Zona de Strikes: Diego y Julio Raudez, lanzadores bravos de verdad

Diego Raudez era fogoso y combativo, Julio su hijo también, pero logró canalizar mejor sus emociones y se hizo un mejor lanzador

Jonathan Loáisiga

Edgard Rodríguez C.

A diferencia de Diego Raudez, quien era rápido para expresar sus sentimientos, su hijo Julio pareció siempre un jugador de póker, a quien difícilmente se le podía descifrar sus emociones.

Diego era más para el espectáculo. Le gustaban los reflectores. Era retador y no le rehuía a la controversia. Es más, parecía disfrutarla y era capaz de irse a los golpes con cualquiera si se sentía irrespetado.

Julio también tuvo ese fuego, pero logró sujetarlo y lo mantuvo dentro. Aprendió a canalizar sus emociones y desplegó todo su talento en el campo, donde fue también un feroz competidor.

Ambos han hecho historia y ahora se preparan (Diego póstumamente) para recibir el homenaje que los va a inmortalizar como parte del patrimonio sentimental de los fanáticos. Lo tienen bien merecido.

Diego, quizá el más prominente lanzador de bola submarina en el país, llegó a 120 triunfos en su carrera, con 1,121 ponches en 1,929 innings, 29 lechadas y 3.07 en efectividad, mientras completaba 97 partidos.

Julio fue más allá. Atrapó 170 triunfos, caminó 2,038 entradas y abanicó a 1,063 bateadores, con 2.79 en efectividad. Logró 27 blanqueadas y completó 78 desafíos.

Pero además brillaron en juegos de postemporada y se convirtieron en piezas claves de sus equipos en ruta hacia los títulos, mientras llegaban a desempeñar roles estelares en la Selección Nacional.

Diego tuvo actuaciones de impacto como la de 1986 en República Dominicana, ganando los tres partidos que se adjudicó Nicaragua en los Juegos Centroamericanos y del Caribe.

Julio permaneció invicto en campañas completas en la Profesional nica, impactando con el San Fernando y Chinandega y hasta escaló a AAA con los Gigantes. Sus 170 triunfos son lo máximo a nivel nacional.

Los 220 ponches de Diego son todavía el máximo registro para una temporada en nuestro país, pero lo que más identificó a estos tiradores, fue la combatividad, aun cuando tenían formas distintas de manifestarla.

Recuerdo en una ocasión haberme encontrado con Diego en el estadio de Masaya y verlo caminar a prisa y con cara de pocos amigos. ¿Para dónde vas?, le pregunté. «Voy a hablar con Julio. ¿cómo se ha a salir de un juego así?», ripostó.

El chavalo había lanzado siete ceros con el San Fernando en un partido de playoffs y para Diego era inaceptable que abandonara aquella batalla. Y él sabía de lo que hablaba. Una vez se tiró 14 entradas en duelo contra los Dantos.

Diego tenía su forma de ser a veces hasta complicada, pero siempre se entregó al máximo y empujó a Julio mientras pudo para insertarlo en beisbol nacional y más allá.

En otra ocasión, yo elaboraba una lista de los mejores lanzadores de Nicaragua a inicios de 1999. Diego ya estaba retirado y llegó al estadio de Granada para un homenaje. Le mostré la lista y reclamó: «eso está malo, ahí no está mi chavalo».

Julio apenas comenzaba, pero su desempeño pronto mostraría mi error. Ciertamente ha sido de los mejores de la historia.

Sigue a Edgard Rodríguez en Twitter: @EdRod16