Riqueza del amor

En la medida que la vida sea más amor, más se dinamiza la vida, más crece y se despliega. Solo una vida vivida para los demás merece la pena ser vivida”

En la Última Cena Jesús recuerda a sus discípulos algo que nunca han de olvidar: “Me queda poco de estar con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo. Que se amen los unos a los otros como yo les he amado. En esto conocerán todos que son mis discípulos: Si se aman unos a otros” (Jn. 13, 33-35).

Este es el gran tesoro y capital que Jesús nos dejó antes de subir al Padre: La gran riqueza del amor y, por tanto, el gran signo, la gran contraseña de que, en verdad, somos de los suyos. El amor es vida y la vida es amor. El amor es la esencia de la vida: vida con dinero, pero sin amor, no es vida. Vida con mucho poder, pero sin amor, no es vida. Vida con mucha ciencia y sabiduría, pero sin amor, no es vida.

El amor es la vida misma; por eso, decía San Pablo en su carta a los Corintios: “Si no tengo amor, nada soy” (1 Cor. 13, 2). En la medida que la vida sea más amor, más se dinamiza la vida, más crece y se despliega. Solo una vida vivida para los demás merece la pena ser vivida”. El amor es lo que hace que la vida: Se mire desde una perspectiva positiva y agradable. Se desarrolle en un ambiente de alegría. Se construya más allá de la distancia de nuestro propio yo. Se haga comunión con el otro. Se sienta con fuerza para superar: Todo egoísmo que infantiliza, toda indiferencia que nos aísla, todo rencor que nos encadena, toda soledad que nos entristece.

En Jesús, el amor, más que un deber, es la exigencia de la propia vida. Vivir es amar. El amor es la vida. Dios, por eso, es amor (1 Jn. 4, 16). Nosotros somos hijos del amor (1 Jn. 4, 7). Lo nuestro es el amor (Jn. 13, 34). Nada somos sin amor (1 Cor. 13, 2).

Vida sin amor no es vida. Que nuestro amor se asemeje al amor de Dios y al amor que Jesús nos brinda a todos y cada uno de los hombres: Un amor sin condiciones, un amor sin clases, un amor sin egoísmos, un amor que piensa solo en darse y en servir, un amor que siempre perdona, un amor sin límites.

Es en el amor y solo en el amor cómo nos van a reconocer que somos hijos del amor, como nos dice Jesús: “En esto conocerán todos que son discípulos míos: Si se aman los unos a los otros, como yo les he amado” (Jn. 13, 34-35).

Es verdad, difícil amar como Jesús nos amó; pero ahí está nuestra meta. Como decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras; si te callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; ten la raíz del amor en el fondo de tu corazón: de esta raíz solamente puede salir lo que es bueno”. Por eso he de saber que: Dios está: es lo que Jesús te recuerda siempre, Jesús está, incluso en esos momentos difíciles como lo era en ese momento de la última cena. A pesar de todo y de las incertidumbres que pases, Dios está.

Hemos de glorificar: tu vida es para dar gloria a Dios. Espera y verás cosas lindas, aunque pases por cosas duras. Hemos de amarnos, hoy Jesús nos sigue diciendo que nos amemos y no que nos dividamos, tu tarea y la mía es respetarnos y ayudarnos el uno con el otro.

El autor es sacerdote católico.

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