El “contexto ruso”

En este contexto no es el momento para una aventura geopolítica rusa en Venezuela, ni de un enfrentamiento con EE.UU. en su propio traspatio. Y Putin lo sabe.

En marzo reventó la noticia que un par de grandes aviones militares rusos habían aterrizado en Venezuela trayendo equipo y aproximadamente 100 técnicos militares para apoyar al régimen de Nicolás Maduro. Inmediatamente sonaron alarmas en Washington, y hasta el presidente Trump advirtió que Rusia tendría que salirse de Venezuela. Recientemente, y después de reuniones entre el secretario de Estado Pompeo con el veterano canciller ruso, Serguéi Lavrov, y con el presidente Putin, se conoció otra noticia: Rusia está replegándose de Venezuela. Aunque Moscú está negando esto, mi olfato me dice que es cierta la noticia porque responde a imperativos geopolíticas impuestos por el “contexto ruso”.

¿Cuál es este contexto? En primer lugar, recordemos que en los años ochenta del siglo pasado, la Unión Soviética —precursor de Rusia— sufrió un colosal colapso político y socioeconómico producto de graves –pero enmascaradas— debilidades estructurales que eran insostenibles. Estas obligaron a que Mijaíl Gorbachov llegase a un entendimiento con Ronald Reagan que cerró la guerra fría. Segundo, la Unión Soviética se disolvió y Rusia pasó por un humillante período caótico en que perdió su imperio, el comunismo se descartó, las fuerzas armadas se descuidaron y la población sufrió una desesperanza y desorientación colectiva. Tercero, en este contexto tomó las riendas del poder un brillante exmiembro de la KGB, Vladimir Putin, y comenzó a construir un nuevo Estado y sociedad basado en una economía de mercado y de democracia al estilo ruso. Putin no solo puso fin a la espiral viciosa hacia abajo que heredó de Boris Yeltsin, sino que logró una cierta recuperación de prestigio. En el proceso, se ganó el respaldo de la mayoría de su pueblo.

Cuarto, la nueva Rusia sigue siendo cartográficamente impresionante, una súper potencia militar y rica en recursos energéticos. Pero no tiene las mismas aspiraciones de la antigua Unión Soviética porque Putin comprende que su país enfrenta graves debilidades. Una de las más serias es la demográfica. Su población de aproximadamente 145 millones va envejeciéndose y con una tendencia a achicarse debido a emigración hacia países más prósperos y una tasa de mortalidad que está equiparada a la de natalidad. Otra complicación es que la proporción de rusos en la población está cayendo. Quinto, su economía —aunque no despreciable— tampoco es tecnológicamente avanzada ni enorme. Por ejemplo, en tamaño está en el undécimo lugar mundial, muy por detrás de Estados Unidos, la China y Japón. Y si fuese un estado norteamericano, estaría en cuarto lugar ¡después de California, Texas y Nueva York! Además, su crecimiento es modesto, debido, entre otros factores, a sanciones fuertes impuestas por países del Oeste, incluyendo EE.UU., después de haber anexado a Crimea. En este contexto no es el momento para una aventura geopolítica rusa en Venezuela, ni de un enfrentamiento con EE.UU. en su propio traspatio. Y Putin lo sabe.

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