Ver para creer

La fe de Tomás se centraba en “ver para creer”: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”

El vivir con alguien no necesariamente conduce a la confianza. El apóstol Tomás vivió varios años con Jesús. Durante ese tiempo escuchó sus palabras y vio sus obras y milagros. Sin embargo, nos da la impresión de que, a pesar de su continuo contacto con Jesús, su fe dejaba mucho que desear, lo mismo, que la fe de los demás apóstoles. (Jn. 20, 19-31).

La fe de Tomás se centraba en “ver para creer”: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré” (Jn. 20, 25). En Tomás va a representarse la resistencia a la luz. Todos los apóstoles se habían mostrado reticentes. Tomás irá mucho más allá, hasta la cerrazón.

Esta fe de Tomás, centrada en el “ver para creer”, era prácticamente la misma fe que tenían los demás discípulos de Jesús. En realidad: Juan, el discípulo amado, creyó que Jesús había resucitado cuando “vio”, como nos dice en su evangelio (Jn. 20, 8). Los once y todos los demás discípulos, al escuchar a las mujeres que habían visto a Jesús resucitado, tampoco creyeron (Lc. 24, 11; Mc. 16, 11). A los discípulos de Emaus que no terminaban de creer que Jesús había resucitado a pesar del testimonio de las mujeres y de los amigos que ya le habían visto victorioso de la muerte (Lc. 24, 22-23), Jesús tiene que decirles: “¡Insensatos y tardos de corazón para creer!” (Lc. 24, 25).

La verdad es que los discípulos de Jesús nunca fueron fáciles para creer, como el mismo Jesús tantas veces les echó en cara. Ante el miedo de perecer por la tempestad calmada, Jesús se dirige de una manera concreta a Pedro y le echa en cara su poca fe (Mt. 14, 31).

En la última cena Felipe le pregunta a Jesús que les muestre al Padre y entonces Jesús, le echa en cara su poca fe diciéndole: “¿Tanto tiempo hace que estoy con ustedes y aún no me conocen?” (Jn. 14, 8-9).

Aunque seamos cumplidores fieles de nuestras leyes religiosas, tenemos, muchas veces, que darnos cuenta de que aún nuestra fe es demasiado pobre porque seguimos, como Tomás, queriendo ver para poder creer. Es en el acercamiento y en el conocimiento de Jesús, que puede surgir en nosotros la confianza en Él y nuestro deseo de seguirle, que es donde está el origen de nuestra fe. Necesitamos madurar y hacer crecer nuestra fe, cosa que solo es posible a medida que cada día adentremos más en el conocimiento vivencial de la persona de Jesús que nos lleva a confiar plenamente en Él y en su Palabra.

Por eso decía San Juan Pablo II: “Deja que Cristo te encuentre”. Solo en la medida en que más conozcamos a Jesús, confiaremos más en Su palabra y creeremos verdaderamente en Él sin necesitar “ver para creer”. Por eso, Jesús nos dice: “Dichosos los que no han visto y han creído” (Jn. 20, 29). Quien cree, no necesita ver, se fía y confía. Porque la fe no entra por los sentidos, la fe tiene sus bases en el corazón. Allí donde el corazón no funciona, es imposible fiarse o confiar en nadie. Cuando el corazón está cerrado, ni los milagros pueden producir la fe.

El autor es sacerdote católico.