Presidentes civilistas

Nuestra historia muestra, pues, ejemplos de presidentes honorables y civilistas, capaces de poner los intereses de la nación por encima de mezquinos intereses partidarios

Presidentes

Nicaragua ha tenido tiranos que han oscurecido su historia, pero también presidentes civilistas que con su luz indican que puede haber otro camino. Los primeros fueron los del llamado “período de los treinta años” (1858-1893). Es cierto que durante él mandó exclusivamente el partido conservador, pero tuvo la excepcionalidad de que cinco de sus presidentes (Fernando Guzmán, Vicente Cuadra, Pedro Joaquín Chamorro A., Joaquín Zavala y Adán Cárdenas), no solo entregaron la banda presidencial tras sus cuatro años de poder, sino que se distinguieron por su honradez y respeto a las leyes:

Para el siglo XX algunos historiadores califican de civilista la breve presidencia del liberal José Madriz (1909), quien resistió el autoritarismo de Zelaya y dejó las arcas llenas a los conservadores que lo combatían con las armas. Luego hubo un período muy complicado, por cuanto si bien algunos de sus presidentes ni se reeligieron ni amasaron fortunas o poder, fueron protegidos por la intervención extranjera o acusados de fraudes electorales. Quizás Moncada (1929), quien ganó las primeras elecciones supervigiladas y no se reeligió, merezca el calificativo de civilista, pero es una figura controversial, imposible de analizar en este espacio. Más fácil es aplicárselo a René Schick (1963), quien circulaba sin escoltas y trató con mucha benignidad a sus opositores. Hubo aciertos civilistas también en Luis Somoza (1956), quien entregó la banda presidencial tras haber concedido la autonomía universitaria y dejado una Corte Suprema de mucho prestigio.

Más recientemente merecen un lugar destacado Violeta Barrios de Chamorro (1990) y Enrique Bolaños Geyer (2002). Ambos fueron respetuosos de las leyes y de la independencia de los poderes del Estado, y nunca pretendieron reelegirse ni se mancharon con actos de corrupción. La primera fue una verdadera campeona de la reconciliación nacional, tras heredar una sociedad profundamente dividida, y el segundo un ejemplo de probidad y eficiencia administrativa que dejó saneadas las finanzas públicas. Ambos, además, trabajaron para todos los nicaragüenses sin distingos políticos. Bolaños, en su toma de posesión, anunció: “Este día yo me despojo de mi camisa roja (partidaria) para ponerme la camisa azul y blanco”. Ellos fueron celosos defensores de los derechos humanos. No mataron, ni torturaron, ni gobernaron por el poder de los AK.

Nuestra historia muestra, pues, ejemplos de presidentes honorables y civilistas, capaces de poner los intereses de la nación por encima de mezquinos intereses partidarios, y que indican la existencia de una veta sana y esperanzadora en nuestra clase política. El reto es ver cómo hacemos para que, tras la noche orteguista, los azules y blancos prevalezcan en forma estable; para que sean ellos quienes escriban nuestra historia, sin permitir que vuelvan a reeditarse, jamás, las tiranías que la han ensangrentado.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.

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