Dios siempre nos da otra oportunidad

Estamos llamados a tener una vida abundante que nos viene de Jesús, en la media en que nos abramos a la acción en nuestro corazón

Existen interrogantes que no se sabe cómo responder. Uno de ellas es el de las desgracias que muchas veces sufren quienes menos culpa tienen.

¿Por qué los poderes políticos, como el de Pilato, se ensañan contra los débiles y asesinan precisamente a los más desarmados? (Lc. 13, 1). ¿Por qué tanta gente muere aplastada en su trabajo, como los dieciocho obreros que fueron aplastados al caer la torre de Siloé? (Lc. 13, 4). ¿Por qué hay tanta gente malvada que siempre hace sufrir a los más débiles y hasta les arrebatan la vida?

Ante las desgracias que sufrimos o sufren nuestros hermanos, nos viene a la mente la misma pregunta: “¿Y esto por qué?” Y siempre por regla general, pretendemos dar absurdas y evasivas respuestas. Los más religiosos buscan como culpable a Dios, como pretendían algunos cuando le plantearon a Jesús la matanza de los gendarmes de Pilato y la desgracia de los obreros muertos al hundirse la torre de Siloé.

Por regla general, a quien echamos casi siempre la culpa de todo mal es a Dios. Jesús rechaza esa idea de que es Dios el culpable, diciéndoles a quienes así creían: “¿Creen ustedes que esos galileos eran más pecadores que los demás porque corrieron semejante suerte? Yo les digo que no. Y si ustedes no renuncian a sus caminos, perecerán del mismo modo” (Lc. 13, 3-5).

La muerte de los galileos cuando ofrecían sus sacrificios en el templo no fue cosa de Dios, sino de la política brutal de Pilato que conducía a la injusticia, a la violencia, a la represión y a la muerte de quienes no estaban de acuerdo con su forma de gobernar al pueblo.

Los 18 muertos al derrumbarse la torre de Siloé no fue culpa ni castigo de Dios, sino de la incapacidad e irresponsabilidad de unos empleados que no velaron por la seguridad de los obreros ante una torre mal construida.
Buscar la raíz de los males en Dios puede llevarnos a justificar a los verdaderos culpables de los males que muchas veces ocurren. Y, desde luego, a seguir creyendo en un Dios que no es el Dios de Jesús. Los que hemos decidido seguir a Jesús no tenemos otro Dios que el Dios de Jesús, el Dios “Abba” que es un Padre que solo entiende de amor.

Por otra parte, utilizando la imagen de la higuera (Lc. 13, 6-9), se nos invita a pensar en los frutos que estamos dando en nuestra vida y pone el acento en la misericordia de Dios que nos da siempre una segunda oportunidad.

Estamos llamados a tener una vida abundante que nos viene de Jesús, en la media en que nos abramos a la acción en nuestro corazón y en la medida que podamos ser discípulos de Jesús. Nuestra vida en lo personal y en la comunidad irá dando los frutos deseados por el corazón de Dios, por el proyecto de Dios. Es verdad que seremos juzgados por Dios, pero es verdad que ese juicio es un juicio de misericordia de este Dios de las segundas oportunidades.

El autor es sacerdote católico.

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