La culpa de vivir

La negación de la felicidad de los que habían vivido para contarlo era la manera de sobrellevar lo que se conoce como la culpa del superviviente

Isabel Allende, Chile

Dos supervivientes de la masacre perpetrada en el colegio Marjorie Stoneman Douglas (MSD), en el sur de la Florida, y el padre de uno de los niños asesinados en el tiroteo de la escuela Sandy Hook, en Connecticut, se quitaron la vida con una diferencia de días.

La cadena de estas tristes noticias ha dado mucho de que hablar en Estados Unidos, donde hace solo más de un mes se conmemoró el primer aniversario de la matanza en la que 17 estudiantes y empleados del centro escolar MSD murieron a manos de un asesino armado con un rifle de asalto.

Cuando leí la información acerca de estos suicidios me vino a la mente la declaración del padre de uno de los estudiantes supervivientes con motivo de la recordación de aquel fatídico 14 de febrero, hace un año: “No tenemos derecho a ser felices”, le dijo al periodista en un reportaje televisado. La negación de la felicidad de los que habían vivido para contarlo era la manera de sobrellevar lo que se conoce como la culpa del superviviente. Ese peso que se carga como una penitencia por no haber tenido la mala suerte de caer junto a los muertos que se llevan por delante los verdugos de la sinrazón y los odios más inexplicables.

“No tenemos derecho a ser felices”. Me sobrecogió cuando se lo escuché decir al padre doliente a pesar de que su hija se salvó. Pero su reflexión me estremeció aún más cuando supe de los dos adolescentes que se suicidaron recientemente. De uno de ellos, Sydney Aiello, quien había perdido a una de sus mejores amigas en el tiroteo, su madre dijo que no pudo con la culpa. Se refería a ese fardo en el alma por no alcanzar a comprender cómo, por las carambolas del más maldito de los destinos, ella continuaba en este valle de lágrimas mientras sus compañeros habían sido el blanco de las ráfagas. Herida de muerte en vida, Sydney Aiello percibía la felicidad como un acto de traición.

Algo parecido debió sentir Jeremy Richman, cuya única hija murió en la masacre que produjo 26 muertes en el colegio Sandy Hook en diciembre de 2012. Su viuda ha dicho: “Sucumbió a la tristeza de la que no podía escapar”. Esa certeza de que las puertas a la dicha se han cerrado para siempre porque en el camino se ha perdido al ser más amado en un acto de malignidad insondable. La congoja que no deja vivir.

Unos meses después de la tragedia de MSD algunos de los estudiantes se reunieron con supervivientes del Holocausto en el Centro de Documentación y Educación del Holocausto en Dania Beach. En aquel encuentro pudieron escuchar los testimonios de quienes en su día lograron salir con vida de los campos de exterminio nazis. Muchos de ellos habían perdido a toda su familia y habían padecido la culpa del superviviente: ¿Por qué se habían librado mientras otros perecieron? ¿Qué derecho tenían de vivir para relatar el mayor horror de la historia contemporánea? ¿Acaso se merecían ser felices? Muchos años después, hombres y mujeres que en mayor o menor medida habían rehecho sus vidas daban consejos a esos jóvenes traumatizados y con el recuerdo aún cercano de sus amigos desparramados en un reguero de sangre.

El recordado autor italiano Primo Levi ingresó en Auschwitz cuando tenía 24 años. Su formación de químico y, tal y como el mismo admitió, la buena suerte, lo salvaron de una muerte segura al ser elegido para hacer trabajos en una fábrica del campo de concentración. Años después escribió Si esto es un hombre, obra imprescindible para aproximarse a la inabarcable dimensión de espanto que define al Holocausto. “Una experiencia que no se puede comprender”, escribió Levi, quien prosiguió a tener una vida exitosa y productiva. A los 67 años, sin embargo, murió en extrañas circunstancias en su casa en Turín. Algunos de sus biógrafos apuntaron al suicidio. Una tristeza que siempre arrastró. Una depresión tenue pero constante. A su muerte, el Premio Nobel Elie Weisel, también superviviente del Holocausto, dijo: “Primo Levi murió en Auschwitz 40 años después”. Los que frívola e irresponsablemente defienden la proliferación de armas de fuego en la vida cotidiana de Estados Unidos deberían cerrar la boca en estos días de luto por los que han sucumbido al desconsuelo. Por los que no han podido superar la culpa del superviviente. Por los que cada día al levantarse se dicen que no tienen derecho a ser felices con la imagen incandescente de los que murieron a tiros y ya no volverán a abrazar.

[©FIRMAS PRESS]

La autora es periodista.
*Twitter: @ginamontaner