Aburrida pero hermosa

Todos sabemos cómo acaban las dictaduras sanguinarias. Así que debemos ya empezar a pensar en cómo cuidaremos la democracia frágil y vulnerable que nos vendrá después

el niño del Baldío, asesinos

Los que hemos podido votar en algunas elecciones libres sabemos lo extremadamente hermosa y lo extremadamente aburrida que resulta la democracia. Hermosa, por tratarse de un ejercicio de libertad (aunque excesivamente limitado a una sola decisión cada muchos años). Y aburrida por todos sus resortes mecánicos y de control, y la burocracia que ello implica.

Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. En la actualidad, todos sabemos (incluidos los últimos votantes que quedasen de Daniel Ortega y Rosario Murillo) que en Nicaragua no habrá elecciones libres y democráticas si estas son controladas por El Carmen. Todos sabemos que el recuento de los votos no sería nunca imparcial ni limpio. Daniel Ortega nunca aceptaría volver a la oposición o dejar el ejercicio del poder porque para ello ha tomado el control absoluto de todas las instituciones del Estado y ha adaptado la Constitución a su antojo.

Hace poco recordé una entrevista que pude hacer al procurador de Derechos Humanos de Filipinas, días antes de que ganase las elecciones uno de los tipos más sanguinarios y autoritarios de esa parte del planeta, Rodrigo Duterte. El procurador había sido un líder estudiantil, protagonista del derrocamiento de la dictadura de Ferdinand Marcos. Después de la caída de Marcos, Filipinas vivió tres décadas de democracia. Y ahora, ¿cómo era posible que todos los sondeos dieran ganador a un tipo abiertamente antidemocrático y autoritario? La respuesta del procurador fue esclarecedora: “La democracia no conlleva necesariamente la prosperidad, sino algo de libertad. Y también puede ser aburrida. Muchas personas se olvidan de cómo se vive bajo una dictadura, y las nuevas generaciones no lo saben. Por eso se atreven a jugar con la democracia hasta llevarla al precipicio”.

A Nicaragua la democracia que llegó tras la revolución no le ha traído una mejora considerable en la desigualdad. Pero en esos años, el país gozó de la mayor libertad de decir y actuar según los principios que recuerdo haber visto. Y quizá tomarse a broma ese sistema aburrido, que necesita una seria actualización a nuestro tiempo, llevó a que dos enfermos mentales ostenten ahora el poder en el país de forma violenta, mesiánica y disparatada.

Aún recuerdo, en unas elecciones, a mi compañera en la fila para votar. Estaba nerviosa, mirando hacia las urnas y los votantes con la emoción de la primera vez. “¿No es hermoso?”, me dijo con sinceridad. Siempre me acordaré de esa expresión dicha al mismo tiempo que la belleza se producía espontáneamente en un acto de libertad.

Todos sabemos cómo acaban las dictaduras sanguinarias. Así que debemos ya empezar a pensar en cómo cuidaremos la democracia frágil y vulnerable que nos vendrá después. Y en cómo preservarla, aunque aburrida, hermosa.

El autor es periodista.
@jsanchomas

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