“Los huesos de mi abuelo”: Poderosas semillas de la poesía de Esthela Calderón

En la obra de la poeta Esthela Calderón reunida en la antología bilingüe “Los huesos de mi abuelo," hay una búsqueda ancestral que abarca un tiempo intergeneracional, que es el tiempo de la semilla

Esthela Calderón durante la lectura de poemas de su libro bilingüe “Los huesos de mi abuelo” (edición Amargord), en el VI Festival Latinoamericano de Poesía en Nueva York, abril, 2019. LA PRENSA/Cortesía

Desde que escribí mi primer poema copiando los poemas de poetas de antologías a los quince años, desde que fui profesor de literatura de secundaria animando futuros lectores de poesía, supe que leer un poema es empezar desde donde te toca.

Los poemas de Esthela Calderón reunidos en esta edición bilingüe tienen esa condición de despertar al lector como un latigazo en el ojo, de ser tiempo joven donde todo alrededor se aplasta.

Lea: Sergio Ramírez: “La vida de Simón Bolívar es una verdadera novela”

Pero la cosa va más allá y no se queda en ese primer encuentro cegador. El poema además de siempre ser tiempo joven tiene la condición de ser pausa donde el tiempo se para y se expande, para luego retomar el flujo interrumpido del «Soplo de corriente vital».

Y cuando digo que se expande, puede ser un tiempo de largo alcance. Por eso la colección se titula “Los huesos de mi abuelo”: hay una búsqueda ancestral que abarca un tiempo intergeneracional, que es el tiempo de la semilla.

Lo que el labrador busca germinará luego en el alma del lector como de la mano de este archipiélago de árboles y plantas cuyos frutos nos atan a una historia de vida que en los poemas es una épica de rabia contra el mundo depredador y codicioso.

Y a diferencia del huracán anónimo y deshumanizador de computadoras, celulares, teléfonos inteligentes tendrán nombres propios y tejerán un destino común con los humanos. Es el tiempo de las semillas con sus nombres y apellidos.

La poeta Esthela Calderón junto al escritor estadounidense Steven White, en la presentación de su libro bilingüe “Los huesos de mi abuelo” en la Librería Primado. LA PRENSA/Cortesía

Desde amores y recuerdos familiares, hasta los huesos del abuelo labrador, la poesía de Esthela Calderón no sólo nos habla de una sabiduría vegetal de la región occidental de Nicaragua, sino de una fortaleza de carácter táctil y corporal. Los poemas de Esthela van de la mano con el trabajo del labrador: sus semillas requieren que el lector espere y cultive paciencia, cuidado, empatía, renuncia, recelo, desasimiento.

Lea además: Once mujeres que cuentan erotismo

Recién entonces el lector podrá recoger los frutos, los coleccione, los seleccione, en el sentido del espigueo y la cosecha. Y también los goce, los coma, los asimile, los quiera. Nada más ajeno al trabajo calculado de los cazadores de información al que todos somos de una manera u otra en el mundo de hoy: impacientes, nada tímidos, como dice Byung-Chul Han en su libro «En el enjambre», echamos “la zarpa en lugar de dejar que las cosas maduren. Se trata de apresar con cada clic”.

La importancia de la lectura de estos poemas reunidos reside en su oposición radical a la cultura digital que lamentablemente gobierna las aceleradas sociedades actuales. Como bien señala Byung-Chul Han, “[e]n el curso del giro digital abandonamos definitivamente la tierra, el orden terreno”.

La cultura digital, ese ingobernable Leviatán que controla las mentes de los consumidores que abandonan sus responsabilidades ciudadanas, según el mismo autor, “descansa en los dedos que cuentan”.

Hoy todo se hace numerable, para poder transformarlo en el lenguaje del rendimiento y la eficiencia. Por eso vuelvo con emoción a los poemas de Esthela porque nos regala con abundancia lo que escasea en ese mundo tecnodigital: la atención de los otros. Algo que no rinde ni es eficiente.

En “La morada”, un poema antologado aquí y proveniente del primer libro que leí de Esthela, «Soplo de corriente vital», la última estrofa enfatiza mejor esta idea que trato de realzar:

No somos los únicos aliados
con morada en la liana enroscada
y ramas que se abren
para que salgan los sueños
y retoñen en algún lugar desolado del mundo.

Charles Simic afirma en «The Monster Loves His Labyrinth» que un poema es una invitación a un viaje: “Como en la vida viajamos a ver vistas frescas”.

Pues un poema etnobotánico de Esthela es mucho más que una vista fresca: es una experiencia de la rotura del mundo. Rota la salud de un madroño, rota la fe, roto el lenguaje de un Coyol, un mar de roturas ahoga el entusiasmo por vivir. Se siente como estar en el más vasto seco desierto y de algún modo brota la vida. No se puede opacar la evidencia de la regeneración vegetal.

Hay un exceso de roturas, pero las plantas crecen, las semillas encuentran el terreno fértil. Respiramos un poderoso conjuro de los tiempos de la danza en el ritmo del poema.

Pero no piense el lector que estamos frente a un conjunto poético romantizador, de esos que revelan una proyección de los deseos humanos colectivos, como si uno mismo tuviera esa misma capacidad de florecer en el lugar menos pensado. Como si no nos diéramos cuenta de lo que llevamos que va a florecer. ¿Dispersamos semillas como el viento, el agua o los animales? ¿Así cumplimos nuestro rol en el planeta tierra?

Desde que conocí a Roberto Juarroz en 1993 siempre pienso en la importancia de prestar atención a los ciclos naturales que solemos ignorar en nuestra mente de cemento y gigabytes.

Esthela empieza un poema (“Ciclo”) así:
La poesía es una hoja en blanco
y en ella nacerán todos los poemas.

Hasta cuando subía por las escalinatas de Machu Picchu en el 2013. Vi dispersadores de semillas con reiterado ojo: una hormiga, un grillo, una araña, un gorrión, un colibrí y me planteé la peregrina pregunta “¿cuántas semillas voy a escribir en este profanado templo?”

Y escribí: “La resonancia de las semillas es un método para hallar los puntos de animación e intensidad, también corrientes”.

La belleza del lugar se sobrepone a los pensamientos: el corazón se abre. Los cambios se perciben en la planta, ¿es la emoción que germina en el alma sedienta de sentirse viva? ¿Qué pasa si la fragancia germina al calor de un misterioso procedimiento de resonancias y asociaciones?

Regreso al tiempo de la semilla: esa paciencia al regresar a cada cosa y repasarla hasta que vibre la vida, que a veces implica una larga espera. Lo contrario del tiempo digital que se congela y no hay qué preocuparse por la edad o el destino o la muerte.

¿Sabía acaso en ese momento que el recuerdo de los poemas de Esthela Calderón estaba actuando en mi inconsciente? ¿Acaso asumía la voz de esa semilla que volaba empujada por la furia que se volvía en su hermana? ¿Sabía que esa condición de florecer también conllevaba el triste marchitarse?

Tres momentos de la poeta Esthela Calderón durante la lectura de su libro bilingüe “Los huesos de mi abuelo” («The Bones of my Grandfather»), edición Amargord. LA PRENSA/Cortesía

¿Sabía que esa planta resplandeciente también implicaba una sombra incómoda e enigmática? ¿Acaso hubiera pensado que podría ser peces, algas, piedras, hierbas y flores? ¿Y acaso había algo que ver con la imagen digital que domina el campo visual del mundo de hoy?

Cuando sin esperarlo algunos estudiantes de la universidad escogían al poema “Semilla de no sé qué” como su poema favorito, volvía a pensar en lo incontrolable e imprevisible que son los poemas cuando se lanzan como las semillas. Pero las semillas como los poemas no siempre caen en el lugar adecuado.

¿Llegarán a ti, lector, estas poderosas semillas de poesía? Como ejercicio de imaginación, leer un poema de esta colección, especialmente los que provienen de «Soplo de corriente vital» y de «Coyol quebrado» es jugar con una mirada lenta, que se demora sin explotar lo que mira, sin contaminar lo que toca, con un goce de percibir, de crecer, de cambiar de aire, de venir de tierra.

Pero las semillas también traen un poderoso paisaje genético que se esconde, que tiene nombre (Esthela nombra decenas de plantas y árboles), que es enciclopédico, que tiene historia.

Esthela con sus poemas nos hace a sus lectores testigos de una realidad mágica, no la del realismo mágico macondiano, sino de la etnobotánica que se puede intuir en la hermosa película de Ciro Guerra, «El abrazo de la serpiente».

Es también una historia de buscadores de remedios. Hay una fábrica de relaciones disponible para nosotros, codificada en semillas, como sugiere el granjero y poeta Scott Chaskey en «Seedtime. On the History, Husbandry, Politics, and Promise of Seeds»: es una invitación que nutre nuestro futuro colectivo, que no manipula ecologías ni mercados.

Los diferentes poemas del libro que da nombre a la presente antología, «Los huesos de mi abuelo», realzan este punto de vista de labrador que se opone a la cultura digital vigente recalcando su dimensión terrenal. En el poema II una voz ancestral, la de Nahualpilli, advierte la dificultad de dar con las almas:

A veces se cree que viajan hacia arriba
Como pétalos de flores que salpica el viento.
Hacia arriba sólo van las almas nocivas.
Las valientes regresan a las raíces de los árboles.
Cada una sabe reconocer al que pertenece.
Cada alma perdida es por una semilla que no nació.

Esthela ha creado una poesía que aumenta la resonancia del poema, voces que se ensanchan, que hunden sus búsquedas “en las raíces vegetales nuevamente” (final del poema VI). Son ensayos sofisticados de otredad, que se arman de recuerdos y relaciones de la tierra, de sus elementos vitales, como una canción en el poema VII:

Allí está la canción que ha de armar
Tallo, hoja, pétalo y raíz.

Los poemas van develando lo que implica el tiempo de la semilla: nada más opuesto al mundo de la gratificación inmediata que implica practicar una insensible ignorancia del mundo vegetal. En el poema X las almas van llegando a la tierra:

Una a una, miles y miles de almas entregaban su trayecto
y entraban en su semilla después de años y años
de estar desorientadas.

Devenires que más que unas identidades que se manipulan ya como fichas ya con precio marcado, se muestran como insistencias de realidades vegetales con vida. Los que tuvieron precio cayeron en la historia de guerras y destrucciones. Las almas que regresan a sus raíces continúan el ciclo de la vida.

Querido lector, lánzate a este río de palabras que sólo espera el sentipensar de semilla. Podrás encontrar celebración y elegía, pero no son meros devenires de caprichos poéticos. En la relectura hallarás el reto del propio devenir de una voluntad de contemplación y paciencia.


*Roberto Forns-Broggi: Especialista en Eco-poesía y profesor del Departamento de Lenguas Modernas en la Metropolitan State University of Denver. Entre sus publicaciones destaca,»Nudos como estrellas: el ABC de la imaginación ecológica en nuestras Américas».

Cabe mencionar que la traducción y selección de la Antología Bilingüe (inglés-español):»Los huesos de mi abuelo: eco-poesía sin frontera» estuvo a cargo del Doctor en Literatura Hispanoamericana, Steven. F. White. Jefe del Departamento de Lenguas Modernas y Literaturas de la St. Lawrence Unversity de NY.

Autor de «Arando el aire: la ecología en la poesía y la música de Nicaragua», «Escanciador de pócimas y Bajo la palabra de las plantas«. Co-autor de «Ayahuasca Reader« y traductor de «Poeta en New York» de Federico García Lorca (España), «Ángel de la lluvia» de Gastón Baquero (Cuba), «Siete arboles contra el atardecer» de Pablo Antonio Cuadra (Nicaragua) entre otros.

La obra bilingüe que recoge una muestra poética de siete libros anteriores fue publicada por Amargord Ediciones de España,en 2018.

La poeta Esthela Calderón ha realizado presentaciones con dicha antología en diferentes espacios y universidades, tales como, Café Comercial de Madrid (abril, 2018), Librería Primados en Valencia (mayo 2018), Colgate University of Hamilton (marzo, 2019), St. Lawrence University  (abril, 2019), Festival de Poesía Latinoamericana de New York (abril, 2019) y en el Festival Internacional de poesía de Granada, España (mayo 2019).

El libro «Los huesos de mi abuelo» tiene como portada la pintura en acrílico sobre lienzo “Huellas” de la poeta Calderón, así como también la pintura que divide el libro en español y en inglés titulada “Conchas” en la técnica de marmoleado. Las presentaciones continuarán en el mes de septiembre en Massachusetts.