Reflexiones bíblicas de monseñor Abelardo Mata sobre Nicaragua en ocasión del primer aniversario del fallecimiento de doña «Ceci»

¿Estarán aprendiendo nuestros queridos “DEMÓCRATAS” de la lección tan severa que vivimos hoy en día?

Abelardo Mata, obispo de Esteló. LAPRENSA/O.Navarrete

Hoy se cumple un año de que nuestra amiga, vuestra pariente y madre, doña “Ceci” como la llamábamos pasó de este mundo a la casa del Padre.

Conocí a esta “campeona por la paz” alzando su voz y socorriendo a “sus botitas de hule”, como ella solía llamar a tantos miembros de la Contra que dejaron abandonados a su suerte en los callejones de las fincas lucha que llevaba adelante movida por sus instintos de madre, patriota y esposa, heredera de un legado recibido de Don Arístides Sánchez.

Estoy seguro que, ante la debacle de la historia Patria que vivimos en estos días, ella no estaría de brazos cruzados y estaría haciendo lo suyo por el bien de Nicaragua, abriendo su mesa a amigos y “menos amigos”; trasmitiendo sus convicciones entre risas, enojos y algunas copitas de vino.

Acerca de esas “convicciones” quiero hablar en esta tarde, valiéndome del precioso texto de la PRIMERA LECTURA de la Liturgia de hoy. Del capítulo 39 al 50 del Génesis se nos narra la prolongada acción reconciliadora de José para superar las divisiones y contraposiciones de todo tipo dentro de su familia. Son páginas que nos dicen con cuánta sabiduría, paciencia y amabilidad se recupera la unidad en esta maraña de odios, sangre, mentiras y crueldad. Se trata de páginas extraordinarias que hacen hincapié en el modo de llamar a la reconciliación a una humanidad dividida; modos que, en parte, transitó doña “Ceci”.

¿Quiénes son los actores de esta prolongada acción reconciliadora? Son cuatro: Dios, José, sus hermanos y su
padre. La historia se recupera partiendo de los instrumentos de la división, a través de un camino de recorrido inverso, que requiere esfuerzo porque las heridas de los corazones necesitan tiempo para curarse. Esto mismo puede aplicarse una vez más a la sociedad nicaragüense: las heridas que causa el terrorismo de Estado, valga un ejemplo que tan de cerca nos afecta, necesitan muchos años para cerrarse.

Aunque sería deseable, es difícil adelantar ciertos tiempos. La Biblia tiene en cuenta los factores psicológicos. No se puede realizar con rapidez lo que requiere maduración paciente. Doña “Ceci” era consciente de ésto, aunque a veces se impacientaba y le daba por “hablar francés”, como ella misma decía.

1. El primer actor es Dios, aunque no aparezca casi nunca. En el relato de José no hay intervenciones milagrosas ni profecías. Hay sueños, pero no decisivos. Como ya dijimos, Dios es actor de reconciliación mediante juegos de providencia ordinaria.

Es una circunstancia providencial que José sea un afortunado en Egipto, y no es extraordinario que haya carestía y que de Canaán tengan que viajar a Egipto en busca de pan. Dios, que pone siempre en marcha la reconciliación, se esconde frecuentemente en los acontecimientos ordinarios, también llamados providenciales, de la vida. Al respecto, doña “Ceci” hablaba de “CRISTOINCIDENCIAS”. Nos toca a nosotros descubrirlos y reconocerlos.

2. Dios se vale también de instrumentos. Sobre todo, de José, rechazado por sus hermanos como signo de división, como el predilecto del padre, odiado por eso. Por disposición divina, se convierte en instrumento de reconciliación de toda la familia. El propio José debe recorrer su camino. Necesita purificarse de los sueños infantiles que contaba con mucha desenvoltura y aprender a ponerse en la piel de los demás. A él le había parecido obvio ser el preferido por ser hijo de Raquel, la mujer amada de Jacob, y no pensaba en los demás.

En referencia a esto, recuerdo las innumerables horas que cada semana, por once meses, gastamos en los pórticos de la casa de doña Cecilia, en búsqueda de la unidad de las facciones liberales, que sólo pensaban en que “casilla” irían
unidos y nunca imaginaron en el daño que gestaban para la Patria; cuyas nefastas consecuencias vivimos en estos días.

Las terribles vicisitudes por las que pasó —encontrarse en la cisterna, ser vendido como esclavo, ver que su fidelidad a Putifar se paga con la cárcel— le irán purificando poco a poco y le enseñarán a comprender la complejidad de las situaciones; que en la vida no se puede tener todo lo que se quiere —que es lo que se cree de niños— y que el éxito exige una disciplina severa.

¿Estarán aprendiendo nuestros queridos “DEMÓCRATAS” de la lección tan severa que vivimos hoy en día?
José aprende la lección a un precio muy alto y se convierte así en un hombre sabio y justo, capaz de reconocer el designio de Dios en la historia y de reconciliar por eso mismo a sus hermanos.

Los dos textos que mejor iluminan lo que decimos están en el Génesis 45,2-5 y 50,19-21. — José se ha convertido en virrey de Egipto porque ha sabido interpretar los sueños del faraón y ha sugerido que se acumulen los víveres de las buenas cosechas en previsión de la carestía. Cuando ésta se produce en la tierra, también los hijos de Jacob van de Canaán a Egipto en busca de grano y se encuentran con su hermano, quien les concede lo que necesitan sin que ellos lleguen a reconocerle. Pero antes los pone en apuros, los prueba, y de este modo va despertando entre sus hermanos el remordimiento de aquella culpa, el pensamiento de que Dios los está castigando. Finalmente, los envía a su tierra con la promesa de que volverán con Benjamín.

Cuando se produce el segundo encuentro, José ordena que se prepare un banquete misterioso, luego manda a los criados que llenen los sacos de sus hermanos con grano y dinero y pone en el de Benjamín una copa de plata. A la mañana siguiente, apenas los hermanos salen de la ciudad, los alcanza el mayordomo de la corte, les acusa del robo y amenaza con la cárcel a quien tenga en su saco la copa. Se trata de una durísima prueba para los hijos de Jacob. Interviene Judá, como sabemos, y en el capítulo 45 José se da a conocer a sus hermanos: «Entonces rompió a llorar a voz en grito, de modo que lo oyeron los egipcios y la noticia llegó hasta el faraón.

José dijo a sus hermanos: «Yo soy José, ¿vive todavía mi padre?». Sus hermanos no pudieron responderle, pues estaban asustados ante él. Entonces él les dijo: «Acercaos a mí». Ellos se acercaron y él les repitió: «Yo soy José, vuestro hermano, el que vendisteis y que llegó a Egipto, pero no estéis angustiados ni os pese el haberme vendido aquí, pues Dios me envió delante de vosotros para salvar vuestras vidas»» (Gén 45,2-5).

çÉsta es la lectura salvífica de la historia. Lo que sucedió y causó tanto sufrimiento a José significó la salvación y el futuro del pueblo de Dios. Si José hubiera pensado sólo en sí mismo, seguramente se habría vengado; pero intuye que forma parte de una economía divina para la salvación de un pueblo y adquiere así capacidades extraordinarias de reconciliación.

El relato es muy largo porque no se cuenta que José, al revelarse a sus hermanos, deje las cosas en su sitio y todo
termine en paz, sino que establece un proceso gradual que estimula los buenos sentimientos de sus hermanos para que lleguen a confesar su culpa y se arrepientan. Cuando una persona se desintegra con acciones perversas e injustas, no basta con decir: «Vete en paz», sino que hay que ayudarla a reconocer los errores y a integrarse. Por esa razón doña “Ceci” abría su mesa hasta a gente que no pensaba como ella.

En este lento y fatigoso camino José se siente implicado, se conmueve, muestra sus heridas y llora, pero sabe resistir y aguantar hasta llegar a una reconciliación auténtica y profunda, no sólo sentimental, la que se describe en el capítulo 45 que hemos citado. — Gén 50,19-21. Jacob ha muerto y sus hermanos temen que José los castigue, por lo que mandan a decirle que le perdone conforme al deseo manifestado por su padre. Luego se acercan a él personalmente y se echan a sus pies. Las palabras que escuchan manifiestan de nuevo la cordura de su hermano y la
total comprensión del plan salvador de Dios: «No temáis.

¿Puedo ponerme yo en lugar de Dios? Ciertamente vosotros os comportasteis mal conmigo, pero Dios lo cambió en bien, para hacer lo que hoy estamos viendo: para dar vida a un gran pueblo. Así que no temáis; yo cuidaré de vosotros y de vuestros hijos».

3. También los hermanos son actores en la acción reconciliadora, aunque están más pasivos. Ya aludí al momento en que temen que Dios los esté castigando por haber traicionado al joven José. Los mejores sentimientos se expresan en el discurso de Judá, uno de los más hermosos de la Biblia y una de las oraciones literarias mejor construidas y
más conmovedoras. Se dirige a su hermano con estas palabras: «Por favor, señor, permite a tu siervo hablar en tu presencia sin que te enfades conmigo, porque tú eres como el faraón. Mi señor preguntó a sus siervos: ¿Tenéis todavía padre, o algún hermano? Nosotros respondimos a mi señor Tenemos un padre ya anciano y un hijo que le nació en su vejez: un hermano de éste murió. Es éste el único que le queda de su madre, y su padre lo quiere mucho. Entonces tú dijiste a  tus siervos: Traédmelo para que lo vea. Nosotros dijimos a mi señor: El joven no puede dejar a su padre; si lo deja, su padre morirá. Tú insististe: Si vuestro hermano menor no baja con vosotros, no volveréis a ser admitidos en mi presencia.

Entonces nosotros regresamos donde vive tu siervo, nuestro padre, y le referimos las palabras de mi Señor. Y cuando nuestro padre nos dijo: Volved para comprarnos alimentos, le dijimos: No podemos bajar si no viene con nosotros nuestro hermano menor, porque no seremos recibidos por aquel hombre si nuestro hermano menor no nos acompaña. Entonces tu siervo, nuestro padre, nos dijo: Vosotros sabéis que mi mujer no me ha dado más que dos hijos. Uno desapareció de mi lado y seguramente fue devorado, pues no lo he vuelto a ver más; si os lleváis también a éste de mi lado y le sucede alguna desgracia, daréis con mis canas en el sepulcro. Así que, si yo vuelvo a tu siervo, mi padre, sin llevar con nosotros al joven a quien él quiere con toda su alma, cuando vea que el joven no está con nosotros, morirá; daremos con sus canas en el sepulcro. Yo que soy tu siervo, me he hecho responsable del joven ante mi padre, diciendo: Si no te lo devuelvo seré culpable ante ti toda mi vida. Por eso te suplico que yo, tu
siervo, quede como esclavo de mi señor en lugar del joven, y que éste vuelva con sus hermanos. ¿Cómo puedo volver a mi padre sin el joven? Yo no sería capaz de contemplar su dolor» (Gén 44,18-34). E inmediatamente después, en el capítulo 45, llega el reconocimiento.

Judá, por tanto, uno de los que habían organizado el complot, aunque más moderado, pide misericordia y habla
amorosamente de sí mismo, de su padre y de sus hermanos. Ha recuperado el afecto a su padre y a Benjamín, el preferido de su padre como antes lo fue José (por lo que también ha recuperado el afecto a José), tiene conciencia de la unidad familiar, de que son doce hermanos (ya en Gén 42,13 habían dicho a José que eran doce), ha expresado de nuevo la comunión fraterna.

4. Está también presente a lo largo del relato el anciano padre, que al principio había sido algo culpable de parcialidad y que al final se deja llevar a Egipto para unificar a la familia, vencido por el amor de aquellos hijos que le habían mentido.

De este relato de reconciliación, espléndido y psicológicamente riquísimo, no será difícil recoger un mensaje para hoy, es decir, entender qué condiciones, caminos, instrumentos y tareas son necesarios para llevar a cabo la reconciliación de las familias en la Iglesia y en esta dividida sociedad nicaragüense.

El camino de amor a Dios, a la Patria y a los suyos recorrido por doña “Ceci”, le da vida a este mensaje hoy: ESTAMOS VIVIENDO UNA PARTE DE UNA ECONOMÍA DIVINA PARA LA SALVACIÓN DE NUESTRO PUEBLO, QUE REQUIERE CAPACIDADES EXTRAORDINARIAS DE RECONCILIACIÓN.