Luchó contra Somoza, ahora contra Ortega. La historia de David Solórzano

Tenía 17 años cuando tomó un rifle y se convirtió en guerrillero sandinista. 39 años después, el régimen orteguista lo persigue por haberse rebelado

Ortega

David Solórzano se exilió en Costa Rica, es perseguido por el bando con el que luchó hace 39 años para derrocar a Somoza. LAPRENSA/J.FLORES

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17 de julio de 1979. Todos los ojos están puestos en Managua. Ese día, el dictador Anastasio Somoza Debayle abordaba un avión que lo llevaría a Miami. Era el fin de la dictadura somocista. Mientras tanto, entre Ocotal y Estelí, David Solórzano, un escuálido adolescente de 17 años, lleva diez meses combatiendo por la libertad del país en el frente norte Carlos Fonseca Amador. Exactamente 39 años después, el 17 de julio de 2018, aquel jovencito (ahora con 56 años) salía de su Masaya y huía por vereda hacia Costa Rica. Lo perseguían los mismos de su partido, los mismos con los que había luchado casi cuarenta años atrás.

¿Qué había pasado? Solórzano había decidido unirse a las protestas en contra Daniel después de que el 18 de abril viera cómo el régimen mandó a apalear a un grupo de ancianos en la ciudad de León y jóvenes en Camino de Oriente y afuera de la Universidad Centroamericana (UCA), en Managua, por atreverse a protestar contra las reformas al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS). Antes de eso, dice, “estaba ciego, como caballo cochero”. Y ahora, desde el exilio en Costa Rica, hace suya la consigna de que “Ortega y Somoza son la misma cosa”.

La participación de Solórzano en las protestas se centró en mantenerse firme en uno de los tranques de Masaya, de donde es originario. El tranque quedaba muy cerca de la estación policial de esa ciudad. Pasó tres meses tras una barricada, día y noche. Fue hasta el 17 de julio, cuando trató de resistir la arremetida de los paramilitares en la denominada “Operación Limpieza”. Después de varias horas bajo ataque supo que debía huir o terminaría asesinado por el régimen. Lo más duro, confiesa, fue ver que eran sus propios compañeros de lucha en la década de los setenta y ochenta los que lo atacaban.

Huyó. Se internó en las laderas de la laguna de esa ciudad y después de caminar sin parar durante varias horas salió entre los municipios de Masatepe y Catarina. Pasó por Niquinohomo, Diriomo y paró en Nandaime, donde durmió bajo un palo de aguacate para, al amanecer, retomar el viaje hacia Costa Rica.

En julio, cuando él salió del país, el conteo de asesinados por la represión gubernamental superaba los 250, según los organismos de derechos humanos.

Su vida en Costa Rica

En San José, en una casa de refugio, Solórzano pone leña en un fogón artesanal. Echa a cocer unos frijoles que horas más tarde serán devorados por unos cincuenta nicaragüenses que duermen allí.

Comer frijoles puede parecer poco, pero no para Solórzano. Cuando recién llegó a Costa Rica pasó hambre y frío. Llegó sin un peso, solo con la ropa que llevaba puesta y sin familiares ni amigos en el país centroamericano, tuvo que dormir en el parque La Merced, conocido como el “parque de los nicas” por la cantidad de ciudadanos de esta nacionalidad que se mantienen en el día y en la noche duermen sobre unos cartones.

Comía de vez en cuando, por la caridad de unas religiosas que conoció. Fueron días tristes y de miseria, de incertidumbre, de desesperación. Pero cuando creía que moriría de hambre o de frío, aguantando la lluvia, una organización que ayuda a los nicaragüenses exiliados lo llevó a una casa de refugio, donde además de un colchón y una sábana, encontró comida.

Ortega
Cuando David Solórzano llegó a Costa Rica, le tocó dormir en una banca de parque, ahora que está en una casa de refugio lo hace en un colchón puesto en el piso. LAPRENSA/J.FLORES

En su camino hacia Costa Rica, recuerda, un buen samaritano le regaló cincuenta córdobas, con los que tomó un bus que lo llevara a Peñas Blancas, pero unos 70 kilómetros antes de llegar, en Ochomogo, unos policías requisaban todos los vehículos y sintió miedo por el olor a pólvora que destilaba. Así que bajó del bus, se cruzó un río y siguió su camino a pie. Esa noche durmió donde lo alcanzó la noche. Un días después, el 19 de julio, un camionero le dio raid hasta Peñas Blancas. El conductor del camión venía de Guatemala, y después de haber escuchado su historia, en un gesto de buena voluntad, le pagó al coyote para que le ayudara a cruzar la frontera por un punto ciego.

Lea. «Hemos aguantado hambre, muchas veces nos ha tocado dormir en la calle». Refugiados en Costa Rica, el drama que poco se cuenta en Nicaragua

Entró ilegal, pero luego fue con las autoridades de Migración y pidió asilo político. Contó su historia, los meses que estuvo detrás de las barricadas en Masaya, una de las ciudades más castigadas por la represión del régimen de Daniel Ortega. Así consiguió una cita de entrevista.

“Está marginando al pueblo”

Él solo es uno más de los muchos combatientes sandinistas que se desencantaron de Ortega. Hay perseguidos, como él y hay otros tras las rejas. Como los militares en retiro Carlos Brenes y Tomás Maldonado, presos políticos acusados por el régimen por terrorismo, crimen organizado, entorpecimiento de servicio público y daño agravado.

“Está marginando al pueblo (Ortega). En Masaya, en Nicaragua no podés poner una bandera de Nicaragua. Te apuesto a que el 14 de septiembre no la ponés en la puerta de tu casa, si vos la ponés es pecado. Ese es el mal de Daniel, y eso es danielismo no sandinismo”, dice Solórzano en la casa donde ha improvisado una habitación donde duermen al menos ocho personas.

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Desde el 19 de julio de 2018, David Solórzano está exiliado en Costa Rica. Si regresa a Nicaragua, cae preso o es asesinado. LAPRENSA/J.FLORES

Si no se hubiera sumado a las protestas contra el régimen, si hubiera decidido cerrar la puerta de su casa y dedicarse a cuidar de sus tres nietos sin importarle lo que pasaba afuera, o seguir ganándose la vida descargando camiones en el mercado Ernesto Fernández y haciendo rumbitos de albañilería, no hubiera tenido que huir de Masaya oliendo a pólvora por tanto mortero que tiró. Pero no se arrepiente.

Solórzano se sigue haciendo llamar sandinista. Él no ha cambiado, dice. Quien cambió fue Ortega. Él, dice, sigue teniendo los mismos ideales de cuando a los 17 años empuñó un rifle para ayudar a derrocar la dictadura somocista. Pero sí, se siente traicionado.

Este hombre de 56 años no pierde las esperanzas de regresar a Nicaragua. Mientras tanto sobrevive en Costa Rica. Lo único que espera, dice, es que la historia deje de repetirse, que ya no hayan más nombres como Somoza, como Ortega.