Esos redentores

Mentir es la “materia prima” de la industria política. Se valen del garbo enfático para impresionar a las masas con castillos tejidos por la hipocresía

Mientras los aspirantes a ser redentores están en la llanura hacen gala de la irradiación gestual y vocal. Sus voces están saturadas de promesas que repercuten en los patios donde hay miseria. Mentir es la “materia prima” de la industria política. Se valen del garbo enfático para impresionar a las masas con castillos tejidos por la hipocresía. La excepción ha sido el verdadero redentor que murió en la cruz.

En la actualidad lejos de parangonar con sacrificios de esa magnitud, los falsos liberadores se ufanan de ostentar esos méritos. Recientemente conocí el caso insólito de uno de esos ejemplares. Se llama Abdelaziz Boutefrika, presidente de Argelia. A los 17 años se inscribió en la batalla contra el imperialismo colonial francés. Cargando sobre la espalda la respetable dosis de 82 años, anunció que se va a reelegir una vez más, aunque después dijo que no lo haría pero pospuso las elecciones. Física y mentalmente inhabilitado cuya piel moribunda puede recibir la visita indiscreta de las moscas le canta “Amor eterno” al poder, un himno que musita con el temblor en la boca en compañía del aderezo metálico del servilismo. No ha podido liberarse de la pasión enfermiza de oprimir. Sitúo este ejemplo por ser el más reciente de tantos que transcurrieron en el curso de la humanidad. Estos reincidentes durante estuvieron en la llanura prometieron la libertad pero cuando llegaron al poder fueron blanco irremediable de la metamorfosis. La tendencia es cíclica: “Quitate vos para ponerme yo”.

El significado teórico le suministra a la política el filantrópico privilegio de servir desde el albo umbral hasta la gris conclusión. Pero se revierte en el terreno de los hechos, en ser la quinta esencia del individualismo. Más narcisista es el político. Pobre o rico se aprovecha de la impunidad en el poder. Los que más capitalizan esa función son los llamados comunistas.

No hay nadie más individualista —insisto— que el ser humano. Si hubiese una competencia todos se pondrían una corona en la cabeza con la pretensión de ser cada una un mundo distinto. En la comprobación real la politiquería se parece a una feria donde cada aspirante planifica su ventura personal. El mercantilista tumba a la ideología para meterse en el laberinto de las quinientas salas donde se extravía la claridad del lenguaje. Esta afirmación subjetiva no descubre nada nuevo. Prendas como esas solo ponen sombras en el pecho de la dualidad. El destino dibuja un signo pero el que prevalece es el de la interrogación. La crisis de la definición y de la autenticidad campea en la ruta pública. Esta afirmación subjetiva no descubre ninguno de los ángulos de la novedad. No obstante siempre es oportuna y coyuntural en la medida en que el ser recorre los caminos de la evolución racional.

El autor es periodista

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