El gabinete de los prodigios del doctor Del Toro

Del Toro ha sacado en préstamo de su casa en Los Ángeles su colección de monstruos, desplegada en espacios entre góticos y victorianos

En la idea que tenemos de lo monstruoso campea la maldad. El monstruo, asociado a la fealdad extrema y a la deformidad, no tiene límite en su capacidad de hacer daño. “Monstruo” decimos de un asesino en serie, de un descuartizador de niños, de un violador sin alma.

Pero la palabra, que proviene del latín, no significa otra cosa que el prodigio creado por los dioses, y viene a designar lo excepcional, lo que desafía las reglas de la naturaleza, alterándolas. En la mitología griega son los gigantes de un solo ojo, las mujeres con cabelleras de serpiente, los hombres con cabeza de toro o cuerpo de caballo.

Es lo portentoso, lo extraordinario, lo que no tiene comparación. Por eso Cervantes llamó a Lope de Vega “monstruo de la naturaleza”. Zeus alabando a Hermes.

Hay otra manera, sin embargo, de acercarse a los monstruos, y aún vivir con ellos, tenerlos como parte de la familia. Y es la de Guillermo del Toro: verlos como los “otros” a los que tanto tememos porque no son como nosotros.

Este sería entonces el siglo de los monstruos: los emigrantes indeseables que rechazamos por temor. Lo primero que un monstruo inspira es miedo, porque es distinto.

Del Toro ha sacado en préstamo de su casa en Los Ángeles su colección de monstruos, desplegada en espacios entre góticos y victorianos. Convive con ellos en lo que llama su “bleak house”, en homenaje a Dickens, y los ha llevado a su ciudad natal en México para una exhibición en el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara: “En casa con mis monstruos”.

No son solo los suyos, creados en sus películas, sino todos los que le han fascinado desde la infancia, cuando era lector devoto de historietas cómicas y también los veía lleno de miedo en la pantalla del televisor. Aquel niño apasionado por la maravilla, y paralizado por el terror, tuvo que llegar a un acuerdo con las criaturas que lo acosaban: “si me dejan ir a mear, voy a ser su amigo toda la vida”.

La muestra tiene la escenografía de los gabinetes de curiosidades del siglo XIX, tal el Museo de los Seres Increíbles que Phineas Barnum, después célebre cirquero, abrió en Coney Island. Allí podía admirarse tanto la momia de una sirena capturada en el mar del Norte, como al diminuto general Tom Thumb, de sesenta centímetros de alto.

Hay en esta colección “donde el placer no conoce la culpa”: muñecas, máscaras, grabados, pinturas, miniaturas, esculturas de cera, entre los que conviven Boris Karloff con la Bella Durmiente, Edgard Allan Poe con H.P. Lovecraft.

La curiosidad y la imaginación son mitades indisolubles en el alma de un niño que ve el mundo a través del lente de una camarita súper 8, y no deja de ser ese niño cuando se convierte en el director de cine que saca del sombrero sus criaturas prodigiosas.

Su mejor modelo es la criatura del doctor Frankenstein, el desolado personaje de la novela de Mary Shelley. Al cobrar vida asume sus propias interrogantes sobre la existencia: ¿quién me creó?, ¿por qué estoy aquí? “Estas son preguntas monumentales”, se responde Del Toro. Alguien jugó a ser dios, y le dio existencia.

La exhibición se cierra con la caseta de tablas del puesto de revistas y periódicos, cercano a la casa de su abuela en Guadalajara, donde él compraba de niño las historietas cómicas. Fue rescatada de una bodega.

La primera estación del largo y maravilloso viaje de un monstruo creador de monstruos.

El autor es escritor. Masatepe, junio 2019.
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