Once mujeres que cuentan erotismo

En estos cuentos lo erótico forma parte de la vida, como comer o respirar, y las escenas sexuales son el cráter por el que erupcionan los personajes

Las escritoras Ligia Urroz, Linda Báez y la mexicana Giselle Torio, en el Festival Centroamérica Cuenta, 2019.  LA PRENSA/Cortesía

En referencia a la narrativa erótica escrita por mujeres de los últimos años, la escritora y feminista Laura Freixas comenta: “en los textos eróticos femeninos predominan la fantasía, los símbolos, las sensaciones; en los masculinos, los actos”.

Curiosamente, en esta antología, Once mujeres de tres nacionalidades, mexicanas, nicaragüenses y argentinas, logran conjugar en estos once cuentos eróticos un equilibrio entre la imaginación y la acción, entre la fantasía y su consecución.  Las autoras de estos cuentos nos entregan miradas clásicas que, sin romper con el canon, nos brindan una visión estereoscópica de un erotismo desprovisto de disfraz abyecto o trasgresor.

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No es de extrañar que la mujer latina se encuentre cómoda en cuanto a la escritura de textos eróticos.  Latinoamérica es erótica. Es un continente cuyas letras exploran los sentidos, los sabores, los olores y colores de la naturaleza y de la carne.

Y en contra de lo que una visión historiográfica nos parece ofrecer, no sólo han sido los hombres quienes han experimentado con lo erótico a la hora de enriquecer sus universos literarios.

Particularmente, la tradición mexicana femenina en narrativa erótica se remonta a la época prehispánica con los «Cantos eróticos de las mujeres de Chalco», cuyos poemas, sin los prejuicios que después instalaría la cristiandad, rezuman sexo explícito escrito en náhuatl.  La mujer le pide al hombre “Revuélveme como masa de maíz”.

Es una orden. La mujer es consciente de su poder y lo ejerce. Después ese erotismo fue velado, escondido, tapado y censurado por una sociedad conservadora que ató la sensualidad al pecado, pues, como dijo Georges Bataille en su obra El erotismo, “la sensibilidad religiosa vinculó estrechamente el deseo con el pavor, el placer intenso con la angustia”.

Pero algunas mujeres, como Sor Juana, se las ingeniaron para hacer brotar lo sensual del ostracismo al que la habían condenado, aunque veladamente, con los poemas que dedicó a la Virreina a la que, según dicen algunos, Juana de Asbaje amaba:

Así, cuando yo mía
te llamo, no pretendo
que juzguen que eres mía,
sino sólo que yo ser tuya quiero.

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Mirian Gutiérrez, Celso Santajuliana (editor), Linda Báez Lacayo, Ligia Urroz, Roslyn Ison y Laura Echeverría, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, México. LA PRENSA/Cortesía

Los años pasaron y tras el porfiriato y la revolución, llegaron Rosario Castellanos, Elena Poniatowska y Laura Esquivel con una obra de altas dosis de erotismo aunaba cocina y lujuria: Como agua para chocolate (1989)  y tras ellas una fecunda producción de mujeres novelistas que se adentraron en lo erótico: Margo Glantz, Ana Clavel, Ethel Krauze, Rosa Nisán y una pléyade  de autoras que exploran el mundo erótico femenino, y que posicionaron el placer y la sensualidad como uno de los núcleos de su literatura.

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Nicaragua es, aunque en menor extensión, una tierra de poetas y volcanes, que particularmente ha dado al mundo una escritora que se ha convertido en bandera no sólo de su tierra, sino del despertar del feminismo en la Latinoamérica del siglo XX.

Me refiero a Gioconda Belli, cuyo nombre y obra es un referente obligado cuando se trata de hablar de femineidad y erotismo.

Ella escribió tanto de la lucha armada como de la liberación de la vida doméstica, del clítoris y de la vulva, con la misma enjundia con la que hablaba de otros temas universales, como la libertad, la muerte y el amor, erotizando no sólo los cuerpos sino las mentes de mujeres –y hombres– alrededor del mundo.

Cuando se piensa en literatura erótica se establece un vínculo con lo prohibido, con lo transgresor, incluso con relaciones sexuales que rompan el canon, porque hay algo de revolucionario aparejado a lo erótico, algo que aproxima la relación sexual a lo perverso, a lo abyecto e incluso a lo obsceno.

Romper con el tabú está en los cimientos de la literatura erótica desde el siglo XVIII, y es una constante que ha pervivido a lo largo de los años, hasta llegar a novelas escritas por mujeres como «La educación sentimental de la señorita Sonia» (1979) de Susana Constante, «La nave de los locos» (1984) de Cristina Peri Rossi, «Amatista» (1989) de Alicia Steimberg, «Las edades de Lulú» (1989) de Almudena Grandes y «Dos iguales» (2007) de Cintia Moscovich.  Novelas cuya dosis de rebeldía, y su deseo contestatario y de ruptura utilizaban la sexualidad como bandera.

Las autoras de los once cuentos que nos ocupan beben, cómo no, de las raíces que les brinda su tierra, que es rica como hemos visto en una tradición literaria erótica que ha abierto una brecha previa, y se hacen eco de todos estos referentes que, inconscientemente o no, permean en su forma de entender el mundo.

Cada una lo lleva a cabo con su voz, con su particular manera de narrar, pero lo curioso es que abordan la temática erótica desproveyéndole de esa carga de rebeldía y de transgresión, sino aunándola a la experiencia amorosa y sentimental, haciendo un círculo virtuoso que conjuga amor, deseo y sexo como un todo que es mayor que la suma de las partes.

Estas mujeres pertenecen además a tres generaciones que, sin embargo, comparten la misma necesidad de explorar el deseo, de ponerlo sobre la mesa y erotizar con sus letras. Una mirada femenina que no es perturbadora, sino calma, porque el placer y la pasión, no tiene porqué explotar necesariamente con violencia.

Un texto literario es más rico cuantos más niveles de experiencia integre.  La sensualidad de estos cuentos deviene no sólo por lo que narran, sino por la golosa imaginería que exploran con los sentidos.  Cuentos sensuales en los que más allá de la vista, exploran el sentido del tacto, del sabor, textos con olor, con su propio sonido.

Textos que se paladean, que huelen, que se tocan. Y qué es sino el erotismo sino un universo que nos permite indagar sobre muchas facetas del ser humano, sobre su cultura, sus prejuicios, sobre la moral y lo moralizante.

A través de la exaltación de lo sexual, de la fantasía erótica, los cuentos de estas once mujeres exploran en los fantasmas de las relaciones personales, en los miedos y no sólo en la búsqueda del placer, sino en el derecho al placer y en una intención clara de dotar a lo sexual de cierta dimensión artística.

La relación sexual es un núcleo alrededor del cual estas autoras crean un universo circundante en el que caben otras pasiones: las artes, la pintura, la música, la lucha.

En estos cuentos lo erótico forma parte de la vida, como comer o respirar, y las escenas sexuales son el cráter por el que erupcionan los personajes.  Personajes que se descubren completos o imperfectos a través del sexo.

Todos estos cuentos se circunscriben en un ámbito realista, salvo alguno que navega entre lo onírico, son cuentos desprovistos de fetichismo ni de elementos sadomasoquistas o voyeristas propios de los relatos de siglos pasados.

Pues ya no es la censura el elemento a vencer. Al contrario, todos los personajes de estos cuentos, hombres y mujeres, son personas que viven en ambientes urbanos y por tanto solitarios a pesar de estar rodeados de gente, personajes de clase media, que utilizan Internet y son profesionistas.

Cualquier vecino, amigo o jefe podría ser protagonista de estos cuentos, porque a pesar del esquema de libertades propio de las sociedades occidentales del siglo XXI, el erotismo sigue escondiéndose bajo la máscara de la rectitud y de cierta moralidad victoriana (la más hipócrita de la historia) que pretende instalarse de nuevo entre nosotros.

Pero la literatura viene al rescate y cubre estas páginas de mujeres de mediana edad que se aventuran a tener fantasías, de hombres que tiemblan al no poder penetrar ciertas carnes que se les resisten, cuerpos maduros que por primera vez en años sienten de nuevo el renacer del deseo.

Otros más jóvenes que se descubren sensuales al experimentar el roce en un autobús, besos que carga el diablo, amores clandestinos a los que se es difícil renunciar, guerrilleros a quienes la muerte arrebata cuando apenas se asoman a la lucha, el cuerpo desnudo como un lienzo sobre el que los pigmentos no sólo pintan de colores sino dibujan un nuevo horizonte.

Músicos que hacen el amor a musas tan carnales como imaginarias, mujeres que descubren el placer lésbico, todos estos personajes eclosionan en los momentos eróticos previos a la consecución del acto sexual, que llega al final de los relatos como el agua al sediento, porque es lo previo, ese anticipar la ola que se avecina, el motor que desencadena  todo tipo de sudores y palpitaciones. Lo erótico es en estos cuentos, pues, la sal y la pimienta que sazona las relaciones humanas.

Pasen y vean.

Participaron en la antología «Once mujeres que cuentan erotismo» : Roslyn Ison Valanci, Linda Báez Lacayo, Maya Loena Pérez Ruiz, Silvia R. Fernández Carias, Laura Echeverría Román, Ligia Urroz Arguello, María Isabel Jiménez Cerros, Blanca García Monge, Marianela Corriols, Gisella Torio Martínez y Miriam Isabel Gutérrez Prieto.