Padre Augusto Gutiérrez: "Rosario Murillo dirigía la represión"



Padre Augusto Gutiérrez: “Rosario Murillo dirigía la represión”

El sacerdote Augusto Gutiérrez lleva nueve meses en el exilio, luego de ser señalado de terrorismo. En esta entrevista cuenta cómo fueron sus días como párroco del agitado Monimbó.

19/05/2019

El sacerdote Augusto Gutiérrez. Al fondo la iglesia de San Sebastián, frente a la placita de Monimbó. LA PRENSA/ Archivo

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Augusto Gutiérrez fue el párroco de la iglesia San Sebastián, Monimbó, en los días más duros de la represión orteguista. Ofició misas para las víctimas de policías y paramilitares, distribuyó alimentos, participó en la liberación de ciudadanos detenidos e instaló puestos de atención médica. En agosto de 2018 tuvo que salir de Nicaragua, atravesando las montañas de Honduras, porque había recibido información de que sería encarcelado por terrorismo.

“El cura tranquero”, lo llamaba el orteguismo. El Gobierno no soporta que “alguien piense distinto”, dice él.

En esta entrevista habla de su experiencia en Monimbó, su vida en el exilio y sus opiniones sobre el Gobierno, la Iglesia y la situación del país.

¿Cuánto tiempo fue el párroco de San Sebastián?
Desde enero del año pasado hasta que salí al exilio, en agosto del año pasado.

O sea que solo llegó a la parroquia de Monimbó para vivir la crisis.
Solo fue porque Dios quiso que estuviera ahí, que me tocaran los momentos más difíciles.

¿Por qué cree que el Gobierno lo ha perseguido?
Bueno, el Gobierno no soporta que alguien los enfrente. Yo no soy ni político ni pretendo ningún cargo. Soy pastor, soy sacerdote y soy nicaragüense y siento en mi conciencia el deber de decir las cosas, de defender la justicia, de estar cerca del pueblo, de la gente que sufre. Y eso me tocó en Masaya el año pasado, y por eso fue que salí a acompañar a los muchachos, a distribuir comida, a poner puestos de salud. Con ayuda de mucha gente hicimos bastante. Pero el Gobierno no soporta eso, alguien que piense distinto y que los enfrente. Por eso es que nos han perseguido, a mí y a mi familia.

¿Por qué lo terminan vinculando con la gente que estaba en los tranques?
Muchos periodistas me entrevistaban, me sacaban en publicaciones y entonces pusieron los ojos sobre mí y me acusaron de financiar el terrorismo. El “cura tranquero”, me decían. Me amenazaron por teléfono que me iban a hacer una emboscada y que no les importaba con quién anduviera. Ya cuando se dio lo de mi salida, fue porque una persona que trabaja en Gobernación le avisó a los padres salesianos que estaban preparando la acusación para meterme preso por terrorismo y por financiar el terrorismo.

¿Cree que habrían sido capaces de meter a un sacerdote a la cárcel?
Ah, sí. Ellos no andan respetando nada, ni a nadie. La vida les vale, y pues, es triste, pero son capaces de cualquier cosa. Por eso con ayuda de los salesianos y otras personas logré salir primero hacia Honduras, donde estuve dos meses. De ahí los superiores me pasaron para acá, para Guatemala.

¿Salió por tierra?
Salí por tierra, fueron dos días. Un día para llegar desde Granada, donde estaba, hasta la frontera norte, en un punto ahí de Nueva Segovia y después, al día siguiente, cruzar. Ahí fueron tres horas por la montaña hasta llegar a la carretera para Tegucigalpa. Sin papeles. Con una bolsita con mi cepillo de dientes, una camiseta, un calzoncillo y ya.

¿Tuvo miedo en ese momento?
Sí, cuando íbamos de camino, cerca de Estelí, había un retén. Los paramilitares estaban encapuchados y con sus ametralladoras, pero pasamos tranquilos.

¿Cómo fue ser el párroco de Monimbó en los momentos más duros de la crisis?
Bueno, nosotros los salesianos intentamos acompañar a la gente. Primero fueron las madres que nos solicitaron que las acompañáramos a sacar a sus hijos presos y ahí fue que empezó nuestra labor humanitaria de no dejar sola a la gente. Después ya fueron los heridos, después los muertos. Nos tocó oficiar varias veces el funeral, en la iglesia nuestra, frente a la placita de Monimbó.

¿En aquel momento usted participó en las pláticas para la liberación de los detenidos en Masaya?
Sí, estuve varias veces con el señor Avellán (comisionado Ramón Avellán) y con los otros policías y gente del Gobierno que mandaba sobre la Policía. Bosco Castillo, de la Juventud Sandinista, estaba en esas reuniones, ahí en el cuartel, y nosotros llevábamos la lista de los muchachos (detenidos) y ellos consultaban. Bosco Castillo llamó a la señora Rosario Murillo y le dijo que ahí estábamos nosotros y queríamos que soltaran a los muchachos. Todo se lo consultaban a ella. Yo estaba ahí con los otros padres y él la llamaba directamente y después le decía a Avellán que ya estaba autorizado y empezaba el proceso.

¿Quiere decir que ella estaba enterada directamente de lo que estaba sucediendo?
Así es. También otro día recibimos la visita en el Colegio (Salesiano) del alcalde (Orlando) Noguera con la responsable de las alcaldías del país. Ella llegó para pedirnos a los salesianos que ayudáramos a que la gente de Monimbó cesara su protesta. Esta señora hizo una llamada telefónica y estaba transmitiendo en vivo, yo supongo que con ella (Rosario Murillo) se estaba comunicando. En esas ocasiones percibí la capacidad que tienen de controlar todo y, segundo, que ella era la que dirigía toda la represión. Ella era la que dirigía.

¿Qué es lo más duro que vivió durante todo ese tiempo en Masaya?
Ver la muerte de los muchachos. Algunos vecinos de nosotros, por ejemplo, Darwin Potosme. Lo mataron el 17 de junio en un enfrentamiento.

¿Alguna vez vio armas en los tranques de Monimbó?
Más que todo lo que vi fueron tubos para lanzar morteros. Después vi que dos muchachos habían hecho como un arma hechiza con un tubo y no sé cómo la accionaban. Le metían una bala y esa era su arma. Pero nunca vi en ellos armas como las que usó la Policía en ese tiempo. Las bombas sí se fueron especializando, había unas bien fuertes, que lanzaban al cuartel de la Policía.

Como sacerdote, ¿qué siente respecto a Daniel Ortega y Rosario Murillo?
Yo le pido a Dios que los quite. Que Dios los derribe del trono, porque son una pareja criminal que ha hecho mucho daño a Nicaragua desde que entraron, pero que ahora con esta crisis se reveló su verdadera naturaleza. El interés por el dinero los volvió ciegos delante de la vida y la dignidad del pueblo.

¿Usted es capaz de sentir cariño por ellos?
No, lo que siento es compasión. Me da compasión y tristeza el ver la cerrazón y cómo esa cerrazón los lleva a perderse ellos y arrastrar con ellos al pueblo. Como sacerdotes estamos llamados a amar y seguir el ejemplo de Jesús. Pero el amor no es solo cariño, el amor implica la justicia, implica el detener la mano de quien está haciendo daño y, en este caso, el amor exige detenerlos a ellos.

¿El amor por quién?
El amor por el pueblo y el amor hacia ellos, porque detenerlos es detener el mal. Es por su propio bien que hay que detenerlos, pero sobre todo por el bien del pueblo nicaragüense.

Viendo todo lo que le ha sucedido desde que estalló la crisis, ¿haría otra vez las mismas cosas?
Mil veces volvería a estar con la gente, con los muchachos. Volveríamos a improvisar puestos de salud. Organizábamos piñatas para los niños, mientras los papás eran atendidos en las aulas del colegio.

¿Alguna vez ha sentido que la Iglesia se implicó mucho con la gente durante los tiempos de las protestas?
Para mí, el modelo de mi acción, después de Jesús, fue la Conferencia Episcopal. Ver a monseñor Silvio en la catedral, en la calle, cercano a la gente, predicando y anunciando el evangelio y diciendo las cosas como son. Eso me animaba mucho a hacer yo también algo. La fe del pueblo nos animaba en medio de la dificultad.

¿Cómo está llevando su vida en el exilio?
Gracias a Dios estoy en la comunidad salesiana, en la parroquia Divina Providencia y estoy metido en la pastoral de la parroquia apoyando a la comunidad, atendiendo a la gente, las confesiones, las visitas a los enfermos, la celebración de la eucaristía, pero siempre en todas las misas pedimos por Nicaragua y por Venezuela.

¿Extraña Nicaragua?
Imaginate, mucho, mucho. Añoro volver a Nicaragua, volver a mi tierra, volver a Monimbó y volver a celebrar la fe con la gente, en libertad en justicia, que podamos volver a vivir en paz. Espero que pronto pase esta tragedia y le pido todos los días a mi Jesús, esa gracia.

¿Tiene esperanza de que la situación va a mejorar en el país?
Sí, yo sé que todo está en las manos de Dios. Ninguna de nuestras cruces se escapa de las manos de Dios. Ni la cruz de Jesús, que parecía impotente y vencido.

¿Y esa esperanza está puesta en las negociaciones de la Alianza y el Gobierno?
Con relación a las negociaciones no tengo esperanza, porque por la parte del Gobierno lo que están haciendo es alargar y alargar el tiempo para no hacer nada de las cosas por las que se comprometieron, y es lo que han hecho desde hace un año cuando el diálogo inició. El Gobierno fue el que siempre boicoteó y ahora también. Hay que agotar todas las vías posibles del diálogo y en eso la Alianza hizo muy bien su trabajo, su responsabilidad, pero por parte del Gobierno no creo que se logre algo.

¿Entonces qué motiva su esperanza?
La nobleza del pueblo nicaragüense, la resistencia de la conciencia de ser nicaragüense, lo que me da esperanza son los jóvenes, que son los que han llevado la voz cantante, que han puesto el pecho, la cara, la vida. Aunque hayan caído tantos, sé que vienen días de paz para Nicaragua, días en que esta tragedia va a pasar y va a pasar esta dictadura y van a pagar por sus crímenes.

¿Cree que va a haber un cambio en la mentalidad de Daniel Ortega y Rosario Murillo?
No. Creo que van a salir porque les van a seguir tocando la bolsa y eso los desespera y van a tener que rendirse y miro ya cerca eso. Miro un pueblo libre, miro un pueblo en paz, miro a Nicaragua levantándose. Primero Dios.

¿Qué es lo primero que va a hacer cuando vuelva a Nicaragua?
Ir a la placita de Monimbó y bailar El Solar de Monimbó. Y hacer una gran misa campal ahí. Una misa en la que pueda participar toda la gente que ha estado sufriendo y poder abrazarnos. Y comerme un buen gallo pinto con queso frito y cacao. Eso añoro.

¿En estos momentos siente miedo por su vida?
Sí, me da un poco de miedo, porque sé que tienen una organización criminal y están detrás de las personas, incluso en el extranjero. Estando en Honduras intentaron ubicarme por teléfono, pero me di cuenta rápidamente. Aquí en Guatemala es posible que quieran hacer algo. Gracias a Dios no les ha dado tiempo, porque están agobiados porque no soportan lo que se les viene.

¿Usted diría que Ortega y Murillo son dictadores?
Ah, sí. No solo dictadores, sino también ladrones y criminales. Ellos son responsables, las pruebas están allí y la hemos sufrido y las hemos visto.

¿Tiene algún resentimiento hacia ellos?
No. No guardo rencor ni nada. No tengo nada contra ellos. Lo que me dan es lástima, porque cómo arruinaron su vida y la vida de un pueblo, eso duele mucho.

Si pudiera decirles algo, ¿qué sería?
Que renuncien, que dejen en paz a Nicaragua y al pueblo. Ya suficiente daño han hecho como para seguir empecinados en seguir reprimiendo y a costa de la sangre del pueblo estar ahí. No es posible. No es posible.

¿Lo que ha vivido lo ha hecho cuestionar los designios de Dios?
Sí… A veces sí. Me ha salido preguntarle a Dios por qué ha permitido tanto, pero miro la cruz de Jesús y ahí encuentro fuerzas para confiar y seguir esperando.


Plano personal

César Augusto Gutiérrez tiene 52 años de edad y 23 de sacerdocio. Todos sus hermanos están también fuera de Nicaragua.

Desde muy pequeño ingresó al seminario de los salesianos y ha estudiado en Costa Rica, Guatemala y Roma. Habla español, inglés, italiano y francés.

Le gusta escuchar música, leer libros de teología e ir al cine. Fue a ver la última película de los Avengers, pero su superhéroe favorito es Batman. “Me gusta porque de manera escondida él hacía justicia, estaba detrás y ayudaba a la población”, dice.

¿Alguna vez se ha sentido un superhéroe? “Nunca, nunca, nunca. Me siento honrado y chiquito delante de personas como Medardo Mairena, Yubrank, doña Chica, que nos visitó en Monimbó. Y tantos muchachos, tantos, tantos, que sus nombres no son tan famosos, que estaban dispuestos a dar la vida y la dieron algunos. Yo no. Yo no”.

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