Juego de espejos

Y mientras la lluvia de cenizas volvía negro el cielo y hundía bajo su peso los techos de las casas, un empleado público leía en las esquinas el decreto alumbrado por una lámpara.

El tirano Manuel Estrada Cabrera celebraba cada año en Guatemala las Fiestas de Minerva, unos fastos extravagantes en honor a la diosa de la sabiduría. Ante una terrible erupción volcánica, decretó que esa erupción no existía. Y mientras la lluvia de cenizas volvía negro el cielo y hundía bajo su peso los techos de las casas, un empleado público leía en las esquinas el decreto alumbrado por una lámpara.

Quien ostenta el poder absoluto se cree capaz de abolir la realidad y sustituirla por otra que se avenga a sus designios. Pero es una representación teatral de muchos actores: un secretario redacta el decreto aboliendo la erupción, un edecán lo lee en las esquinas, alguien sostiene a su lado la lámpara.

“El poder altera la neuroquímica del cerebro”, dice el neurólogo británico Peter Garrard; “lo degrada de forma más profunda y persistente cuanto mayor y más duradero es ese poder, y lo degrada del todo si carece de límites”.

Pero en el cerebro de quien entra a participar de la simulación, se produce también una degradación simétrica. “Cree más en lo que supone que ve su líder que en lo que ven sus ojos, compartiendo así su delirio; a veces anticipándose a él y siempre reforzándolo”.

El neurocientífico de la Universidad de Ontario, Sukhvinder Obhi, explica que las neuronas del que obedece crean una “mímica inconsciente”, de ahí que no necesita vivir algo en carne propia para sentir empatía con el que manda.

Es el papel de las “neuronas espejo”, que produce el “efecto espejo”. “El cerebro muestra un comportamiento distinto al realizar acciones que en el interior se sabe que son incorrectas o deshonestas, pero que brindarán bienestar individual y prosperidad”. Y el ser parte de un cuerpo donde todos piensan de manera igual, da sentido de pertenencia.

Los vacíos que la falta de percepción del mundo real deja en la mente del dueño del poder, son llenados por ideas inconmovibles que la disfunción neuronal representa en forma de símbolos absolutos: pueblo, partido, historia, destino, felicidad, alegría, amor; y los allegados, intermediarios, operadores, peones, los hacen suyos y se comprometen con ellos.

“El poderoso pasa de gestionar la realidad tal como es, a estar convencido de que es él quien crea la realidad”, dice Garrard. Y los seguidores llegan a creer que mientras mantengan su voluntad unidad a la de quien crea la realidad, esos símbolos, paz, amor, felicidad, se concretarán; y para lograrlo, todo será digno de justificación, aún el crimen, los desmanes; cárcel, tortura, exilio.

Los demás, que se han quedado fuera del círculo mágico que ampara el poder, o lo rechazan, también se convierten en símbolos, pero de carga negativa, y por tanto hay que disciplinarlos, y neutralizarlos. No valen la pena, son un estorbo, son prescindibles, son eliminables; la felicidad se construye sin ellos, y contra ellos. Es el sentido que siempre ha tenido la secta.

En la cabeza disfuncional del dictador no existe la ausencia de poder, la que solo es posible con base a una concepción democrática. El poder para siempre no admite alternativas, y la secta tampoco admite ninguna posibilidad de sustitución del elegido por el destino, o por la historia, porque significa su propia desaparición.

De allí que debajo de la mentira de los símbolos pintados de alegres colores, lo que crece es la degradación, se multiplica la corrupción, se deforman las instituciones, y el ministerio encargado de la tortura pasa a llamarse ministerio del Amor, y el ministerio de la Verdad fabrica las mentiras.

El autor es escritor. Masatepe, junio 2019.
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