El papa salva a su obispo y señala a la dictadura

Llevar a monseñor Báez a Roma es un mensaje evidente de que el Vaticano no confía en el gobierno de Ortega, señalando así que el aparato de los Ortega-Murillo y sus allegados son capaces de todo por quedarse en el poder a toda costa

el niño del Baldío, asesinos

El papa, los papas, nunca, al menos en los siglo XX y XXI, han acusado con el dedo directamente a un dictador ni lo han calificado como tal. Ni siquiera frente a Hitler y a toda la perturbación asesina y colectiva que se produjo en una parte de Europa contra los judíos. Un silencio que aún cuesta entender. En este caso de Nicaragua, creo que la lectura del Vaticano es simple y comprensible. Se trata de salvar la vida del obispo Báez, rescatarlo de las garras de los asesinos.

Llevar a monseñor Báez a Roma es un mensaje evidente de que el Vaticano no confía en el gobierno de Ortega, señalando así que el aparato de los Ortega-Murillo y sus allegados son capaces de todo por quedarse en el poder a toda costa. Su objetivo es llegar a 2021 con elecciones fabricadas para dar a su tiranía la apariencia de una democracia grotesca, como la de esos rostros inflados con botox de personas demasiado mayores para recuperar la juventud.

¿Es posible que la dictadura o sus seguidores pensaran en matar a Báez? Llega un momento en todas las dictaduras en que, amparados por la creencia de un poder absoluto, empiezan a cometer crímenes mayores a modo de ejemplo. ¿Asesinar o encarcelar a periodistas por hacer su trabajo? ¿Apresar violentamente a ancianas vestidas de güipil? ¿Matar estudiantes y campesinos? ¿Incluso la posibilidad de matar a sus propios policías? ¿Matar a niños? ¿Prender con fuego una familia entera y sus bebés? No es posible, quiere gritar el corazón. Y la historia nos da un ejemplo tras otro de ese tipo de barbaries.

Sacar a Báez de Nicaragua es un mensaje de SOS que lanza el Vaticano para denunciar y protegerse de Ortega. Durante los oscuros años setenta y ochenta, en El Salvador, había paredes que amanecían con la frase: “Sé patriota: mata a un cura”. Y era bajo un régimen que aun declarándose católico, asesinó al arzobispo Romero. En Nicaragua, muchos de los que vivieron el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro no dudaron en culpar a Somoza de inmediato. Y sin embargo, siempre hubo quien tuvo dudas. ¡Cómo podía Somoza ser tan estúpido y torpe para asesinar a uno de sus críticos más relevantes, mostrando su atrocidad frente al mundo!

No hay límites para quien los ha traspasado todos. Y los testigos están en la oscuridad de las cárceles o en el silencio inquietante de los cementerios, en tumbas de cuerpos pequeños. La Iglesia y sus fieles creen en la resurrección después de la muerte. Muchos, también, queremos creer en un poco de liberación en esta vida.

El autor es periodista.
@jsanchomas

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