Venezuela y el modelo nicaragüense

El régimen cubano está desesperado, pero elabora su estrategia para mantenerse a flote. El “aparato” de Inteligencia de La Habana cree, a estas alturas, que Donald Trump es un perro ladrador, pero no mordedor

Dilema de Maduro

Están a punto de meter en la cárcel a Juan Guaidó. Nicolás Maduro y los servicios cubanos lo están sopesando. La detención de Edgar Zambrano, primer vicepresidente de la Asamblea Nacional, es un ensayo general para la aprehensión del presidente Guaidó.

Se proponen destruir la Asamblea Nacional acusándola de “traición a la patria”. Al madurismo no le importa que nadie le crea. El juego consiste en elaborar coartadas paralelas para “explicar” el desastre. Los venezolanos escapan del paraíso confundidos por los enemigos. La verdad no importa. Solo el relato.

El régimen cubano está desesperado, pero elabora su estrategia para mantenerse a flote. El “aparato” de Inteligencia de La Habana cree, a estas alturas, que Donald Trump es un perro ladrador, pero no mordedor. Por eso lo tratan con guantes de seda y se reservan las baterías más gruesas contra Marco Rubio, Mike Pompeo, John Bolton y Elliot Abrams.

La conclusión a que ha llegado la Inteligencia cubana con respecto a Trump tiene cierta lógica. Si quiere retirarse del Medio Oriente, ¿qué sentido tendría que metiera las tropas en Venezuela? Si es capaz de debilitar a la OTAN o a la Unión Europea, porque está persuadido de que su país paga la parte del león y no se beneficia en lo absoluto, ¿por qué en América Latina jugaría el rol de “cabeza del mundo libre” cuando los principales afectados son los propios latinoamericanos? Si el gordito de Corea del Norte unas veces es el rocket man y otras un muchacho confiable, ¿por qué temerle al inquilino de la Casa Blanca?

No obstante, Nicolás Maduro huele a pasado. Llegó al poder de contrabando. A principios del 2013, cuando murió Hugo Chávez, el régimen cubano lo eligió no por sus virtudes, sino por sus debilidades. Le “tocaba” a Diosdado Cabello, pero era un bribón demasiado independiente que no seguía órdenes de nadie. Maduro, en cambio, era obediente y mantendría vigente lo único que a La Habana le interesaba: el suministro de petróleo y el dinero non sancto que se repartían las nomenclaturas de ambas dictaduras.

Maduro debe salir del juego para salvar los intereses cubanos. Ya todos saben que el nuevo hombre de Cuba es el general Vladimir Padrino López, jefe de las Fuerzas Armadas, y la persona que hizo abortar el golpe del 30 de abril. Pero ¿cómo lograr dar el cambiazo? Una posibilidad es convencer al Grupo de Lima, a Estados Unidos y a la propia oposición de la necesidad de solucionar la crisis mediante el “modelo nicaragüense”.

En 1990 la dictadura sandinista se sometió a unas elecciones pensando que las ganaría, como casi todas las encuestas indicaban, incluso las que ordenó Washington. Pero ocurrió lo impensable: ganó doña Violeta Chamorro por un margen enorme, como me había vaticinado D. Oscar Arias tras ver los papeles de Borge y Asociados, una modesta empresa tica que acertó plenamente.

En ese punto, los sandinistas tenían en contra a la mayoría de la población y a los Estados Unidos, pero conservaban el aparato militar, de manera que hicieron una proposición indecorosa que todo el mundo acabó aceptando. Los sandinistas admitirían la derrota en las urnas a cambio de quedarse al frente de las Fuerzas Armadas sin que el nuevo gobierno pudiera controlarlas.

La Habana piensa que la salida de Maduro puede darse de igual forma con una variante: unas elecciones impecables en las que el chavismo sería derrotado, pero Padrino López quedaría al frente de las fuerzas armadas y se respetaría el acuerdo de petróleo por médicos, vital para Cuba, y el regreso al dulce clima entre los dos países de la época de Obama, so pena de desatar sobre Estados Unidos otro Camarioca, otro Mariel, otro “balserazo”, dado que a la Isla le sobran los presuntos emigrantes ansiosos de llegar a Estados Unidos.

Ojalá que Estados Unidos no sucumba otra vez. Treinta años después de las elecciones de 1990 Daniel Ortega continúa gravitando sobre Nicaragua y el Socialismo del Siglo XXI se mantiene en ese país, en Venezuela y en Bolivia. El problema no se soluciona con parches, sino con medidas drásticas. Obviamente, el régimen cubano es el culpable.
[© FIRMAS PRESS]

El autor es periodista y escritor. Su último libro es una revisión de las raíces torcidas de América Latina, publicada por Planeta y accesible en papel o digital por Amazon. @CarlosAMontaner.

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: