Del pacto y sus demonios

Desgraciadamente el pacto que se fraguó hace 20 años no es asunto del pasado. Sus consecuencias y protagonistas aun están jugando con nuestras vidas

En Letra Pequeña, Silvio Báez

Pacto

En la última edición de Magazine publicamos un trabajo descriptivo para exponer el intríngulis del pacto entre Arnoldo Alemán y Daniel Ortega en 1998. El propósito no era atacar al PLC como muchos liberales entendieron, sino exponer un ejemplo de cómo negocia Ortega ahora que está sentado de nuevo en la mesa. Mostar sus mañas. Exponer sus escrúpulos. O la falta de estos. Tomar nota para no cometer los mismos errores que llevaron a Alemán perder la partida ante este viejo zorro de la política. O no dejar que los negociadores usen la negociación para su propio beneficio como sucedió en aquel caso. Si el PLC no sale bien parado al recordar esta negociación ese es otro asunto que ni podemos ni queremos esconder.

Corroncha

Si algo me quedó claro de ese pacto, fraguado hace 20 años, es que todavía provoca corroncha con su sola mención. En uno y otro lado. Están quienes lo condenan agriamente como un acto nocivo de desfachatez política, causante de muchos de los males que ahora padecemos, y quienes, por otro lado, piensan que ya no se debería hablar de eso, que es momento de unidad, que pasemos la página. Que criticar ahora al PLC es fortalecer a Ortega. En resumen: que hay una especie de obsesión de LA PRENSA, o mía, por ese tema. A criterio de muchos de los comentarios, el pacto debería ser un tema que se esconde bajo la alfombra, como esos secretos vergonzosos de familia que no se mencionan nunca.

Lenguaje

No deja de sorprenderme aún la facilidad con que varios simpatizantes del PLC o arnoldistas acogen el mismo lenguaje del sandinismo o el orteguismo cuando de descalificar un hecho se trata: por publicar ese trabajo, LA PRENSA se volvió en sus comentarios “el panfleto de Carretera Norte” o “un periódico que dice solo mentiras para hacer negocios”. O usan la llave maestra de estos tiempos para satanizar cualquier cosa: “Son MRS”. Nadie dice que el pacto no existió. Nadie siquiera defiende el pacto. Lo que molesta es que se hable de él. Y a falta de argumentos, se recurre a la descalificación de quien expone.

Ad hominem

Descalificar a otro a falta de argumento es tan viejísimo como la humanidad misma. Se le conoce en lógica como argumento ad hominem. Ataca a quien argumenta y no al argumento mismo. Y en este tipo de falacias es recurrente la creación previa de etiquetas descalificadoras. Puede ser que se quiera botar el argumento porque quien lo expone es “homosexual”, “negro”, “mujer”, “feminista” o cualquier otra. La fórmula es: “Y qué vas a hablar vos si sos… (agregar la etiqueta descalificadora de su preferencia)”.

Otros pactos

Otro argumento facilón de quienes no les gusta que se hable del pacto Alemán Ortega es la generalización. “¿Por qué no hablan de los otros pactos?” Y es cierto, en la historia de Nicaragua hay una gran cantidad pactos. Desde la colonia hasta hoy. En primer lugar, es mentira que en este diario no se ha hablado de los otros pactos. Y, segundo, si bien es cierto cada uno de ellos sirve para explicar la Nicaragua que tenemos ahora, ninguno ha sido tan determinante para que Daniel Ortega llegara al poder y estableciera la dictadura que tiene como el que hizo Arnoldo Alemán con él hace 20 años.

Brújula

Nicaragua vive momentos decisivos. Hay tanta oscuridad en este momento que no sabemos si vamos o venimos. No sabemos si estamos saliendo al borde o entrando al fondo de una dictadura. Todo lo que hagamos ahora sirve para determinar la dirección a tomar. La historia debería servir, a mi criterio, como una brújula. Para no caminar sobre los mismos pasos que nos llevaron al precipicio. El pacto Alemán-Ortega debería estar en los libros de historia que se estudian en las escuelas al igual que el pacto Chamorro-Bryan, el Cuadra Pasos-Somoza o el pacto de los Generales (Somoza-Chamorro). Y si el pacto de Alemán con Ortega se menciona todavía con frecuencia en este periódico es porque los dos principales protagonistas todavía están jugando en política, uno más que otro, y son los responsables de muchas de las desgracias que se viven actualmente.