En busca de la revolución perdida

La experiencia de los ochenta tuvo inicios memorables, como la Cruzada de Alfabetización y signos de recuperación económica; pero pronto se convirtió en un referente histórico al cual ninguno quisiéramos para nosotros, nuestros hijos y nietos

Calentamiento Global , Mercado

En 1979 comenzamos a buscar una Nicaragua para todos y todas. Nunca más regresarían la guerra, la represión y la tiranía familiar. Las mentes más lúcidas y sus valores ciudadanos consensuaron una revolución popular-democrática, nacionalista-antimperialista y de economía mixta; fórmula casi perfecta en medio de una guerra entre países capitalistas y socialistas; una esperanza para los pueblos y líderes del mundo.

Cuarenta años después los modelos parecen agotados por incumplimientos históricos, egoísmos partidarios y caudillos; pero el pueblo sigue buscando la revolución de todos y que nunca fue, apostando a un milagro para que pronto sea realidad.

La experiencia de los ochenta tuvo inicios memorables, como la Cruzada de Alfabetización y signos de recuperación económica; pero pronto se convirtió en un referente histórico al cual ninguno quisiéramos para nosotros, nuestros hijos y nietos; mucho menos en el contexto actual de un proceso cívico esperanzador.

Algunos justificábamos la escasez y falta de libertades, pues había una guerra real entre dos ejércitos del mismo pueblo, dejando un saldo estimado en cincuenta mil muertos. Pero el sacrificio era recompensado con medidas confiscatorias, imposición de modelos productivos, casi desaparición del sector privado, servicio militar obligatorio, y persecución a toda iniciativa política de oposición.

Y el pueblo fue imponiendo su resistencia cívica —fragua de la esperanza de los pueblos oprimidos—; casi en silencio llegó a ser una presión más poderosa que el poder institucional y sus apoyos internacionales. Los comités de solidaridad se sumaron al proceso de paz centroamericano y adelanto de elecciones; y el apoyo de los países socialistas cayó con el muro de Berlín. El modelo se derrumbó porque no era revolucionario.

1990, sin dudas, representó una enorme bocanada de aire fresco a los derechos humanos y a las libertades ciudadanas. Pero las fortalezas y debilidades de esta valiosa experiencia dieron lugar al retorno del sandinismo, ya abiertamente orteguista, sacando del juego político a quienes podrían haber desarrollado la democracia y la paz. Pero ¿aprendió esa organización político-militar de sus fracasos 16 años después?

Sí, aprendió a manipular las reglas democráticas con legalidades ilegítimas, e intentó reinventarse mediante una alianza público-privada; y con el multimillonario subsidio chavista dio la imagen de un crecimiento sostenido, dejando vulnerables a los pobres con programas clientelistas. Así surge la nueva burguesía revolucionaria, anclada en la centralización de poderes y una seguridad armada. Pero los jóvenes en abril del 2018 hicieron que la burbuja reventara en mil pedazos con las demandas populares.

Cuarenta años después, vivimos un proceso de revolución cívica muy esperanzador, y también para muchos providencial, por el significado del cuarenta en la Biblia.
Cuarenta días y cuarenta noches fue el diluvio.

Cuarenta años el pueblo de Dios fue guiado por Moisés en el desierto. David reinó cuarenta años.

Cuarenta días pasó Jesús en el desierto, entre más de cien significativas citas. Y no sería extraño que así sea, pues los hechos históricos que se repiten son significativos: “No te vas-te quedás / El Comandante se queda”; “Operación Limpieza”; “El régimen en el banquillo en la OEA”; “Ser joven es un delito”, entre muchos otros hechos bien documentados.

Seguimos buscando la revolución verdadera, y quizás por fin la estamos encontrando. La de la conciencia personal y colectiva para construir una cultura de paz. Pues no hay mejor prueba de construcción de la paz que no responder al mal con mal, sino con el bien. Nuestra conciencia y los acuerdos harán que las violencias estructurales: armada, institucional y de grupos sociales, se conviertan solo en un mal recuerdo.

Esa Paz es la Nicaragua de todos, la revolución verdadera.

El autor es consultor en Investigación, Educación, Desarrollo Humano y Evaluación de Impacto.

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