Poemas para Nicaragua combativa del escritor costarricense Adriano Corrales Arias

"Nicaragüita" y "Revolución 2", dos poemas recientes que el escritor costarricense Adriano Corrales dedica a la heroica Nicaragua; así "Colina 50" entre otros que formarán parte de una plaquette que publicará al final del año

LA PRENSA/Jader Flores

El escritor costarricense Adriano Corrales Arias comparte esta selección de poemas — algunos inéditos otros publicados — que forman parte de la plaquette sobre Nicaragua en construcción que espera publicar a final de este año.

Poeta, narrador y ensayista. Ha publicado cerca de treinta textos. Es catedrático del Instituto Tecnológico de Costa Rica.


Lea : Adriano Corrales Arias: “Yo creo que Costa Rica se hace cada vez más nicaragüense”


Dejamos con ustedes esta selección de sus poemas: «Revolución 2» y «Nicaragüita» escritos este año; «Acerca de la tradición  y cómo se reescribe», en 2008; «Colina 50» y «Epigrama», ambos en el 2012; y «Tus manos y mis manos deshacen la frontera  (Nueva conversación con José Coronel Urtecho)» incluido en el libro «El tigre está en los ojos», en 1994.

Escritor costarricense Adriano Corrales Arias. Managua,  febrero del 2019.  LAPRENSA/Archivo/RobertoFonseca

Revolución 2

Las casas arden nuevamente.
Balas trazadoras cruzan calles y avenidas.
Aúllan sirenas y lanzacohetes.
Caen los muchachos en la acera del frente.

Otras multitudes marchan vociferando,
muchedumbre eterna en contra del tirano,
serpiente desplumándose y vuelta a emplumar
con un misterio que no alcanzamos a comprender
pues abofetea con noticias de sospechosa factura.

El principio del fin regresa con la violenta
vehemencia de todas las cosas,
con la estulticia y voracidad de semejantes
que antes fueron compas, o allegados, o tipos
que pensamos viajaban en la misma nave,
ahora bajo la voluntad del poder y la gloria infernal.

Asumo que soy un vencido en la derrota más cruel
del tiempo que se en culebra cual erupción volcánica
a diez mil metros de altura y nos envuelve con su lava,
material piroplástico que nos convierte en goyescas
esculturas que se aquietan en el paisaje gris
cual jardín del futuro que nos aguardaba desde siempre,
cuando creíamos que asaltábamos el cielo.
 


 

Nicaragüita

Una muchacha se encierra
en su cuerpo delgado
como una proclama abierta.

Por selvas profundas
se cobija con la floresta
y se desdobla en sus parajes.

En los sueños más intensos
fluye cual agua de lagos
con erotismo de manantiales.

Y regresa a sus deberes
con la Casa Mayor
asaltada cientos de veces.

Llora de repente
con una tristeza oblicua
pero combativa.

Como un poema de guerra
en la quietud de sus manos
dulces, tiernas,militantes.

Esa muchacha plena
de cantos y enredaderas
es toda una comarca,
todo un país,
todo un continente,
todo el planeta.


 

Colina 50

El Gran Lago
Entrecruza la niebla
Atiborrado de vultúridos

Arriba las trincheras
Manos / granadas / manos
Agua púrpura / viento salobre
Bocas sin boca desenterradas

Las estaciones ciñen las cruces
Con huesos
Abren los senderos de la ceniza
Donde crecen enormes árboles de silencio
Para cobijar a los muchachos
Que regresan con sus mochilas
Y la muerte adherida a las camisas


 

Epigrama
 
A Cristián, a Eduardo

Los rostros son manos humeantes
con el pañuelo rojinegro en colinas de sangre
donde ruedan niños/ángeles y chicas
por el lodazal del eterno combate

Las manos son los rostros transparentes
en las fotografías de piel más reciente
bajo el traje de fatiga y los sombreros de verde
con el fusil cargado de poco futuro y mucha muerte

Los rostros las manos y el vientre
adjetivos minados plenos de púas y pelambre
obtusos por lo perdido bosque adentro
verticales por lo encontrado en abrazo a suerte

Al final somos eso: minadas imágenes
llovizna de nostalgia
insomnio de la fiebre
alrededor del cerco enemigo
calcinado por la memoria
palabras disparándose
contrapalabras


 

Acerca de la tradición  y cómo se reescribe
 
En el año 908 Abdullah Ibn Al-Mu’Tazz
poeta príncipe de los árabes quien vivió consagrado
a la poesía y al estudio
es asesinado después de gobernar un día y una noche Bagdad

Entre el 627 y el 650 d.c. (¿700 y el 780 d.c.?)
Han Shan el monje de la Montaña Fría
con un sombrero de corteza de abedul
chanclas de madera y tierra
escribía sobre las hojas amarillas del otoño
sobre tablillas de bambú pedazos de troncos
en los muros de las casas de los vecinos de la aldea
sus trazos invisibles luz perpetua del andariego

Más cerca aún de mi tiempo y nuestra frontera
Carlos Martínez Rivas en sus arrebatos de fauno herido
ángeles y demonios convocados
solitario en una casa de Altamira Managua
pinta poemas en la pared desesperado
por la ausencia de páginas blancas máquinas de escribir

Yo digito una red de estrellas eléctricas
de no sé cuántos megabytes de memoria
como si tratara con sombras rupestres en la caverna
en la noche que teje y desteje La Vencedora
y no sé qué sentido tiene sino el mismo
de una guadaña de plata en Bagdad o Managua
rotas marionetas después de su momento en el tablado
o el año viento inconstante de la palabra vulnerada


 

Tus manos y mis manos deshacen la frontera  (Nueva conversación con José Coronel Urtecho)
 
Otra vez la primera pareja en el nuevo Paraíso del primer hombre y la primera mujer. Así lo insinuás selva adentro mientras cae vegetal el vestido de Pollita Lorimer en la lente del agua. Y nos zambullimos. Así tus manos se dibujan en las mías pero con otro lazo. Ahora es el encuentro de labio a labio prometido por una vendedora de cachivaches en Granada. O una estudiante de secundaria en Ciudad Quesada. Así el paraíso es un ojo de agua, línea delgada que angosta y ensancha nuevamente el río. ¿Es la línea de tus manos y de mis manos? Es la frontera donde se asoman rostros como la multitud, rostros invisibles como el nagual, para saltar y cruzar al otro lado donde espera ninguna Tierra Prometida. Un pajarito canta entre las hojas de una rama y su canto un silbido, tal vez una llamada, me saca de la historia.

Vuelvo a la otra orilla y comienzo como siempre. La Oda a Rubén es el gran queso de luna, llena siempre, centelleante por el río. Comienzo como finalizan las líneas de tus manos en las mías. Como cascabaleo de palabras en el agua. Líneas delgadas que de todas maneras nos dividen. Se corren o descorren. Se difuminan entre caseríos y pulperías, gasolinas y canoas, playones y bocanas. Líneas colindantemente ambiguas en la espina colonial. Líneas tramadas para la Ruta del Tránsito en un estrecho ciertamente dudoso para la furia dolarizada de un canal. Líneas parpadeantes. Líneas de fuego. Los robles están cuajados de crespas flores nacaradas. Hay un enorme silencio. Todo el ruido del lago lo repite el silencio. ¿Podemos estrecharnos las manos? No has venido y te esperaba. Y la paloma penadora que da un quejido leve, profundo y espaciado que no se sabe de dónde viene, cambia de sitio… Abren las alas las garzas y los pavones. No las detienen las aduanas. Has dicho mucho, y sin embargo, nada.

Alzan el vuelo como en cinemascope. Y un leopardo salta la cañada. No es el tigre de Blake o de Borges, sino un rayo en la niña de los ojos. ¡Nos queda su hálito multitudinario en la imagen! Hálito del flash al atardecer. La paloma Cantora nos mira ahora. No hace falta bajarla del árbol. Frente a frente la penadora. Es el tiempo de los nidos y de los huevos de colores. He regresado del silencio, lo ves. La música de las aves no se interrumpe. Pero hay un mutismo exagerado que se desliza bajo la sombra del viento y el viento se ve en el agua. ¿Si nos encontráramos se enturbiarían las palabras? ¿Y qué diría la paloma? Paloma tora. Paloma posolera. Paloma azul. Paloma patacona. ¿Entre el tumulto desbocado nos escucharía el silencio, el resplandor, el movimiento, el lago abierto…?

Porque más allá del silencio está la caravana en llamas de los que ya no regresan. No es la ruta de la seda el camino más corto para encontrar el barro rojo entre la palma de estas manos. Hay sangre y agua. Lluvia de lágrimas y no de perlas. Marcas profundas en la piedra. Encuentro una piedra como una perla, ¿decís? Sí, el hallazgo ha sido nuestra fortuna. Pero también la horma de los zapatos. Todo lo que se apunta con la lengua del lápiz da hacia nuestros sueños. Pero también va a nuestros pijamas como tu Darío General. O a nuestras pesadillas como las de Sandino, Carlos Fonseca Amador, Juanito Mora o Calufa. Somos de abismos entre sueños. Por eso los cadáveres por el río. Cadáveres y no palabras o trinos. Cadáveres. Tal vez por ello cambian los cauces y las revoluciones, aunque uno se adhiera de último. Porque primero fue Somoza. Callan los poetas y alzan su voz los militares. Danzan las pandillas de chacales y al hermano le remueven las entrañas. Así el paso por estas manos, tus manos que no son las mías, sino las de todos. Las nuestras, densas y ajenas como niebla de ríos y lagos, como la espesa línea volcánica del reencuentro en muros que caen con el polvo de las fronteras. ¿No vendrás? Llévame de las pestañas a las montañas… Monte. Montón. Unidad global. Enciclopedia Universal.

Así este sitio de tumbas y fantasmas, de trasiegos y calmas: idas y venidas, vueltas y revueltas. Así este tiempo de encrucijadas donde la noche ha sido apuñalada. La poesía es un perro desdentado en una cantina deshabitada. Pero pasaremos más allá del azogue de los veranos y volveremos con la luz en estas manos entrelazadas pues la muerte no interrumpe nada. Y nada concluye  porque la historia no nos pertenece. Y si no venís no importa, tu silueta se queda en un parque de mi antigua Granada, en el patio de los limoneros de tu Ciudad Quesada. Trémula. Sofocada por el stablishment. Subastada por los cardenales.

La muerte no interrumpe nada. Es cierto. Nadie se ha ido. Nadie llega. Todos pasan. Todos quedan.


(Todas las citas en cursiva pertenecen al maestro José Coronel Urtecho).
San José, octubre 2004-febrero 2006.

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: