en la llama no tiene remordimientos: “Mis manos siempre supieron tocar la vida/ como una guitarra, con avidez infinita” (“El perfume de la vida”). Y si de algo se arrepiente es de haber sido alguna vez inconsecuente con la pasión: “y desperdiciaba mis sentimientos/ como un jugador de casinos” (“¿Dónde estás?”).

El corazón, donde la tradición ubica la fuente de la pasión, está directamente vinculado con la boca, donde según la tradición de donde mana la poesía: “Todo está en el medio de mi corazón/ en el cielo de mi boca” (“¿Dónde estás?”).

Y entre los sentimientos hay uno fundamental, la base misma de la condición humana, y es la capacidad de amar. Así los animales solo pueden hacerse superiores al cambiar “su fiereza por el amor” (“La fuerza del amor”).

La memoria, en Hay un verso en la llama, es también emotiva: “¿Para qué quiere la noche un hombre sin memoria?” (“¿Dónde estás?”). En ocasiones el sujeto poético percibe sus palabras “apocadas, sin fuego, extenuadas,/ como si nunca hubieran arriesgado su pellejo”.

Estas forman un río que desemboca en lo desconocido,“[y] me meto en algunas pozas y riveras/ donde me encuentro mis pasiones antiguas/ tan vivas como mis pasiones nuevas” (“Se me caen las palabras”). Se reconoce la caída (como en “A lo mejor”), pero también el ascenso en alas de la esperanza: “Volveremos a la tierra para nacer,/ ser un cenzontle libre como la luz del día” (“Un plumaje de luz”).

Incluso se reconoce, en este magnífico libro de Francisco de Asís Fernández, que en el momento más difícil damos “con la hermosura de la muerte” (“Ella es la transparencia”).

Algo que no se debe pasar por alto en Hay un verso en la llama es que la poesía es asumida como un método de conocimiento, que nos permite colegir,por ejemplo, que “[l]o que sucede en los sueños es real” (“La vida sucede en los sueños”).

Nos ayuda de esta manera a conocer y a conocernos, porque “[t]odos tenemos una oscuridad que no podemos abrir” (“¿Qué guarda la oscuridad?”).

Permite la adquisición de una sabiduría única, saber “¿[q]ué dice [el sueño] de la Rosa de los Vientos?” (“Perfectas como el arcoíris”), o que “[t]odos los animales saben guardar secretos” (“La fuerza del amor”).

El sujeto poético es un fabulador al tanto de que “la maldad de la serpiente/ es el principio del mundo,/ Caín y Abel” (“El lirio, el cóndor y la serpiente”). Un mago que puede darse el lujo de concluir que“[p]refiero las sombras/ y vivir detrás de los espejos” (“¿Es cierto?”).

Creo que la poesía decididamente lírica de Francisco de Asís Fernández no ha sido lo suficientemente valorada ni dentro ni fuera de Nicaragua. Y no solo es el mejor poeta de su generación en un país fértil para la poesía, sino además una de las cumbres de la cordillera levantada por ese terremoto lírico (que alcanzó hasta el último rincón de la lengua castellana)llamado Rubén Darío.

Así, Francisco de Asís Fernández, para solo citar a poetas que le precedieron, debe considerarse a la par de maestros como Azarías H. Pallais, Alfonso Cortés, Salomón de la Selva,José Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadra, Joaquín Pasos, Ernesto Mejía Sánchez, Carlos Martínez Rivas y Ernesto Cardenal.

En efecto, Hay un verso en la llama, y ese verso brilla vigorosamente y con luz propia, y esa llama nunca se va a apagar.

*Víctor Rodríguez Núñez, poeta.

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