Atentos al Espíritu

A muchos les molesta hasta oír la palabra “espíritu” y nos suena a algo propio de la edad media y es solo utilizada por una iglesia que no acaba de coger el tren de nuestro siglo

Hoy vivimos en el materialismo que ha hecho un mundo de ciencia sin conciencia y que podría conducir a la ruina de la persona humana. La verdad es que el materialismo está penetrando todos los rincones de la vida humana.

A muchos les molesta hasta oír la palabra “espíritu” y nos suena a algo propio de la edad media y es solo utilizada por una iglesia que no acaba de coger el tren de nuestro siglo. Solo parece que nos interesa lo que se toca y se palpa, lo que vemos y entra por los sentidos. ¡Lo material está desplazando a lo espiritual! Estamos materializando y cosificando todo.

Huir del espíritu es huir de la vida, de la fuente de la vida y es huir de todo aquello que da sentido a la vida. Huir del espíritu es huir de todo aquello que da valor y profundidad a la vida y de todo aquello que da dinamismo, fortaleza y entusiasmo a la vida. No se puede entender un mundo sin espíritu. Somos materia y espíritu. Pero, si no se puede entender un mundo sin espíritu, mucho menos podemos entender una Iglesia sin Espíritu. El alma de la Iglesia es el Espíritu de Dios. Es el Espíritu quien le da vida a la Iglesia. Y es por el Espíritu de Dios que la Iglesia vive con un estilo y manera propios del Evangelio de Jesús. La Iglesia nace por el Espíritu de Dios, como nos dice San Pablo: “Nadie puede decir ¡Jesús es Señor! sino movido por el Espíritu Santo” (1 Cor. 12, 3). Es el Espíritu de Dios quien enriquece a la Iglesia con sus dones y le mueve a ponerlos en servicio de toda la comunidad: “A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común” (1 Cor. 12, 7).

Es al Espíritu de Dios a quien la Iglesia debe estar siempre atenta, pues el Espíritu es quien la puede guiar en la verdad: “Cuando venga Él, el espíritu de la verdad, les guiará hasta la verdad completa” (Jn. 16, 13)… “El Espíritu es la verdad” (1 Jn. 5, 6).

Es en el Espíritu de Dios donde la Iglesia encuentra la energía que le hace mantenerse fiel al Evangelio: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza” (Rom. 8, 26). Es el Espíritu de Dios quien nos hace verdaderamente libres: “Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2 Cor. 3, 17).

¿Qué pasa hoy en nuestra Iglesia, en nuestras comunidades cristianas? ¿Sigue el Espíritu de Dios en medio de nosotros? ¿Escuchamos, en verdad, la voz del Espíritu de Dios hoy? ¿No será el

Espíritu de Dios el gran olvidado entre nosotros los creyentes?

El Espíritu de Dios lo es todo en la Iglesia. una Iglesia sin el Espíritu de Dios es una Iglesia muerta. Por eso, San Pablo les decía: “No extingan el Espíritu” (1 Tes. 5, 19). Y a los Efesios les decía: “No entristezcan al Espíritu Santo de Dios” (Ef. 4, 30). Solo una Iglesia que se deja llevar del Espíritu de Dios, es una Iglesia viva y capaz de dar vida a los hombres de hoy.

El autor es sacerdote católico.

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