Carlos Martínez Rivas: Una visión particular de la mujer

“El amor humano estorbando al amor divino”

LA PRENSA/Cortesía/Pablo Centeno-Gómez

Conviene advertir que debido a la complejidad del tema, no se pretende de ninguna manera ofrecer aquí una información más que breve y general acerca de la actitud del poeta hacia la mujer. Sin embargo, esto no impediría acercarnos respetuosamente a él “para verlo —como escribió Darío 95— seguir el camino indicado por Platón: del amor de los bellos cuerpos ascender al amor de las ideas, de la Venus terrestre a la Venus celeste”.

Y, tal vez, para intentar entender un poco sus ideas y sentimientos sobre la feminidad, el amor-pasión y el amor-objeto —fuente de placeres imaginarios— que transgrede el orden y la moral. Por la misma razón no cabe duda que, al igual que su amigo Baudelaire, CMR (Carlos Martínez Rivas) observa y siente la belleza femenina bajo su doble aspecto de ángel y demonio. Quizá ello explique asimismo, por contraste, el carácter sagrado del amor que sentía hacia su madre doña Berta Rivas Novoa, a quien por sus virtudes, abnegación maternal, inteligencia, refinamiento y elegancia no podía siquiera imaginar como una mujer carnal en cuanto se refiere a CMR y las mujeres, en buena parte de las notas de su Diario citado, uno puede comprobar que ellas forman parte ineludible de la trama, vicisitudes e intimidades de su existencia y también, obviamente, de su discurso poético.

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LA PRENSA/Cortesía/PCG

Para él la mujer —apunta el poeta Julio Valle-Castillo— es “el más inquietante y constante de sus símbolos”. Sin embargo, lo que anotó poco después de su regreso de Francia a Nicaragua (1951), resulta bastante deprimente: “… Y las mujeres, sólo alguna que otra hija del país, oscura y difícil, despierta mis sentidos. Las otras —mis amiguitas—… el terror ante la frivolidad. Para mí la imagen misma de la muerte Quirina. Y la frivolidad social su más gélida expresión”. Enseguida, en la misma nota, revela que por motivos análogos corría peligro su atracción hacia una joven de la alta sociedad capitalina.

En este aspecto, tampoco puede obviarse la influencia en CMR de una educación católica que, incapaz de contribuir espiritual y creativamente con los cambios y el progreso de los nuevos tiempos, imponía a los educandos una serie de reglas de estricto cumplimiento, absurdas y crueles, respecto a los derechos humanos básicos, la sexualidad y el placer. De ahí que, con ‘santa’ intolerancia, la sapientísima doctrina asociaba directamente e identificaba el erotismo con el mal, con el pecado y Satanás.

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Nuestro poeta, por su parte, a pesar de su obstinada vocación de rebeldía, no siempre halló qué hacer para mandar directamente al infierno su porción de inculcados temores, escrúpulos y remordimientos metafísicos, ante la inevitable tentación de la mujer que fascina. Quizá esto explique por qué, en el transcurso de su vida, el poeta no consiguiera mirar a la mujer sin velo. Como si ella brotara de un cuadro, circundada de símbolos esotéricos; fundida al misterio de un encanto prohibido que él, en su cuaderno mental, “meticuloso, desde [su] pupitre”96 esboza. La interpreta, la inventa embrujada en los oros y espejos de su propio El dorado quimérico, y la guarda —discreto, satisfecho y enérgico— “en los últimos límites / de lo bruto”97. De todas maneras, por las dudas, le pone un nombre con el que jamás nadie hubiera imaginado conocerla; algo como extraído del corazón de la médula, cuyo oscuro esplendor no es de extrañar que aún perdure encendido en la expresión matérica y poética del Universo: Pulvis et Umbra 98 (Polvo y Sombra).

Efectivamente, en la estrofa final de su Infierno de Cielo CMR intercaló esta expresión latina —prueba de su irresistible simpatía hacia el genio poético de Horacio, al par que de su aguda y distinta percepción del aliento secreto del mundo y de la vida. Con tal amplitud de visión, el poeta incorporó la carga semántica del vocablo latino en la secuencia lógica de su trama poética, logrando de esta forma ensanchar aún más, desde la sombra del misterio, el potencial de sentido simbólico del polvo (pulvis), como principio y fin de cuanto brota y se deshace en la existencia. Veamos el texto:

“Te puse nombre, sí. Púsete sobre-
nombre, sombrero, ala, Laurel…
Pulvis et Umbra, deja que te nombre,
ya sin nombre, en el nombre del nombre
que yo te puse.”

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Portada de La Pluma del cuervo,octubre 1987. LA PRENSA/Cortesía/PCG

En este punto, con razón o sin ella, quizá también vendría al caso imaginarse al poeta allá donde esté, exactamente como la pasó aquí en esta provincia: crédulo e irritado, esquivando el trato con buenos modales, lamentando la miserable insuficiencia y negligencia de las almas. Además, como cree sobretodo en la eterna belleza, se aplica a veces en desmadejar sus impresiones sobre el imperio soberano del polvo. Aunque, para lo que nos hace correr el riesgo de turbar los ratos de silencio y recogimiento que ahora le quedan, suficiente será imaginarlo imponente de gloria y, a la vez, complacido de haber logrado conservar intactos en su alma aquellos versos del poema “Amor constante más allá de la muerte”, de Quevedo, que tanto le hacen añorar la vida terrena, en cuya gracia sensual con gran placer —allá en el otro mundo, como solía hacerlo aquí—, CMR abreva su humor pícaro:

“ser[á] ceniza, mas tendr[á] sentido;

polvo ser[á], mas polvo enamorado.”

Pues bien, sea como fuere, Pulvis et Umbra es el nombre que el poeta asignó a su dama para invocarla y permitirse abrirla a solas, solo él, al brillo de los cirios, en una ceremonia que era una clara imagen de un cielo lastimado por tantas esperanzas desechas.

Y aunque en verdad nada hay mejor que sus propios poemas para dar cuenta de su sentir apasionado, incrédulo, dolorido, hostil, hastiado y hasta perverso hacia y con las mujeres, cabe aludir a un par de relaciones afectivas que encendieron su corazón adolescente.

La primera ocurrió con una muchacha chinandegana de nombre Nena Barberena Deshon, prima hermana de Alfonso Callejas Deshon, un entrañable amigo de infancia de Carlos. A los 16 años, ella le inspiró el poema “Amor blanquísimo”. Tiempo después ella contrajo matrimonio con Róger Lacayo Terán, cuando Carlos se encontraba en Europa. En su Diario de la época (1950), el joven poeta escribió los siguientes párrafos de una carta (nunca enviada) al padre Ángel Martínez, su confidente: “Ya ve, Padre yo sigo a veces pensando en N.B. Con igual intensidad que cuando estaba en el colegio, hace diez años o más. Ella ya está casada y no se me pasa por la cabeza, ya no digamos una cita con ella; ni siquiera mirarla. Pero sueño con ella a veces, a mi pesar, como en el colegio soñaba. Racionalmente ella no existe; es decir, en la zona de lo cambiante. Pero en la zona de lo entrañable —la que no cambia— ella sigue siendo mi amada. En otras palabras: ya no cuento con ella; pero ella todavía cuenta para mí”.

La misiva al padre Ángel concluía con la siguiente reflexión: “Ante el amor, los hombres estamos siempre un poco asustados. De eso. Las mujeres no. El hombre descubre el amor; la mujer lo comprueba. Nace ya con su experiencia”.

Pero ni el tiempo ni la distancia ni siquiera las transformaciones profundas que van haciendo en él la pasión por la lectura y el aprendizaje visual de la pintura en los museos y la constante vigilia de su espíritu; tampoco las temporadas de juerga continua: “15 días “de copas, putas y medianoches”, que son, según el P. Delicado, las tres cosas que matan al hombre” —anota en su Diario parisino. Ni eso ni otras temporadas de purificación en la soledad y el desencanto le habrían de aliviar el desconsuelo por la pérdida de su Nena, cuyo recuerdo no logra apartar en las páginas de su Diario: “Al pasear por los quais [trad.: muelles] del Sena he visto una mujer con los ojos semejantes a los de la Nena Barberena (mi Mary Duff, “mi pasión más antigua, la más viva de todas”, como decía Byron). Me he asombrado de cómo me ha apasionado. Pensé entonces que yo podría estar mirando sus ojos —los de la Nena— toda la vida sin hastiarme. Verdaderamente. Y cuando pienso que está casada… Pero librémonos del teatro. El mediocre. Hagamos el grande: no seguir hablando de ella y enterrarla! Enterrarla, como solo haya sido el día más banal de mi vida…” (viernes 19 de enero 1951).

Ya de regreso en Nicaragua, CMR apunta en el Diario: “Fui al Malecón. Allí vi a la Nena Barberena. Vi cuando su marido y ella estacionaban el largo automóvil frente al “Olímpico” colorín-colorado. Pero de nuevo con la tradicional costumbre de mi adolescencia fingí no verla. Yo iba con las hijas de Luis Rivas y los otros. Pero, al dar la vuelta junto a la rueda-de-Chicago, me decidí. Miré hacia la derecha y ella me vió. Yo busqué inmediatamente los ojos temibles —lamentando tener que hacerlo constar en el Diario— no los hallé. Sólo una cara sonriente, redonda, casada. Un rostro abierto; al aire; finito, deshechizado. Él, con la superioridad sin arrogancia que emana del hombre que es presentado como “mi marido”, por su mujer, al soltero y adolorido enamorado de su adolescencia. Me despedí con fluidez. Todo se pasó bastante bien; sin palidecer, sin disimulos; desgraciadamente para un poor player99 como yo, que, además, lleva un Diario” (1 de agosto de 1951).

Cuando el poeta residió en el INTECNA de Granada, escribió el poema “Cucarachas” en 1978, con dedicatoria al pie del escrito: “a mi amor, NENA BARBERENA”. Al ella enviudar, se encontraron de nuevo, quizás por última vez, en Managua, en los años 80.

De la que sigue en esa misma etapa adolescente, Carlos mismo, con brevedad, nos da en su Diario las señas: “La Virginia Cuadra, otra antigua pasión. La segunda, después de la Nena Barberena, cuyo sello fue eso que Heine llama “el puntapié en el corazón” —Todas las demás j’auraispu bien m’ en passer100 (26 de julio 1951).

Entre tanto, en los primeros meses, luego de su regreso al país, CMR suele salir con la granadina Irma Prego, acompañados a veces en los paseos y parrandas, de Ernesto Cardenal y su enamorada, Adela Marenco. Después, ambos amigos conquistaron a las bellas y distinguidas hermanas Debayle Tercero; Carlos a Melba y Ernesto a Martha. Aunque no pasó mucho tiempo sin que aquél le quitara la enamorada a Ernesto. Esa fue una aventura encantadora, aunque no llegó a hacerlo respirar profundo y esperar pues, como en otras oportunidades similares, a tiempo pensó y dijo: “como buen fatalista, caí en la cuenta de que no convenía”. No obstante, respecto a Melba y Marta escribió la siguiente nota durante su residencia en Estados Unidos: “M. y M. : los dos bellos fragmentos dispersos de una misma joya. Impidiéndose mutuamente vivir independiente una de otra; y siendo ésa su sola forma de vida, al unísono tiempo: Sonoridad. Yo, aún con lo poco que conté para ellas –contar es diferente de significar–, fui una de las piedras de toque de este destino dual, de este Solo a dúo: Son la proa y la popa —indistintamente, M. o Ml. popa o proa— de una misma nave./ Diario – abril 25 – 1956 noche, como siempre”.

CMR rondó también a Mimí Hammer, observando con circunspecto cuidado sus atributos y actitudes. Guardando distancia, pero con especial emoción, le siguió los pasos a Ligia Chamorro Cardenal; aunque no logró declarársele.

Simultáneamente, entabla relaciones con otras muchachas diferentes de las que frecuenta en el medio social alto. Las llama ‘Mujeres del país’: “… Mi próximo poema estará dedicado: A la mujer del país. Pues he sido vivamente impresionado por ellas, por Ella. La voz de Lila Urroz cantando boleros cuando íbamos para Jinotepe me adentró en la voz de mi patria: debía cantar eso con un gorro frigio, envuelta en una bandera; era Nicaragua cantándome, buscándome el corazón al regreso. He apuntado algunas frases, giros de ella, de ellas:

qué cara tan perdida dichosos los ojos que te ven adónde te la llevás tan orgulloso contame niño ajá, vé! te estoy cogiendo cariño ah no mi almá no me lo habías contado tengo que contarte un porción de cosas adiós pues…! que no se te olvide el camino tené cabida ajuera te va coger el agua

Esto es Gloria Baltodano, Lila y todas las innumerables de la calle 15 de Septiembre, sentadas a la puerta de sus salitas desde las que se ve el comedor con coronas fúnebres y gente tomando “frescos” (30 de julio 1951). (…) He vuelto a encantarme con la voz de Lila. Es la primera sirena auténtica que yo he oído cantar.  Una sirena de lago que canta boleros en el Malecón, pero una sirena. Tiene su voz una cadencia que alcanza en cierto momento una calidad lejana y desmoronada en el aire, que sólo se da en las islas. Una voz que se quiebra, como las olas en las rocas de las islas. (…) Lila tiene los brazos más hermosos que yo vi en los últimos años. (…) Me acuesto contento esta noche. Y es a causa de este humilde tallo de seudo-pasión que creo sentir por la Lila Urroz. (…) El retorno a la tierra natal ha sido tan! ¡Tan! Apago”.

“Dividida / la mente
entre el amor y el desamor”101

Un desafortunado noviazgo de compromiso con una prima suya por la línea materna, de nombre Maruca Paniagua Rivas, de Chinandega, culmina este período de aventuras sentimentales. En sus viajes a Managua, ella solía hospedarse en la quinta de Gabry y Olga Rivas, ambos tío y prima suyos, y también de Carlos. Frente al portal de la residencia se erguía un robusto árbol de guanacaste, a cuya sombra acogedora la pareja “mal avenida pero bien enlazada” se solazaba y se amaba. Allí, para su amada prima, CMR concibió y escribió la primera versión del célebre poema “La Puesta en el sepulcro”, el viernes santo de 1953. Poco tiempo después, Maruca lo dejó para casarse con un norteamericano, de quien no tardó en divorciarse. Para Carlos, la vivencia de esa felicidad amarga y las secuelas de la separación avivaron su pesimismo y escepticismo.

Dibujo de Esperanza, realizado por CMR. LA PRENSA/Cortesía/PCG

En las sucesivas etapas de su vida, el poeta tuvo fama de mujeriego; pero solo Esperanza Mayorga Salgado logró momentáneamente atraparlo en casamiento (1959) y darle dos hijos: Emmanuel Ángel y Carlos Ernesto. “Sin embargo —le comentó Esperanza a la escritora Helena Ramos (revista El País n.° 47)—, después del nacimiento del segundo niño, Carlos me declaró que a él le gustaba el licor, que le gustaba escribir y que le gustaba visitar a los amigos de infancia. De todas las mujeres decía que eran amigas de infancia, aun cuando las acababa de conocer. Y así ya se fue deteriorando el matrimonio. (…) Su hermano Luis me dijo que a Carlos le gustaba escribir, y fueron desenmascarando que él era poeta, yo no me hubiera casado con él si lo hubiera sabido antes, no me hubiera casado nunca… Realmente la esposa de un escritor está siempre sola. Ellos tienen su mundo lleno de gozo, pero una no puede compartirlo. (…) En el 64 él se fue para España y se llevó a los niños, contra mi voluntad. (…) En el 67 pude recuperar a mis hijos. (…) En el 72 los mandé a Costa Rica de vacaciones, para que estuvieran con su padre…”

A su vez, el poeta consignó en su Diario (INTECNA, Granada 1977-1980): “Una gran stationwagon, la Esperanza conduciendo, y los niños atrás mirando al mundo exterior y haciendo preguntas. Esto era (es) ser padre. NO enviar mensualmente dinero”.

Sea como fuere, en los textos poéticos Esquina con Esperanza / Esquina sin Esperanza (1959-1963), Glosa a s.o.s. nos exulesfillievae / Incomunicación conyugal (1960), Desayuno absoluto (1963), Espectro (1975), Alfaneque (1975) y Gotas de lluvia en la noche (1994) se registran aspectos de la singular experiencia matrimonial de Martínez Rivas con Esperanza.

Aunque aparentemente CMR guardó con discreción los sentimientos y emociones vividos al extremo de la experiencia, su calculada reserva le fue especialmente provechosa respecto a algunos flirteos o cortejos donjuanescos entre humorosos y serios con mujeres de su propia familia, tales el ya aludido con Maruca Paniagua Rivas, luego con Melba Paniagua y Clarisa Rivas Loredo; pero fue sobre todo muy significativa su entrañable, compleja y dramática relación con su prima hermana Olga Rivas Rivas, hija de Eduardo Rivas —hermano mayor de su mamá— y de Pilar Rivas. Un vínculo o relación que en sus comentarios posteriores Olguita consideró “muy intenso. A ratos, dulce; pero igualmente cruel y despiadado”. Oportunamente, en abril de 2013, ella me envió de los Estados Unidos copia de una carta que le escribió CMR recién llegado a Nicaragua procedente de Costa Rica, en 1977. Con su autorización transcribimos estos trozos:

Instituto Tecnológico Nacional, Granada / miércoles 9 marzo ‘77

Deliciosa Olga: todavía saboreando nuestra última conversación telefónica escribo estas insignificantes letras para ti. Digo insignificantes para ti —porque para mí, no lo son: me hacen temblar ligeramente la mano (y conste que este temblor no es efecto del whisky consumido en casa de la Sra. Kautzvda de Cuadra, que tanto ha dado que hablar; pero éste es párrafo para más adelante). Te decía que estas letras que te escribo me emocionan, y me endulzan los labios, casi como si estuvieran en contacto con los tuyos que tienen sabor a almizcle (o: “mel et lac sub linguatua” = “miel y leche debajo de tu lengua” —como le canta a su amada el Rey Salomón en El Cantar de Cantares.

 … Puedes dejarle leer toda esta carta a Maruca Paniagua, si es tu deseo mostrársela, y el deseo de ella leerla. Pero sí quiero que le digas, o lea el párrafo alusivo al problema, que no considero mi deber el reponerle la botella Johnny Walker-Black Label a la Señora Kautzvda. de Cuadra. Que quien me llevó allí, a esa casa, fue ella; sin advertírmelo. Ella es, Maruca Paniagua, quien estaría (que no lo está, pues es una nimiedad) en el deber de reponer esa botella, consumida por un visitante —yo— llevado inocente e involuntariamente, sorpresivamente a un ambiente de damas y de damitas que sólo una bodega de whisky es capaz de hacérmelo soportable.

En la espera de abrazarte y besarte pronto en la mayor brevedad e intimidad, presiono tímidamente tus m.

                  Carlos Martínez Rivas

Por otra parte, entre los papeles del poeta encontramos esta nota de Olga escrita casual e informalmente en una página arrancada de cuaderno, 9 años después de la carta de Carlos:

Quisiera yo ser tu dueña, que nadie te tocara. Llevarte dentro de mí como mi propia sangre. Que vivieras sólo en los muros de mi casa donde nadie pudiera penetrar. Vivir más y más a mi lado hasta que se apague la radiante luz de tu existencia.

                                         Olga Rivas

                                         15 de marzo 1986

En la misma hoja, al pie de la nota que evidencia el sentimiento indisoluble de Olga para con su cautivante primo, este, el irritable e insolente poeta CMR —que aquí en esta circunstancia también se nos revela como degustando el agrio sabor del escepticismo y la ingratitud—, escribió, categórico, esta vez sin que ningún sentimiento repentino de nostalgia o de nobleza le hiciera “temblar ligeramente la mano”, las siguientes líneas de su garra y letra:

“hija de puta!
—eso es lo que querés: verme morir”.

Con el paso del tiempo, ni la amarga experiencia del desamor, ni la certeza de saber que ningún amor humano conseguiría compensar su soledad, menguaron la esencial y compleja atracción de Carlos Martínez Rivas por la mujer. Al contrario, en la madurez, con meditada estrategia, el poeta solía desplegar sus dotes seductoras en aventuras que aprovechó como una suerte de entrenamiento para tratar de mantenerse físicamente a tono con sus vigorosas emociones. Y aunque tenía la convicción de que ninguna de las mujeres encontradas era capaz de resolver el nudo gordiano de su ideal de amor, de belleza y perfección y de sus carencias y pérdidas, seguramente tampoco dejó de suponer que por allí hubiese alguna forma de remedio o salvación. Y a lo mejor, el poeta solo bien quiso ser muy práctico, recetándose un ejercicio de la sexualidad estrictamente externo, sin efectos residuales terapéuticos y sin el menor asomo de compromisos. Probablemente esto tenga algo que ver con su prolongada y complicada relación amorosa con la granadina Carolina Mallorquín Estrada, a la que anteriormente aquí aludimos.

Pero todo esto es extremadamente complejo. De ahí que considero conveniente citar unos párrafos en los que el mismo Martínez Rivas —constantemente habituado a confrontar sus ideas, pasiones y actitudes, con absoluta lucidez y libertad— atina a expresar en su diario íntimo lo que piensa y siente:

  • “Pensé con violenta pasión y total desesperanza, incluso de volverla a ver, en aquella chica rubia, pelo corto, delgada y móvil como un cordel y con el rostro y la mirada más coqueta —más seriamente, más espantosamente coqueta— que he visto en mi vida. (Mari Jiménez es nada a su lado). He tenido que echar, literalmente, un paño sobre mi corazón, o mi deseo, o mi fantasía; como se llame ese lugar donde ella está y donde —¡yo lo sé!— se despertará periódicamente durante toda mi vida, la viva donde la viva, mi vida; haga de ella lo que haga de ella, de mi vida. En el fondo para lo único que realmente he nacido era para unirme a alguna de esas mujeres. Pero ésas. Ni siquiera N. B…. a quien he amado tanto, sino a uno de esos “fantasmas de mi corazón” ante quienes todas las otras mujeres que he tenido son nada. Pero luego se hunden, como Eurídice” (París, sábado 20 de enero 1951). /
  • “Después de cenar he escrito a B. Gish, comprometiéndome para el futuro. Tengo todos los defectos de un Don Juan (boca fácil) pero ninguna de sus bestialidades redentoras. Él las toma a las mujeres. Yo les doy, a la larga, la impresión de haber sido desdeñadas, peor para ellas —esto— que el ser tomadas y abandonadas. Esto último está en el orden ciego, brutal pero activo de la vida. (Qué difícil es para todos los jóvenes que nos criamos con D H Lawrence hablar de amor o relaciones de amor y no resbalar hacia su idioma)” (Lunes 2 de julio 1951 / El mar, rumbo a New York). /
  • “Dos son las pobres fuerzas que nos impelen a amar y a seducir: la insatisfacción de una vida improductiva, y el deseo de arrastrar a otro ser a nuestra misma infernal situación”. /
  • “Si nos examináramos con absoluto rigor de conciencia sobre cuántas veces hemos mentido con palabras y fingido sentimientos para conseguir los favores carnales o la atención del espíritu de las mujeres que hemos encontrado en nuestra vida —moriríamos de vértigo” (Altamira D’ Este # 8, martes 24 de julio 84). /
  • CONVERSACIÓN EN LA PIÑATA Aquí veo la cultura femenina nicaragüense. Yo no puedo entenderme con mujeres como102 Daisy Z., V. Luz M./ Ch. Santos, Michèle N… Son estas muchachas pervertidas las que me atraen, ni siquiera mis alumnas sensibles (y poetisas estimables como Tania M., Carola Brantome…) No. No encuentro en ellas el “fermento”, el elemento corrompido, pero por eso “fermento”, que me dan esas otras “golfillas”; con su genuino misterio de bellezas del arroyo, de la calle; de “belleza de las cloacas” —como llamé a mi Carolina Mallorquín en el poema que escribí en 1983 Odontografía rábica y exorcismo. Si no hay un elemento o resplandor del vicio, mi Musa permanece, no sólo diré estéril, infecunda; sino que ni siquiera se excita para el acto reproductor”.
Dibujo de mujer de espalda, de CMR. LA PRENSA/Cortesía/PCG

Las ‘chispas inmortales’
del ‘polvo enamorado’

En fin, acaso lo que más le importó al poeta era poder siempre contar con un motivo para su ideal poético y, por consiguiente, con un estímulo de presencia o figura femenina —sentida y entendida esta prácticamente como un objeto estético— en el proceso de creación que él rige con obstinada, meticulosa laboriosidad, “con delectación y sabor”, en el espacio soberano de sus construcciones mentales, “tensa la piel con sangre como vino”103, “siempre en la brecha”104, “oliento a mí solo”105 —como dijo; esgrimiendo, a costo de jugarse la vida —tanto en el propio ámbito de su oficio creativo, como en las vicisitudes de la vida pragmática, la bohemia y relaciones con la mujer—, su imperiosa necesidad de “mantener el peligro en pie”; es decir, de asumir conscientemente el riesgo de vivir la realidad ineludible y contradictoria, aunque no fuese sino para tener que desmontar cada vez el escenario idílico, y volver a escribir desde su desolada esencia humana otra nota, entre decenas. Otro reclamo contundente y preciso ante el rechazo femenino, pero eso sí: chispeante de ingenio y sellado con una distinguida cortesía, que apenas vela su regocijo por saber escaparse a tiempo de las relaciones que subyugan, como bien lo muestran estas líneas de su Diario, escritas bajo el cielo de París, el 3 de enero de 1951, cuando pensó en Blanca Varela: “Deseé que viniera B… sabiendo que si no venía me alegraría y que al día siguiente –mañana– ya estaré más desapegado, y así….hasta terminar en la NADA de todas mis relaciones con las mujeres”.

Pues bien, ante tal actitud, se tiene la impresión de que, a pesar de su gusto muy vivo por la mujer, CMR no consiguió dejar de imaginarla como un peligro para su individual mentalidad masculina y su libertad. De allí la propia, cruda confesión: “Y así se me pasó la vida: no conociendo Amor otro que substitutos”106.

LA PRENSA/Cortesía/PCG

Nos permitimos citar —de entre incontables cartas y notas escritas a mujeres—, a manera de ejemplo, dos mensajes remitidos a Melba Paniagua, una agraciada, culta y jovial parienta suya, ya fallecida, quien oportunamente le brindó al poeta su amistad y cuidados en San José (Costa Rica) y Managua. A la par del primer texto, el poeta dibujó un impecable busto de mujer con rasgos griegos, de estilo muy elegante y pulcro. Leamos:

                                Madrid, 1966

A mi ninfa: Melba Paniagua
Planto aquí la imagen solamente de dos
                                                 [pechos deseados
y un perfil amado sin correspondencia.
Reliquias de una vida deshecha
                                              CMR   
—–  
                               Km. 11 carretera sur / 1979
Melba Paniagua:
a mí lo que me hiere y aborrezco de los carros que llegan a este lugar en la carretera, es la certeza de que no vienes en ninguno de ellos.                                                                   

Con la debida anuencia de las destinatarias, agregamos también otros textos. Los dos que siguen, enviados a la actriz nicaragüense Evelyn Martínez, quien solo consideró y respetó a CMR, durante años, como se atiende a un pariente querido:

Evelyn Martínez: He soñado con tu persona y tu desnudez desde los primeros días en que apareciste ante mis ojos; porque en el hombre, lo primero en perderse son los ojos. Yo siempre culparé los ojos míos. Fue en un ahora lejano Programa de la Televisión. Donde hablabas y repartías premios. Todo hecho con imperecedera gracia. Imperecedera, porque aún está viva esa gracia en mi memoria. Surgiendo fresca desde el fondo de años ya secos.

Luego te he soñado llevando (tú) unas botas negras de charol demoníaco. Botas mefistofélicas dominadoras y asoladoras de indefensas ciudades. Botas con las que una Conquistadora Don Juan como tú —Evelyn Martínez– entra a saco en una ciudad medieval, de noche, y no deja vida o pescuezo sin cercenar. Te vi con esas botas en ‘Radio Sandino’ –previamente a un viaje, que te llevó a Washington, Am I right?

Te he soñado en noches ya disueltas en años ya disueltos. Disueltos como alka-seltzers carbonizadas, funéreas. Alka-seltzers del Hades de Plutón donde la voz de Proserpina es sólo una voz en la tiniebla azul.

Pero te seguiré soñando siempre y cada vez más de prisa y seguido, como la taquicardia, que acaba con la vida de los enamorados adheridos a su fidelidad. La taquicardia de la fidelidad. Te seguiré soñando siempre, aún en el polvo. Soñando en el polvo el ‘polvo’ que nunca. El ‘polvo’ que va a retornar al polvo sin que evelyn martínez lo hubiera recibido agradecida: “la pérdida del polvo que estaba para ti”. Como en uno de los últimos párrafos del ECLESIASTÉS: “…antes que se rompa el cordón de oro, y se quiebre la ampolla de oro, y se haga trizas… junto a la fuente y se rompa la polea en el pozo… y el polvo se torne a la tierra de donde vino…»

—–  
Lunes, 10 Agosto 1992     10:00 A.M.
Evelyn Martínez:
Usted fue la inspiración más punzante que hirió mis sentidos durante quince (1977-1992) años de mi vida. Sin menguar hasta hoy.
Usted, sabiéndolo, fue avara —un eufemismo por cruel—, en no gratificar —un eufemismo por saciar—, esa aspiración —un eufemismo por apetencia.
Carlos Martínez Rivas

Igualmente sucedió con su amiga Ileana Remigi, a quien conoció durante la permanencia de ambos en Granada a finales de los años setenta, cuando ella y su marido italiano tenían a cargo la administración del Hotel Alhambra en esa sugestiva ciudad colonial. Con frecuencia allí el poeta era el invitado especial de Ileana a tertulias en las que solían acompañarlo, como también en otros lugares, Octaviano Bravo, Jimmy Avilés, Noel Rivas Bravo, Gilberto Lacayo, Mariano Marín, Róger Barberena y Álvaro Rivas. Aquí una parte de las misivas a ella dirigidas:

                                                         10:35 a.m.
No se puede vivir así: sin Botticelli y sin usted.
Y usted no puede abandonar sus no explícitas notarialmente, pero sí implícitas obligaciones de reconfort moral hacia un êtrehumain [trad.: ser humano] que necesita de usted. No para no morir –porque morir es fácil–, sino soportar vivir. No se puede vivir sin Ileana y sin Botticelli.
cmr
—–  
   …Sábado 18 de junio de 1994/ 3:45 p.m.
   Mi Ileana Remigi:
… Quiero aprovechar, ya que estoy escribiéndole, decirle lo siguiente: ¿Se acuerda que Usted vino una tarde aquí en mi casa, con unos amigos, y el vehículo estuvo estacionado unos minutos, durante los cuales Usted se me acercó a preguntarme si la recordaba? —Cuando, creo que bruscamente me despedí; vine a sentarme a este mismo escritorio en que estoy escribiéndole, y me eché a llorar. Lágrimas me bañaban los pómulos, y yo fui a buscar una toalla para secarlas; y volvían a fluir. / Porque su aparición inesperada, evocó un pasado de ilusión y amor no correspondido; y de pasiones no satisfechas; de las que Usted, Iliana, fue objeto y causante. / Pero, reflexiono, hoy, casi quince años después: si, entonces, ese amor no correspondido y esos apasionados deseos no satisfechos, fueron una realidad ¿en dónde están ahora? Porque esas efusiones del espíritu y el instinto humano inmortal, no se extinguen, siendo chispas inmortales. En algún [sitio] están, aún ardiendo; porque si no, ¿a dónde se habrán ido?/ (…).

De cualquier modo, todo esto apenas refleja el resplandor de los arrebatos, sobresaltos amatorios y correlativas epístolas del poeta, que yo querría concluir, de una manera menos trunca, incluyendo un párrafo revelador del genuino y permanente afecto que CMR dispensó a la destinataria, Carol Bendaña, a quien conoció durante una tertulia en el domicilio granadino de don Gilberto Cuadra Vega —hermano de los escritores, Manolo, Luciano y Josecito—, a principios de los años ochenta, y terminó apreciándola casi como a una hija. De hecho, para quien esperó algo más del trato común con sus semejantes, conocer a Carol fue confiar en la posibilidad de encontrarle sentido y significación auténtica a la interrelación humana y a la amistad.

Por tanto, enseguida transcribimos un poco más de esas palabras que contribuyen a darle encanto y distinción a los amoríos perfectamente locos del corazón excepcional de CMR:

                             Abril 1986

Amor Carol Bendaña:

Así como le dije a Miguel C., que no debía exigir una conducta coherente a una persona a quien él sacaba de su casa a medio día y lo hacía (o invitaba a) beber hasta las siete de la noche; así, Carol, yo te pido que me disculpes de todos aquellos disparates míos (que, aunque verdaderos deseos, no dejan de ser disparates); que me disculpes haber insistido la otra noche a que nuestros cuerpos desnudos estuvieran juntos.

            Tu amigo, Carlos Martínez Rivas

De todas maneras, la sección poética Galería retrospectiva de rostros femeninos en perfil perdido del libro Allegro Irato informa ampliamente sobre la significación atribuida a la mujer como parte enigmática de la concepción carlosmartineana de la otredad, en poemas donde Martínez Rivas alude a las relaciones amorosas, el desengaño, el matrimonio, la familia, el desamparo, la soledad radical y la irreductibilidad del propio Yo.

Pablo Centeno-Gómez

 

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NOTAS

94:    “El Amor humano estorbando al amor divino”, título de un poema de la II sección de La Insurrección Solitaria. Ibid., p. 71, nota 36.

95:    Rubén Darío: “España contemporánea”. Crónica “La España negra”. Edición, introducción y notas de Noel Rivas Bravo. Academia Nicaragüense de la Lengua. Managua, julio 1998, pp. 158-59.

96:    Verso del poema “Reverso de hoja de álbum”. Ibid., p. 103, nota 36.

97:    Verso del poema “Alegoría de San Cristóbal”. Ibid., p. 51, nota 36.

98:    Pulvis et Umbra (Polvo y Sombra). Quinto Horacio Flaco: Oda IV, 22, versos 17 y 24.

99:    Trad. del ing.: mal jugador.

100:   Trad. del fr.: bien pude haber prescindido de ellas.

101:   “Dividida / la mente entre el amor y el desamor”, versos del poema de CMR “Himno de Doña Julia para Don José”.

102:   Se refiere a las poetas nicaragüenses Daisy Zamora (1950), Vidaluz Meneses (1944), Christian Santos (1941), MicheleNajlis (1946), Tania Montenegro (1969) y Carola Brantome (1961).

103:   Verso del poema “Antropología (2)”, de la sección Identidad y Patrística, del libro Allegro Irato.

104:   Verso del poema “SpoonRiverAnthology”, de la sección Calcoholmanías y Guarismos, del libro Allegro Irato.

105:   Verso del poema “Volviendo al Ser y su Esencia”, de la sección Identidad y Patrística, de Allegro Irato.

El verso que sigue en este párrafo: “mantener el peligro en pie”, viene del poema “Pentecostés en el extranjero”. Ibid., p. 12, nota 36.

106: “Y así se me pasó la vida: no conociendo Amor otro que substitutos”, proviene del poema en prosa Yo me vi forzado a lo largo de mi existencia, de la sección “Identidad y Patrística” de Allegro irato.