Pueblo bravo

Las pruebas hacen que afloren en nosotros las tendencias contrarias que todos llevamos: amor y odio, valentía y cobardía, generosidad y egoísmo

Presidentes

Es duro, pero también maravilloso, lo que ha venido ocurriendo en Nicaragua desde abril del 2018. Duro por el dolor de tantos muertos, exiliados y desempleados. Maravilloso porque, en medio de la tribulación, ha emergido una nueva cepa de nicaragüenses que llenan de orgullo y esperanza al país.

¿Quién no se ha conmovido oyendo a ex presos como Jeffry Mendoza Jarquín, de Bluefields; Irlanda Jerez, Yubrank Suazo, Lucía Pineda, Miguel Mora, Hansell Vázquez, y muchos más, hablando con tanta convicción, aplomo y valentía? Nada de espíritus quebrantados o doblados; nada de actitudes pusilánimes y flojas. Todo lo contrario; espíritus valientes, crecidos, llenos de convicción y entereza.

Alguien en las redes sociales comentaba que sus videos “mostraban una raza indomable, noble, comprometida con la paz y la lucha cívica… gran ejemplo para el país y para el mundo”. Algo similar reflejaban las escenas donde el pueblo, en sus barrios y hogares, recibía con júbilo a los liberados. Decía una testigo del jolgorio que se armó en Monimbó, en honor de Yubrank, que se fue de allí “contenta, renovada, recargada, segura de que Dios está con nosotros”. Se despidió de él diciéndole: “Si te sirvo de barricada contá conmigo”.

Son signos muy esperanzadores. Las jornadas de luchas y sufrimientos, vividas desde hace más de un año, han facilitado que emerjan ciudadanos con un nuevo temple. Como dicen varios pasajes bíblicos, así como el oro se refina con fuego, Dios refina al justo en el horno del sufrimiento. Igual pasa con las naciones. Los músculos se fortalecen levantando pesos y el vigor cívico de los pueblos venciendo obstáculos. Por eso, en lugar de alimentar el desaliento, estos deben verse como oportunidades para crecer en virtudes ciudadanas. Dios por eso los permite y a veces los prolonga.

Las pruebas hacen que afloren en nosotros las tendencias contrarias que todos llevamos: amor y odio, valentía y cobardía, generosidad y egoísmo. Ante los conflictos y desafíos uno puede enconcharse en sí mismo y refugiarse en lo seguro, dando lugar a que se entronicen en nuestro interior las tendencias negativas, o puede asumir el riesgo de entregarse a los demás, liberando y afirmando bríos nobles y nuevos. Es lo que ha pasado con esta nueva cepa de patriotas.

Ellos han roto con el tradicional pragmatismo resignado —el acomodarse a la injusticia, so pretexto que es inútil combatirla— que ha caracterizado buena parte de nuestra historia, y han hecho que hoy olfateemos vientos de libertad. Porque la represión los ha multiplicado y los seguirá multiplicando, hasta crear una marea de tantas Irlandas, Amayas, Yubranks y compañeros, que no podrá contener las agrietadas murallas de la dictadura. Honor y agradecimiento para ellos.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.

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