El camino de la violencia

Hoy estamos viviendo en una sociedad cada vez más violenta y agresiva. La violencia está en las calles, en las escuelas y universidades, en la política, en nuestros hogares, en los medios de comunicación, en las religiones fanáticas, en el día y en la oscuridad de la noche

Hoy más que nunca hemos de tener claro que los problemas no se resuelven ni a la fuerza, ni con violencia. Aún no terminamos de darnos cuenta de que es falso aquel refrán que dice: “La letra con sangre entra”. Cuando el poder se corrompe, aflora la violencia. Cuando los pueblos se ciegan, optan por la violencia. Cuando los grupos humanos, sean políticos, sociales, familiares o religiosos, se fanatizan, asumen como arma la violencia física o psicológica. Cuando se pierde el amor y el respeto a tu prójimo actúas con violencia.

Hoy estamos viviendo en una sociedad cada vez más violenta y agresiva. La violencia está en las calles, en las escuelas y universidades, en la política, en nuestros hogares, en los medios de comunicación, en las religiones fanáticas, en el día y en la oscuridad de la noche. En el libro del Génesis ya se lamentaba Dios de que “la tierra está llena de violencias” (Gen. 6, 13). Y el Salmista le dice a Dios: “Soy testigo de violencia y altercado en la ciudad; rondan de día y de noche en torno a sus murallas” (Sal. 55, 10-11). Asimismo denuncia el profeta Ezequiel hablando de Israel: “El país está lleno de sangre, la ciudad repleta de violencia” (Ez. 7, 23).

La violencia parece que va unida a nuestros genes; rara es la persona que no asoma alguna vez en su vida la violencia. Ni los mismos discípulos de Jesús se escaparon de este mal común. Santiago y Juan, al ver que no son bien recibidos por los samaritanos —nos dice el evangelio de hoy— que fueron a Jesús a decirle: “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?” (Lc. 9, 54). Y es que muchos creemos que el mal solo se resuelve con otro mal. Que la violencia solo se resuelve con violencia. Que la razón tiene que imponerse como sea, aunque sea con violencia y agresividad. Que ser valientes es igual a ser violentos. Que los problemas solo se arreglan con violencia.

Queda bien claro que Jesús nunca le dio mano a la violencia. Los discípulos que querían dejarse llevar por ella, sufrieron la llamada de atención de Jesús, como nos dice San Lucas (Lc. 9, 55). Al discípulo que utilizó la espada en el Huerto de los Olivos e hirió con ella al siervo del Sumo Sacerdote, Jesús también le reprendió y le dijo: “Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán” (Mt. 26, 51-52).

En el pensar y actuar de Jesús no entra el “ojo por ojo” (Mt. 5, 38), ni ningún asomo de violencia; por eso nos dice: “Hagan bien a quienes les odien… Traten a los hombres como quieren que ellos les traten” (Lc. 6, 27-31). Él mismo nos dio ejemplo de lo que decía perdonando aún a los mismos que le crucificaron (Lc. 23, 34). Ante esta historia de violencia que sufren todos nuestros pueblos, los cristianos tenemos que tener como únicas armas, las armas del amor y de la no-violencia y decir con el salmista: “Guárdame, Señor, del hombre violento” (Sal. 140, 1).

El autor es sacerdote católico.