Misioneros de la paz

La paz no podemos dejar de proclamarla y defenderla. Proclamar la paz a los hombres es hacer posible que se vivan los valores que producen la verdadera paz

La paz es un don y una tarea de toda la comunidad cristiana, por eso está llamada a ser misionera de la paz. Jesús lo dice bien claro a sus discípulos: “Vayan a todos los pueblos… Pónganse en camino… en la casa que entren digan primero: ‘Paz a esta casa’… ‘El Reino de Dios está cerca’” (Lc. 10,1-9).

La Buena Noticia que nunca debe dejar la Iglesia de predicar es la paz. Nuestro Padre Dios es el “Dios de la paz” (Rom. 15, 33) y lo que desea para nosotros, sus hijos, es darnos “la paz por medio de su Hijo Jesucristo”. (Hch. 10, 36).

Nuestro hermano mayor, Jesús, es el “Príncipe de la Paz” (Is. 9, 5). Él ha venido a darnos la Buena Noticia de la paz (Ef. 2, 17). Una paz que es “muy distinta a la paz de este mundo” (Jn. 14, 27). El Espíritu, que es el gran don del Padre y del Hijo, es de Paz (Rom. 8, 6) y su fruto es la presencia de la Paz (Gal. 5, 22). Este don de Dios para todos los hombres, Dios lo ha puesto en las manos de la Iglesia para brindar a los hombres.

Proclamar a los hombres la paz, no significa hacernos indiferentes ante toda falsedad, engaño y mentira, venga de donde venga. Esto no es paz, como ya lo decía el profeta Jeremías: “Desde el más pequeño al más grande, todos andan buscando su propio provecho, y desde el sacerdote hasta el profeta, son todos unos embusteros. Calman solo a medias la aflicción de mi pueblo y dicen: ‘paz, paz’, siendo que no hay paz” (Jer. 6, 13-14). Quienes actúan así, dice Isaías, “no conocen el camino de la paz” (Is. 59, 8).

Proclamar la paz solo es posible si se hacen realidad los valores del Reino: Justicia, Verdad, Fraternidad… Por eso, nos dice el Salmo que “la justicia y la paz se besan” (Sal. 85, 11).

Hay que tomar conciencia de que la paz no es algo que se impone por la fuerza. La paz es un fruto y el árbol que la produce es la justicia, como lo decía Isaías: “La paz es el efecto de la justicia” (Is. 32, 17). Vivir conforme la voluntad de Dios, como dice el Salmo: “Mucha paz tienen los que aman tu Ley” (Sal. 119, 165).

Es por eso que quienes trabajan por la paz, son bienaventurados, “como nos dice Jesús en las bienaventuranzas (Mt. 5, 9)”. Y San Pablo dice: “Bienaventurados los pies de los que van anunciando la paz” (Rom. 10, 15). Y todos tenemos que poner un empeño especial para que en nuestro mundo, en nuestras familias, en cada uno de nosotros reine la paz.

La paz no podemos dejar de proclamarla y defenderla. Proclamar la paz a los hombres es hacer posible que se vivan los valores que producen la verdadera paz. Si queremos un mundo de paz y de justicia hay que poner decididamente la inteligencia al servicio del amor.

En el templo de la paz en Hiroshima hay el siguiente escrito: “El verdadero camino que conduce a la paz con Dios y con los hombres no es la mentira, sino la verdad; no es la venganza, sino la justicia; no es el odio, sino el amor”.

El autor es sacerdote católico.

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