Masacre en la UNAN

El ataque, sabíamos, era inminente, y sería el último intento. No habría treguas, ni intermediarios. Tampoco ruta de salida, ni negociaciones

A un año –cito a García Márquez– trato de recomponer con tantas astillas dispersas, el espejo roto de la memoria. ¿Y saben qué?, también el tiempo sufre tropiezos y accidentes y puede, por tanto, astillarse y dejar en un cuarto una fracción eternizada. Todavía me acuerdo de las últimas palabras que cruzamos en la Microempresa, horas antes de su vil asesinato. Venía con una sonrisa de oreja a oreja de la rotonda, sin camisa, sudado, con un mortero al hombro y luciendo sus típicas botas negras: No j…, fulano –me dijo– replegamos a esos j… Quisieron entrar a la
UNAN… ¡Qué va ser! Me vine porque nos fueron a traer –me gritó en medio del bullicio pandemónico del último grupo de chavalos que nos disponíamos a salir
del recinto, tipo 5:00 p.m.

–¡Debemos irnos! Nos están rodeando. ¡Están disparando por la DM! –exclamé. Clavó sus pupilas en el parque y sonrió
parsimonioso.

–Prefiero morir acá que en mi barrio –sentenció, para luego perderse entre los arreboles mustios de aquella tarde funesta que jamás olvidaremos. Desde el crepúsculo, sentíamos una “presión”: la atmósfera “baja”.

Quizás auguraba el fin de 87 días atrincherados en el corazón del «Gigante de Nicaragua».

El ataque, sabíamos, era inminente, y sería el último intento. No habría treguas, ni intermediarios. Tampoco ruta de salida, ni negociaciones. Dejábamos el recinto o nos mataban adentro. La madrugada de ese día, unas ráfagas por La Salle no fueron capaces de presagiar la matanza.

Probablemente, examinaban los puntos más vulnerables, o si estábamos despiertos.

En varias ocasiones le pregunté por qué se atrincheró en la UNAN si no era estudiante: “Ustedes me inspiraron. Mi papá me abandonó cuando estuve en panza. Mi mamá murió cuando era un niño. Fui criado por mi mamita y la ‘Rana’ (prima). Aquí tuve mi primera novia. No lo sé… hice una familia. Cuando mate al ‘Trompudo’ voy a entrar a la UNAN”, me respondió, mientras nos cubríamos de la lluvia de mayo con plástico negro.

Pasaron horas de combate. Siempre estuvo al frente, en los instantes más sublimes y en los más abyectos. Cómo se excitó cuando los piricuacos fueron replegados hacia CT, sin embargo, no podían irse sin dejar sus huellas, así que rafaguearon los transformadores de energía. La iglesia quedó en penumbras.

En una de esas lúgubres y taciturnas horas, cuando los esbirros carniceros se sintieron avasallados por unos cuantos mancebos, un francotirador que tenía rato de estar escondido e inmóvil, observando aquel batallón amateur, decidió apuntar a su cuello. La chispa del encendedor lo delató detrás de una jardinera. ¡Y cayó el segundo mártir! El color amarillo de la UNAN fue mancillado por el rojo carmesí. Aquel proyectil del matarife sandinista terminó con aquellos ojos diáfanos, el rostro agridulce, la
inocencia de ese corazón fértil… Un disparo militar.

Entre los ruidos de las PKM se oyeron unos murmullos: “Adiós, ‘Rana’; adiós, mamita; adiós, UNAN-Managua; logro ver los brazos abiertos de una mujer que llora. ¡Ah, es mi madre!”, suspiró el Caupolicán. “El viernes le dije que llegaría a traerlo. Él me dijo que el sábado mejor. Y así fue. Lo fui a traer… ¡pero muerto!”, lamentó su hermana. Francisco, el “Oso”, Flores, la UNAN te dice hoy 13 de julio: ¡Presente, presente, presente!

El autor es estudiante de Filología.

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